Wisława Szymborska: ¿para qué sirve un poeta?

Cuando leí el discurso de recepción del Premio Nobel de la escritora polaca en 1996 recordé inmediatamente a un escritor argentino: Isidoro Blaistein. De allí surgió la imagen que coloco en el título.

En uno de sus libros, al que llamó Anticonferencias, dedicó un capítulo completo («¿Para qué sirve un poeta?») a planteos similares a los que la poetisa galardonada expuso. A través de algunos relatos breves pero metafóricos, de observaciones de situaciones cotidianas y de preconceptos que circulan entre la gente, Blaistein señalaba que todo poeta es un inútil y que, en general, para su familia el que escribe poesía (o el artista en general) es un inútil. Aludía a la necesidad que tiene la gente de encontrarle a todo un sentido práctico y al hecho incontrastable de que el arte no es algo pragmático. Concluía su capítulo señalando que la poesía (el arte en general) sirve para que veamos el mundo como si diéramos vuelta los párpados (no sé si no haya sido esta imagen la que me trajo el nombre del blog en el que nos encontramos).

Dice Szymborska:

El poeta contemporáneo es escéptico y desconfía incluso -o más bien principalmente- de sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es poeta -como si se tratara de algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos fuertes; mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en ellas. En las encuestas o en los encuentros con amigos ocasionales, cuando el poeta se ve forzado a definir su profesión, acude al término genérico «escritor» o al de alguna otra profesión que adicionalmente ejerza.

De hecho menciona lo que sucediera con Joseph Brodsky, quien en 1987 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, que había sido catalogado como una especie de «parásito» por no tener un certificado para ejercer como poeta.

Pero aún hay más: según la escritora polaca todo poeta rehúye definir lo que es la poesía y confiesa que ella misma ha eludido esa situación. Lejos de tratarse de un defecto o de una falla en el profesionalismo del poeta, Szymborska destaca que es la asunción de esa ignorancia («no sé») la que le devuelve al escritor la posibilidad de percibir lo asombroso de un mundo que ya lleva varios siglos y que sin embargo todo el tiempo nos da algo por descubrir (para bien o para mal).

a pesar de cualquier cosa que pensáramos sobre este teatro inmenso, para el cual tenemos un billete de entrada pero su vigencia es ridículamente corta, limitada por dos fechas decisivas; a pesar de no sé qué cosa más que pudiéramos pensar sobre este mundo: es asombroso.

Y debate con el Eclesiastés aquella frase que ya conocemos por los latinos («Nihil novum sub sole») en la que se señala que no hay nada nuevo bajo el sol:

Pero luego lo habría cogido de la mano: «Nada hay nuevo bajo el sol», has escrito, Eclesiastés. Sin embargo, Tú mismo has nacido nuevo bajo el sol. Y el poema que has creado también es nuevo bajo el sol, ya que antes de Ti nadie lo había escrito. Y nuevos bajo el sol son tus lectores, puesto que los que vivieron antes que Tú no te podían leer. Y el ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece aquí desde el principio del mundo. Le dio origen otro ciprés, semejante al tuyo, pero no en todo igual. Y además te quisiera preguntar, Eclesiastés, ¿qué desearías escribir, ahora, de nuevo bajo el sol? ¿Algo con qué completar tus ideas, o tal vez tienes la tentación de negar algunas de ellas? En tu poema anterior concebiste también la alegría, y ¿qué hay del hecho de que resulte ser tan pasajera? ¿Tal vez sobre ella va a tratar tu nuevo poema bajo el sol? ¿Tienes ya algunos apuntes o primeros esbozos? Pues no dirás «ya he escrito todo, no tengo nada que añadir».

Y por si no fuera suficiente el camino desandado en la tradición de la cultura universal a través de algunas de sus manifestaciones, todavía destaca algo que termina de descolocar al arte como lo conciben en su gran mayoría tanto intelectuales, escritores, artistas en general como lectores y personas con las que uno se cruza todos los días: el arte no depende de la inspiración, no está protegido por las musas ya que inspiración es algo que tenemos casi todos los seres humanos:

la inspiración no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general. Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en cuando se despierta la inspiración. A este grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación. Hay médicos así, hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los esfuerzos y fracasos, su inquietud no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo «no lo sé».

Y como señalábamos más arriba, Szymborska reivindica ese NO SÉ como aquello que todo poeta debe conservar como garantía de poder seguir siéndolo y de ese modo escribir sabiendo que continuamente está tratando de completar su existencia, de combatir su insatisfacción y su incertidumbre acerca de un universo que está incompleto en cada poeta pero que, pareciera, resulta completo o único en la visión total de los poetas y de los lectores que recorren los diferentes caminos propuestos en las poesías. Porque pese a que el escritor es un ser humano como todos nosotros, pese a que la inspiración no le es exclusiva, lo cierto es que la escencia de lo poético radica en el diferente valor que adquiere la palabra: «Sin embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada palabra, ya nada es común. Ninguna piedra y ninguna nube sobre esa piedra. Ningún día y ninguna noche que le suceda. Y sobre todo, ninguna existencia particular en este mundo.»

También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente «no sé». Con cada verso intenta responder, pero en el momento en que pone el punto final, le asaltan las dudas y empieza a advertir que su respuesta es temporal y en ningún caso satisfactoria. Entonces prueba otra vez y otra vez, para que a las sucesivas muestras de su insatisfacción consigo mismo los historiadores de la literatura las sujeten con un clip enorme para denominarlas «La Obra».

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