DOS MUJERES: DOS VOCES, UNA MISMA PULSIÓN

Sin ninguna duda cada una de ellas merece su espacio propio. Sin embargo, es muy habitual que cada vez que se hace alusión a Nelly Sachs (ganadora del Nobel en 1966) se recuerde que otra galardonada (Selma Lagerloff) en 1909 fue una de las responsables de salvar a Nelly y su madre del exterminio en época nazi.

Es cierto que el discurso de Sachs se detiene en el agradecimiento hacia esa mujer que las ayudó, pero también hay que considerar que cada una representa momentos distintos de la entrega del Nobel y circunstancias diferentes para el caso de las mujeres.

Lagerloff, que lo había obtenido en 1909, había sido la primera mujer en ser galardonada. Así como lo observamos en otra escritora del mediados de siglo, resuenan en su discurso el agradecimiento por el honor recibido así como la nostalgia por el padre que ya no está y que seguramente tendría unas palabras para ella. Un tono intimista y de armonía en relación con la comunidad.

En el caso de Sachs, en 1966, el agradecimiento está dirigido especialmente a aquella que,  habiéndola ayudado a huir de su país natal (Sachs era judía alemana) hacia una Suecia que la recibió como una ciudadana más y a la que le brindó todo lo que intelectualmente podía, es de alguna forma responsable de que haya llegado a estar en ese lugar, ese día, para recibir un premio (compartido con Samuel Josef Agnon).

Como sea, estamos todavía frente a entregas del premio en los que todavía predominan los agradecimientos (aunque una pertenezca a comienzos de siglo y la otra pasada la mitad del mismo) más que los posicionamientos estéticos, culturales, políticos al estilo delos que encontraremos hacia fines de siglo (alguno de los cuales ya ha aparecido en una entrada anterior). 

Lo que es interesante de esta historia es cómo la vida nos lleva a reencontrarnos de modos tan particulares. Quién les hubiese dicho tanto a una como a la otra que, luego de aquella acción de ayudar a alguien en riesgo en época del nazismo, se cruzarían nuevamente en el ámbito en el que el arte premia a los exponentes de una búsqueda tan vital como un estilo para transmitir a otros historia, ideas, sentimientos, belleza.

Allí nos queda Samuel Josef Agnon, que tendrá su lugar en especial (aun cuando también sea interesante contrastar su escritura con la de Nelly Sachs.

1909-Selma_LagerlöfSelma Lagerlöff

 

1966-Nelly Sachs

Nelly Sachs

GABRIELA MISTRAL: épocas de agradecimiento

Universidad de Chile: discurso de Gabriela Mistral

En el enlace anterior consta el discurso completo de Gabriela Mistral en ocasión de recibir el Premio Nobel. Podría haberlo transcripto, dado que no es muy extenso. A diferencia de los discursos más recientes, este de 1945 no se destaca por señalar conceptos acerca de la literatura, la política, la sociedad.

La etapa de los discursos en los que sólo se planteaba el agradecimiento en relación con la obtención del Nobel es bastante extensa; no debe extrañar en este contexto que la escritora sólo expresara su gratitud en relación con el galardón, así como su admiración por la sociedad sueca.

Cabría destacar, sin embargo, un par de cuestiones interesantes:

  • señala particularmente el hecho de que Europa ha mirado a la América que ella llama “íbera”;
  • se incluye en la voz de las lenguas española y portuguesa, lo que de algún modo anticipa la posterior concepción de la literatura LATINOAMERICANA;
  • indica que en su voz resuenan no sólo un continente americano del hemisferio sur “tan poco y tan mal conocido” sino también las de campesinos, obreros y artesanos (los suecos en el discurso, pero quizás extensivo a los de su continente);
  • menciona a su nación como un pueblo nuevo y se declara como hija de una democracia que tiene en Suecia un “ejemplo magistral”.

Por una venturanza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza y la indirecta de las muy nobles lenguas española y portuguesa. Ambas se alegran de haber sido invitadas al convivio de la vida nórdica, toda ella asistida por su folklore y su poesía milenarias.

Espero haber sido ecuánime en la interpretación de sus palabras. Veremos en algún momento qué características han tenido en su conjunto los discursos de las mujeres galardonadas.

OCTAVIO PAZ: vuelvo a una entrada “disparadora”

Discurso de Octavio Paz

Hace un tiempo atrás redacté la entrada en la que retomaba un posteo en José Alfredo Reyes López: el enlace que antecede estas líneas redirige a este blog y al posteo donde se lee el discurso completo de Octavio Paz.

Dado que aquella entrada fue la que me generó la idea de tomar cada tanto uno de los discursos de recepción del Nobel y revisar qué conceptos se plantean en ellos, creo justo retomar la actividad que ya inicié en ese camino dedicándole este espacio al discurso de Octavio Paz.

Pese al título que lleva el discurso, el comienzo del mismo pareciera centrarnos en temas vinculados con el lenguaje y su relación con la cultura y la literatura. Y en un punto es así puesto que el poeta despliega de qué modo una lengua, occidental o no, se manifiesta y reproduce en diferentes ámbitos y se tiñe con los rasgos de otras culturas. Es por ello que habla no sólo de si somos o no europeos, occidentales, sino además de qué tanto de nosotros se vincula con raíces más antiguas:

México buscaba al presente afuera y lo encontró adentro, enterrado pero vivo. La búsqueda de la modernidad nos llevó a descubrir nuestra antigüedad, el rostro oculto de la nación. Inesperada lección histórica que no sé si todos han aprendido: entre tradición y modernidad hay un puente. Aisladas, las tradiciones se petrifican y las modernidades se volatilizan; en conjunción, una anima a la otra y la otra le responde dándole peso y gravedad.

Es cierto: el segmento que cito antes de estas líneas ciertamente ya está incluyendo la reflexión acerca del tiempo. Sin embargo, en el contexto del discurso completo se puede observar que se llega a hablar del tiempo, de la historia, de la concepción mítica y la cristiana del progreso, la linealidad, la evolución, una vez que se ha elaborado un interesante entramado en relación con las operaciones de exclusión, inclusión, integración que el lenguaje produce. Y de qué modo este refleja cómo la razón, el pensamiento, modifican formas de ver la realidad (lo mítico que concibe el tiempo como cíclico, por ejemplo, por contraste con lo cristiano que habla de lo que viene por delante).

La modernidad me condujo a mi comienzo, a mi antigüedad. La ruptura se volvió reconciliación. Supe así que el poeta es un latido en el río de las generaciones.

Así como le ha sucedido a la sociedad mexicana, pareciera que Octavio Paz percibiera esa coexistencia de los tiempos en un instante que es único pero al mismo tiempo herencia y proyecto.

En relación con lo que menciona acerca de las grandes desgracias que ha atravesado el mundo tal y como lo conocemos a causa de concepciones aparentemente racionales, recuerdo un libro suyo, El laberinto de la soledad, en el que se detiene a entender la realidad mexicana de la década del ’70 (con hechos como la matanza de Tlatelolco, por ejemplo) como una demostración de cuánto de lo primitivo azteca (lo que muchos quieren borrar de sus pieles y rasgos) conlleva una violencia que se manifiesta en las acciones políticas de grupos dominantes.

En otro orden de cosas, considerando no sólo sus ensayos sino su obra poética (Blanco, Vuelta, por ejemplo), uno se encuentra con esa conjunción de miradas en las que lo oriental y lo occidental se complementan: elaboración de un texto como un mandala, cultivo de la forma poética del haiku -de origen japonés-.

Alternativamente luminoso y sombrío, el presente es una esfera donde se unen las dos mitades, la acción y la contemplación. Así como hemos tenido filosofías del pasado y del futuro, de la eternidad y de la nada, mañana tendremos una filosofía del presente. La experiencia poética puede ser una de sus bases. ¿Qué sabemos del presente? Nada o casi nada. Pero los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias.

Develando el hecho de que el progreso, el consumo, el determinismo, la observación del momento presente como sujeto a un inmediato pasado o a un futuro siempre en ciernes, son cuestiones que le impiden al hombre vivir un único presente teñido de otros tiempos y vivencias Octavio Paz plantea que es la única oportunidad que tenemos para ver el “otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia”.

INGRESAMOS EN EL SIGLO XXI

Bien. He aquí que acabo de completar (aunque me gustará volver a editar algunos textos) la reseña que abarca los Nobel 2001-2010. Seguramente habrá para debatir o aportar o descubrir, puesto que nos acercamos cada vez más a este 2020 en que no sabemos qué destino vaya a tener el premio y su habitual ceremonia.

Última década del siglo XX

1991-2000

Sí, acabo de cerrar la página que completa el siglo XX. Por supuesto, algunos autores serán revisitados por muy diversas razones y, además, todavía está en pie el proyecto que ya comencé acerca de comentar mis impresiones en relación con sus discursos al momento de recibir el Premio Nobel.

Recuerden que si bien las reseñas por décadas las estoy realizando en orden cronológico, en el caso del análisis de los discursos voy a ir saltando hacia atrás y adelante según vayan surgiendo inquietudes e intereses (no siempre en forma aleatoria o arbitraria).

TONI MORRISON: EL LENGUAJE VIVO

Casualidades o causalidades…

Ya había guardado un borrador de esta entrada cuando algunas compañeras de trabajo, en esta etapa de cuarentena, mencionaron algunas palabras o expresiones que en nuestro lenguaje resultan racistas: quilombo, negrear, macumba, gualicho, guarango, trabajo en negro, trabajo de negros, una negrada...

Y ahora que estoy nuevamente frente al discurso de Toni Morrison al recibir el Nobel me encuentro con conceptos que intentaré organizar para que nos conecten con nuestra cultura y con la actualidad.


(Nota: Me he tomado el atrevimiento de resaltar un segmento dentro del discurso porque también las causalidades/casualidades hacen que lo que allí se expresa se sienta en estos días como algo vívido (aunque circunstancias y contexto sean otros)


  • Todo el discurso toma el esquema de la FÁBULA, donde la ANCIANA SABIA Y VIEJA enfrentando el desafío de los JÓVENES con un PÁJARO concluye mostrándonos la construcción colectiva del lenguaje y la realidad y develándonos cómo el lenguaje es objeto de interpretación de acuerdo con presupuestos y un contexto
  • Morrison señala a la ANCIANA SABIA como representación de la ESCRITORA y al PÁJARO como el LENGUAJE. No indica explícitamente el papel de los JÓVENES, quizás por lo que reserva para el final de su discurso, aunque en el comienzo parece reforzar que son ellos los RESPONSABLES de que el LENGUAJE esté vivo o muerto (“está en sus manos”: expresión polisémica)
  • No hace falta que una lengua deje de hablarse para que esté MUERTA; sólo es necesario que permanezca INMÓVIL y esto sucede inexorablemente cuando el lenguaje está condicionado, es opresivo y en consecuencia deviene en VIOLENCIA.
  • Como diferentes ejemplos de esa violencia, la escritora hace alusión al racismo, el machismo, la actitud sexista. Quizás, como forma de abarcar todas las posibilidades, la violencia existe cada vez que el lenguaje se constituye en un elemento de PODER, desde el cual es “organizado” y “normatizado”. En la actualidad tenemos un desafío más en este sentido: hace unos años viene planteándose, trabajándose e insertándose en diferentes ámbitos el LENGUAJE INCLUSIVO (con la intención, entre otras cuestiones, de eliminar las distinciones discriminatorias relacionadas con la IDENTIDAD DE GÉNERO); como docente estoy inserta en un tiempo en el cual este lenguaje me interpela, quizás del modo en que sucede en el final del discurso cuando los JÓVENES le responden a la ANCIANA SABIA Y VIEJA.
  • La imagen de la TORRE DE BABEL es retomada en su discurso para señalar que se trata de una falacia puesto que no fue la multiplicidad de lenguas la que destruyó la torre de Babel (la que en teoría daba acceso al Paraíso) y nada asegura que si esta hubiese llegado a buen término viviríamos TODOS en un Paraíso.
  • Retomo el primero de los puntos: al iniciar el discurso Toni Morrison parece querer centrarse en el personaje de la ANCIANA/ESCRITORA y a lo largo de varios párrafos asistimos a su modo de ver y pensar ese PÁJARO/LENGUAJE. Sin embargo, en un momento la palabra la toman los JÓVENES para reclamarle respuestas, para indicar que su visión no viene a sustituir la experiencia, para señalarle que ambas coexisten y conviven. Recién en el final Toni Morrison muestra todas las cartas en relación con el mensaje que la “fábula” quiere expresar acerca de la palabra viva que nos representa.

 

«Había una vez una mujer anciana. Ciega pero sabia». ¿O era un hombre anciano? Acaso era un gurú. O un griot calmando chicos inquietos. Yo escuché esta historia, o una exactamente como esta, en el saber popular de varias culturas.

«Había una vez una mujer anciana. Ciega. Sabia».
En la versión que conozco la mujer es hija de esclavos, negra, americana y vive sola en una pequeña casa afuera del pueblo. Su reputación respecto de su sabiduría no tiene par y es incuestionable. Entre su gente ella es a la vez la ley y su trasgresión. El honor y el respeto que le tienen va hasta mucho más allá de su pueblo; llega hasta la ciudad donde la inteligencia de los profetas rurales es una fuente asombrosa.

Un día a la mujer la visitan unos jóvenes que vienen con la intención de desaprobar su clarividencia y poner en evidencia el fraude que creen que ella es. Su plan es simple: entran en su casa y le hacen una única pregunta, cuya respuesta manifiesta la diferencia que tienen con ella, una diferencia que ven como una profunda ineptitud: su ceguera. Se le paran enfrente y uno le dice: «Anciana, tengo en mi mano un pájaro. Dígame si está vivo o muerto».

Ella no contesta y repiten la pregunta: «¿Está vivo o muerto el pájaro que tengo?»

Tampoco contesta. Es ciega y no puede ver a sus visitantes, mucho menos lo que tienen en sus manos. No sabe el color de su piel, de dónde vienen ni si son hombres o mujeres. Solo conoce sus motivos. El silencio de la mujer es tan largo que los jóvenes tienen dificultad para aguantar la risa.

Finalmente habla y su voz es suave, pero severa. «No sé», dice, «no sé si el pájaro que tienen está vivo o muerto, lo único que sé es que está en sus manos. Está en sus manos».

Su respuesta puede ser tomada así: si está muerto, ustedes lo encontraron de este modo o lo mataron. Si está vivo, todavía pueden matarlo. En caso de que lo dejen vivo, es su decisión. En todo caso, es su responsabilidad.

Por querer burlar los poderes y la impotencia de la anciana, los jóvenes reciben una reprimenda, porque son responsables no sólo del acto de burla, sino también por el pequeño manojo de vida sacrificado para conseguir sus fines. La anciana deja de prestarles atención a las aserciones de poder para centrarse en el instrumento mediante el cual ese poder es ejercido.

La especulación de qué podría significar ese pájaro-en-la-mano (otra que su propio cuerpo frágil) siempre fue algo atractivo para mí, especialmente ahora, pensando, como lo vengo haciendo, acerca del trabajo que me ha traído ante ustedes. Por eso elijo leer al pájaro como el lenguaje y a la mujer como a una escritora con práctica. Ella está preocupada por cómo el lenguaje con el cual sueña y que le fue dado al nacer es manejado, puesto al servicio de diversos intereses, incluso apartado de ella con nefastos propósitos. Siendo una escritora, considera al lenguaje en parte como un sistema, en parte como una cosa viviente sobre la cual se tiene control, pero sobre todo como una operación, un acto con consecuencias. Entonces, la pregunta que los chicos le hicieron, «¿Está vivo o muerto?», no es irreal porque ella piensa en el lenguaje como algo susceptible de muerte, de erosión. Desde luego, expuesto al peligro y salvable solo por un esfuerzo de la voluntad. Cree que si el pájaro en las manos de los visitantes está muerto, los custodios son responsables por el cadáver.

Para ella, una lengua muerta no es solo aquella que no se habla o no se escribe más, sino la obstinada lengua que se contenta con la admiración de su propia parálisis. Como una lengua estática, censurada y censuradora. Despiadada en su actividad policial, no tiene deseos ni otro propósito que mantener el campo abierto de su propio narcisismo narcótico, su exclusividad y dominio. Por más moribundo que esté, no queda sin efecto ya que frustra activamente el intelecto, ahoga la conciencia, suprime la potencia humana… Inmune a las preguntas, no puede formar o tolerar nuevas ideas, armar nuevos pensamientos, contar otra historia, llenar los desconcertantes silencios. Una lengua oficial, fragmentada para sancionar la ignorancia y preservar los privilegios, es una armadura pulida para dar brillo, una cáscara de la cual el caballero escapó tiempo atrás. Y, sin embargo, ahí está: tonta, predatoria, sentimental. Excitando la reverencia en las escuelas, dando resguardo a los déspotas, reuniendo falsas memorias de estabilidad y de armonía entre la gente.

Ella está convencida de que cuando el lenguaje muera, a causa del descuido, el desuso, la indiferencia y la falta de estima, o sea, asesinado por una orden, no solo ella, sino todos los hablantes y creadores serán responsables de su muerte. En su país, los chicos se sacaron la lengua a mordiscos y usaron balas para no repetir la voz sin habla, la voz de un lenguaje lisiado y golpeador; ese dispositivo para luchar con significados que los adultos abandonaron, y que podría proveerlos de una guía o expresar amor. Pero ella sabe que sacarse la lengua no es solo una opción de niños. Es muy común entre las infantiles cabezas de Estado y los comerciantes del poder, cuyos vaciados lenguajes les dejaron sin acceso a lo que queda de sus instintos humanos, dado que solo hablan a aquellos que obedecen o, en todo caso, hablan para forzar obediencia.

El saqueo sistemático del lenguaje puede ser reconocido como la tendencia de sus hablantes a renunciar a sus matizadas, complejas y mayéuticas propiedades para usarlo como medio de amenaza y subyugación. El lenguaje opresivo hace más que representar la violencia: es violencia. Hace más que representar los límites del conocimiento, lo limita. Sea el oscuro lenguaje de Estado o las tergiversaciones de los insensatos medios; sea el maligno lenguaje de la ley-sin-ética, o aquél designado para el alienamiento de las minorías, escondiendo sus saqueos racistas debajo de un maquillaje literario. Todo esto debe ser rechazado, alterado y expuesto. Es el lenguaje que chupa sangre, que se ajusta la bota fascista con crinolinas de respetabilidad y patriotismo, al tiempo que se mueve implacablemente hacia el último y más oscuro lugar de la mente. Lenguaje sexista, lenguaje racista, lenguaje teísta son todas formas típicas de las políticas de lenguaje del dominio, que no pueden y no permiten nuevos conocimientos ni el encuentro de nuevos intercambios de ideas.

La anciana es profundamente conciente de que ningún intelecto mercenario, ningún dictador insaciable ni político a sueldo o demagogo ni ningún periodista impostor serían persuadidos por estos pensamientos suyos. Hay y habrá un lenguaje que excite a los ciudadanos a mantenerse armados, asesinando y siendo asesinados en los «shoppings», juzgados, correos, plazas, cuartos y bulevares; un lenguaje agitado, conmemorativo, que enmascara la pena y el gasto de una innecesaria muerte. Va a haber un lenguaje diplomático que apruebe la violación, la tortura, el asesinato. Hay y seguirá habiendo más lenguajes seductores, mutantes, designados para estrangular a las mujeres, hacer de sus gargantas un paté con sus propias palabras transgresivas e imposibles de decir; va a haber más lenguajes de vigilancia disfrazados como investigación; de política e historia, calculados para someter al silencio a millones de personas que sufren; un lenguaje glamoroso para maravillar a los insatisfechos para que asalten sus barrios, arrogantes lenguajes pseudoempíricos maquinados para encerrar a las mentes creativas en jaulas de inferioridad y desamparo.

Debajo de la elocuencia, el glamour, las asociaciones aprendidas de memoria, por más seductoras o incitantes que sean, por debajo, el corazón de ese lenguaje está languideciendo o quizá ya no late más… Si el pájaro ya está muerto.

Ella pensó en cómo podría haber sido la historia intelectual de cualquier disciplina si no se hubiera insistido en el gasto de tiempo y vida que las racionalizaciones y representaciones de la dominación requirieron; pensó cómo podría haber sido si esa disciplina no hubiera sido metida a la fuerza en los letales discursos de exclusión que bloquean el acceso al conocimiento, tanto al guardián como al prisionero.

La convencional enseñanza de la historia de la Torre de Babel es que ese derrumbe fue una desgracia. Fue la distracción o el peso de tantas lenguas lo que precipitó la fallada arquitectura de la torre. Ese único y monolítico lenguaje hubiera dado curso a la construcción y el paraíso hubiera sido alcanzado. ¿El paraíso de quién?, ella se pregunta. ¿Y de qué tipo? Quizás alcanzar el Paraíso hubiera sido una cosa prematura y un poco apresurada, si nadie se podía tomar el trabajo de entender otras lenguas, otras miradas, otros períodos narrativos. Si así hubiera sido, es posible que ese paraíso lo hubieran encontrado a sus pies. Complicado, demandante, sí, pero sería una visión del paraíso como vida, y no como vida más allá.

Ella no quisiera dejar irse a los jóvenes con la impresión de que el lenguaje debe ser forzado a mantenerse vivo para que meramente sea. La vitalidad del lenguaje reside en su habilidad para pintar lo actual, las vidas imaginadas y posibles de sus hablantes, lectores, escritores. Aunque a veces su equilibrio esté en desplazar la experiencia, no ser el sustituto de ella. Se extiende y arquea hacia donde el significado puede estar. Cuando un presidente de los Estados Unidos pensó en el cementerio en el que su país se había convertido, dijo: «El mundo apenas notará ni recordará por mucho tiempo lo que digamos ahora. Pero nunca va a olvidar lo que acá pasó». Sus simples palabras son estimulantes en cuanto a sus propiedades para mantener la vida porque se negaron a encapsular la realidad de 600.000 muertos de una catastrófica guerra racial. Negándose a monumentalizar, desdeñando la «palabra final», el conteo preciso, reconociendo su «pobre poder para sumar o apartar», sus palabras señalan deferencia hacia lo incapturable de la vida que llora. Es esa deferencia lo que mueve a la anciana, ese reconocimiento de que el lenguaje nunca puede coincidir completamente con la vida. Cosa que tampoco debería. El lenguaje nunca puede fotografiar la esclavitud, el genocidio, la guerra. Ni debería lamentarse por la arrogancia de poder hacerlo. Su fuerza, su felicidad radica en lanzarse hacia lo inefable.

Grandiosa o escasa, excavando, estallando o negándose a santificarse, aunque se ría en voz alta o llore sin un alfabeto, la palabra elegida, el silencio elegido, el sereno lenguaje surge y se dirige hacia el conocimiento, no hacia su destrucción. Pero, ¿quién no sabe de literatura prohibida por ser cuestionadora, desacreditada por ser crítica, borrada porque invierte? ¿Y cuántos son violentados por el pensamiento de un idioma que se autodestruye?

Ella piensa que el trabajo con las palabras es sublime porque es generativo, toma un significado que asegura nuestra diferencia, nuestra humana diferencia del modo en que no somos como ninguna otra vida. Morimos. Ese puede ser el significado de la vida. Pero nosotros hacemos el lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas.

«Había una vez…». Unos visitantes le hacen una pregunta a una anciana. ¿Quiénes son esos chicos?, ¿qué hicieron de ese encuentro?, ¿qué escucharon en esas palabras finales: «El pájaro está en tus manos»? ¿Una oración que gesticula alguna posibilidad o una que deja caer un picaporte? Quizás lo que los chicos escucharon es: «No es mi problema. Soy vieja, mujer, negra, ciega. Lo único que sé ahora es que no puedo ayudarlos. El futuro del lenguaje es suyo, no mío».

Están parados ahí. ¿Y si suponemos que no hay nada en sus manos? Supongamos que la visita no fue más que una astucia, un truco para que les hablaran, para ser tomados seriamente como nunca lo habían sido anteriormente. Una oportunidad para interrumpir y violar el mundo adulto, su discurso de miasma acerca de ellos, para ellos, pero nunca dirigido hacia ellos. Urgentes preguntas están en juego, incluyendo la que hicieron: «¿Está vivo o muerto el pájaro?» Quizá la pregunta quería decir: «¿Alguien podría decirnos qué es la vida, qué la muerte?» Ningún truco, ninguna tontería. Una pregunta directa que vale la atención de alguien con sabiduría. Y experiencia. Pero si quien tiene experiencia y sabiduría y ha vivido una vida y enfrentado la muerte no puede describir ni una ni la otra, ¿quién, entonces?

Ella no lo hace, se guarda su secreto, la buena opinión que tiene de sí misma, sus pronunciamientos de gnomo, su arte sin compromiso. Mantiene su distancia, la refuerza y se retrae en su singularidad y desolación, en un espacio sofisticado y de privilegio. Nada, ninguna palabra sigue a su declaración de transferencia. Ese silencio es profundo, más profundo que el significado disponible en las palabras que ella ha dicho. Tiembla ese silencio y los chicos, enojados, lo llenan con un lenguaje inventado en el momento.

«¿No hay discurso o palabras» –le preguntan– «que pueda usted darnos para atravesar su historial de fracasos, atravesar la enseñanza que nos acaba de dar, que no es tal cosa porque le estamos prestando mucha atención tanto a lo que acaba de hacer como a lo que dijo? ¿No hay palabras para atravesar la barrera que usted levantó entre la generosidad y la sabiduría?»

«No hay ningún pájaro en nuestras manos, ni vivo ni muerto. Solo la tenemos a usted y a nuestra impotente pregunta. ¿Es la nada en nuestras manos algo que no soportaría contemplar, ni siquiera adivinar? ¿No recuerda su juventud cuando el lenguaje era mágico sin significado, cuando lo que podía decir podía no significar, cuando lo invisible era lo que la imaginación se esforzaba por ver, cuando las preguntas y demandas de respuestas quemaban tanto que temblaba de furia al no conocer? ¿Tenemos que llegar a ser adultos y conscientes luchando esa batalla que héroes y heroínas como usted ya pelearon y perdieron dejándonos con nada en nuestras manos, salvo lo que ustedes imaginaron que había? Su respuesta es un hábil artificio y nos avergüenza y debería avergonzarla a usted. Su respuesta es indecente en su autocomplacencia. Es un guion hecho para la televisión, que no tiene sentido si no hay nada en nuestras manos. ¿Por qué no se estiró para tocarnos con sus dedos suaves, para retrasar el sonido de la mordida que es esta lección, hasta que supiera quiénes éramos? ¿Tanto despreció nuestro truco, nuestro modus operandi que no vio lo deslumbrados que estábamos por querer llamar su atención? Somos jóvenes. Inmaduros. Toda nuestra corta vida escuchamos que debemos ser responsables. ¿Qué puede significar eso en la catástrofe en que este mundo se ha convertido? Donde, como dijo el poeta «nada necesita ser expuesto porque todo ya está descubierto». Nuestra herencia es una afrenta. Usted quiere que tengamos sus viejos, ciegos ojos y que veamos sólo la crueldad y la mediocridad. ¿Se cree que somos tan estúpidos como para romper las promesas que nos hicimos una y otra vez, por la mera ficción de una nacionalidad? ¿Cómo es que se atreve a hablarnos del deber cuando estamos hundidos hasta la cintura en la toxina de su pasado?»

«Usted nos banaliza y vuelve trivial el pájaro que no tenemos en las manos. ¿Acaso no hay contexto para nuestras vidas, ninguna canción, literatura o poema lleno de vitaminas, ninguna historia conectada con la experiencia que nos pueda pasar para ayudarnos a empezar con más firmeza? Usted es una adulta. La anciana, la sabia. Deje de pensar en salvar su pellejo. Piense en nuestras vidas y cuéntenos su particular mundo. Invente una historia. Narrar es algo radical que nos crea al mismo tiempo que creamos. No le vamos a culpar si su alcance excede su comprensión, si el amor así enciende sus palabras, se transforman en llamas y nada queda de ellas salvo su combustión. O si, con la reticencia de la mano de un cirujano, sus palabras suturan solo en los lugares donde la sangre podría brotar. Sabemos que nunca podría hacerlo del todo bien así, de una vez y para siempre. La pasión nunca es suficiente, ni la habilidad. Pero intente. Para que ni nosotros ni los suyos olviden su nombre en las calles, díganos qué fue para usted el mundo en los lugares oscuros y en los luminosos. No nos diga qué creer, qué temer. Muéstrenos los amplios ámbitos de la creencia y la costura desde la cual se desenreda la membrana del miedo. Usted, anciana mujer, bendecida con la ceguera, puede hablar el lenguaje que nos dice aquello que solo el lenguaje puede: cómo ver sin pinturas. Solo el lenguaje nos protege del terror de las cosas sin nombre. Solo el lenguaje es meditación».

«Díganos qué es ser una mujer, así podemos saber qué es ser un hombre. Lo que es moverse en el margen. Lo que es no tener casa en este lugar. Ser puesto a la deriva y lejos de los que uno conoce. Lo que es vivir al borde de pueblos que no soportan su presencia. Cuéntenos acerca de los barcos alejados de la costa para Pascua, la placenta en los campos. Cuéntenos de los vagones cargados de esclavos, de cuán suavemente cantaban, de modo que no podían distinguirse de la nieve cayendo; de cómo sabían, por la curvatura del hombro más cercano, que la próxima parada sería la última; de cómo, con las manos juntadas en sus sexos, pensaban en el calor, y después en el sol, levantando sus caras como si estuviera ahí para tocarlo. Girando como si estuviera ahí para tocarlo. Paran en una posada. El conductor y su compañero entran en ella con una lámpara, dejándolos susurrando en la oscuridad. El vapor que sale de los resoplidos del caballo llega hasta la nieve debajo de sus patas, y ese silbido y la nieve derritiéndose son la envidia de los congelados esclavos. La puerta de la posada se abre: una chica y un chico se asoman desde ese adentro iluminado. Trepan al vagón. El chico tendrá un arma en tres años, pero ahora lleva una lámpara y una jarra con bebida tibia. Se la pasan de boca en boca. La chica ofrece pan, pedazos de carne y algo más: una mirada rápida a los ojos de aquellos a los que iba sirviendo. Uno para cada hombre, dos para cada mujer. Y una mirada. Ellos devuelven la mirada. La próxima parada será la última. Pero no esta. En esta hay calor».

Está todo en silencio cuando los chicos terminan de hablar, hasta que la mujer lo rompe: «Finalmente», dice, «confío en ustedes ahora. Confío en ustedes con el pájaro que no está en sus manos porque lo han atrapado verdaderamente. Miren. Qué hermoso es, esto que hemos hecho juntos».

Fuente: abc.es/cultura

Gabriel García Márquez: 1982

Quizás sea este discurso uno de los que más se ha citado y analizado en diferentes épocas y naciones. Y creo que es porque, aun cuando en las palabras resuena la urgencia de lo latinoamericano, estos conceptos elaborados por García Márquez no dejan de representar lo más íntimo y esencial del ser humano: la SOLEDAD en la sociedad y en lo personal entendida como aquello que hace que cada uno se sienta frecuentemente desarraigado, abandonado, incomprendido por los demás, por un ser creador y hasta por uno mismo.

También en su discurso, como en la mayoría de los que conocemos desde los registrados en diferentes publicaciones, resuenan nombres de otros escritores mencionados por García Márquez como ejemplos de posicionamientos frente al arte y la vida: Pablo Neruda, William Faulkner, entre otros. Destaco a continuación un segmentos, aunque debajo de este les dejo el discurso completo (casi podría decir que un ensayo acerca de la realidad):

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios



La soledad de América Latina

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

OLGA TOKARCZUK: Nobel 2019

Nobel 2019

En este derrotero de tomar discursos de recepción de los Nobel de Literatura no voy a proceder cronológicamente como en la reseña de las décadas sino que voy a ir y venir en el tiempo, sobre todo porque sería imposible compendiar todo rápidamente y además lograr cierta “justicia” en cuanto a quién es recordado o mencionado entre los primeros lugares. En el link que antecede estas líneas hay un artículo en el que, además de transcribir el discurso completo de la escritora polaca, se realiza una síntesis de lo que ella plantea.

Por mi parte, creo que las cuestiones más destacables de ese discurso, ya sea porque retoma ideas de múltiples escritores, ya por las que reelabora en función de nuestra vida actual, ya por la imagen de la TERNURA que allí aparece y es interpretada de modo diverso, puedo plantearlas en estos términos:

a. Lo que se traduce como TERNURA no es ni más ni menos que aquella tendencia que el artista busca en relación con el hombre y el universo por lograr una empatía que le permita abarcar la comprensión de múltiples y diversas realidades.

b. Las referencias y alusiones a escritores de diversos tiempos resultan interesantes en función de cómo las vincula con sus imágenes acerca de la lectura, la escritura, la ficción. Por ejemplo, cuando al referirse a Internet parodia la frase de Shakespeare: “Internet es una historia, contada por un idiota, llena de ruido y furia”.

c. La incidencia de la web, por otra parte, está asociada en sus palabras con todo aquello que hace de la actualidad un mundo en el que múltiples personas devengan en escritores de modos muy diversos, sin que necesariamente esto implique una reformulación de la esencia más primitiva de la LITERATURA.

d. Palabras como mito, fábula, parábola... conviven en su discurso en tanto plantea hasta qué punto la literatura actual se enfrenta al desafío de ser ficcional al mismo tiempo que verídica (en un sentido amplio y complejo) para volver a formular su sentido ficcional, en el que la voz narradora no deja de tener un papel especial: es parte del mundo que representa aun cuando no sea personaje dentro del mismo (lo que ella denomina como una CUARTA persona).

e. La cuestión acerca de un mundo que parece ir hacia su destrucción, la necesidad de elaboración de una nueva concepción del “realismo”, la consideración acerca de sus búsquedas en la escritura, la literatura y la relación con la realidad son puntos que ocupan espacios importantes dentro de su discurso.

Cito a continuación un segmento del extenso discurso que figura en el enlace:

Creo que tenemos una redefinición por delante de lo que entendemos hoy en día por el concepto de realismo, y una búsqueda de uno nuevo que nos permita ir más allá de los límites de nuestro ego y penetrar en la pantalla de vidrio a través de la cual vemos el mundo. Porque en estos días la necesidad de la realidad es atendida por los medios de comunicación, los sitios de redes sociales y las relaciones indirectas en Internet. Quizás lo que inevitablemente nos espera es una especie de neo-surrealismo, algunos puntos de vista reorganizados que no temerán enfrentarse a una paradoja e irán contra la corriente cuando se trata del simple orden de causa y -efecto. De hecho, nuestra realidad ya se ha vuelto surrealista.

DISCURSOS DESTACADOS

     A medida que vaya terminando las páginas de los Premios Nobel de Literatura por década empezaré a dedicarme a lo que alguna vez había planeado: tomar los discursos de los escritores al recibirlo para encontrar en ellos lo representativo del carácter del autor. Es posible que en algunos casos tome extractos de varios representantes de cada década; también cabe la posibilidad de que en algunas ocasiones seleccione un discurso como representativo de la década o como simbólico en función de lo que exprese.

Discurso de Octavio Paz En el enlace se van a reencontrar con una entrada que publiqué hace un tiempo y en la que daba noticias de lo que había encontrado en otro blog.

En mi peregrinación en busca de la modernidad me perdí y me encontré muchas veces. Volví a mi origen y descubrí que la modernidad no está afuera sino adentro de nosotros. Es hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer. Habla en náhuatl, traza ideogramas chinos del siglo IX y aparece en la pantalla de televisión. Presente intacto, recién desenterrado, que se sacude el polvo de siglos, sonríe y, de pronto, se echa a volar y desaparece por la ventana. Simultaneidad de tiempos y de presencias: la modernidad rompe con el pasado inmediato sólo para rescatar al pasado milenario y convertir a una figurilla de fertilidad del neolítico en nuestra contemporánea. Perseguimos a la modernidad en sus incesantes metamorfosis y nunca logramos asirla. Se escapa siempre: cada encuentro es una fuga. La abrazamos y al punto se disipa: sólo era un poco de aire. Es el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna. Queremos asirlo vivo pero abre las alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia.

     El fragmento anterior pertenece al final del discurso de Octavio Paz. Sólo para ilustrar algo de lo que nuestros escritores han pronunciado, transcribo aquí parte de sus expresiones. En próximas entradas dedicaré una tarea más minuciosa a la lectura, selección y comentario de las palabras en ocasión de las premiaciones.

Premio Nobel 2020 El enlace lleva a la reflexión que le surgió a alguien luego de ciertas noticias que se publicaron por febrero. Todavía no sabemos qué pueda suceder este año entre octubre y diciembre, pero no les vaya a ocurrir lo que al autor de esa nota que he linkeado.