1941-1950

1941-1943.  Sin entregas debido a la Segunda Guerra Mundial



1944. Johannes Vilhelm

Nacido en Dinamarca fue prestigioso en su país por obras al estilo de novelas históricas. Escribió también poemas, algunos de los cuales anticipan en actual estilo de los poemas en prosa. Una de sus obras más conocidas no es precisamente la que se menciona en vinculación con el Premio Nobel (El largo viaje) sino La caída del rey.

Según los académicos mereció el galardón «por la fuerza rara y la fertilidad de su imaginación poética con la que se combina una curiosidad intelectual de amplio alcance y un estilo audaz y frescamente creativo».

A partir de estas décadas que empezamos a trabajar se vuelve más complejo rescatar textos breves para ilustrar el estilo de los escritores que vamos recordando: o se tiende a obras más extensas o se topa uno con la dificultad de los derechos de autor, que en algunos países regulan su caducidad de modo diferente. En este caso, rescato un segmento breve de la novela mencionada más arriba:

Fragmento de La caída del rey (Jensen)



1945. Gabriela Mistral

No menos importante que su obra es la vida de esta escritora chilena, la primera mujer latinoamericana en obtener este premio. Heredera de otras mujeres como la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, Mistral destacó por la defensa del rol femenino, sin dejar por ello de lado su labor intelectual, poética, de educadora y en relación con hombres de su época (Pablo Neruda, que sería premiado unos cuantos años más tarde, la consideró su maestra). La obra por la que se la galardona (Desolación), así como la frase que corona la consagración: «por su poesía lírica que, inspirada por poderosas emociones, ha convertido su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano»

reflejan con claridad qué aspecto de su obra fue más valorado por la Academia: un grado de romanticismo y la tendencia a lo sentimental. No queda aquí expresado esa otra cara de una escritora comprometida con su época y sociedad y vinculada con el rol de la mujer.

Todas íbamos a ser reinas…

Todas íbamos a ser reinas,

de cuatro reinos sobre el mar:

Rosalía con Efigenia

y Lucila con Soledad.

En el valle de Elqui, ceñido

de cien montañas o de más,

que como ofrendas o tributos

arden en rojo y azafrán.

Lo decíamos embriagadas,

y lo tuvimos por verdad,

que seríamos todas reinas

y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años,

y batas claras de percal,

persiguiendo tordos huidos

en la sombra del higueral.

De los cuatro reinos, decíamos,

indudables como el Korán,

que por grandes y por cabales

alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían,

por el tiempo de desposar,

y eran reyes y cantadores

como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos,

ellos tendrían, sin faltar,

mares verdes, mares de algas

y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos,

árbol de leche, árbol del pan,

el guayacán no cortaríamos

ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas,

y de verídico reinar;

pero ninguna ha sido reina

ni en Arauco ni en Copán…

Rosalía besó marino

ya desposado con el mar,

y al besador, en las Guaitecas,

se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos

y su sangre dejó en su pan,

y sus ojos quedaron negros

de no haber visto nunca el mar.

En las viñas de Montegrande,

con su puro seno candeal,

mece los hijos de otras reinas

y los suyos nunca-jamás.

Efigenia cruzó extranjero

en las rutas, y sin hablar,

le siguió, sin saberle nombre,

porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río,

a montaña y cañaveral,

en las lunas de la locura

recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos

y en los salares su reinar,

en los ríos ha visto esposos

y su manto en la tempestad.

Pero en el valle de Elqui, donde

son cien montañas o son más,

cantan las otras que vinieron

y las que vienen cantarán:

«En la tierra seremos reinas,

y de verídico reinar,

y siendo grandes nuestros reinos,

llegaremos todas al mar».

.



1946. Herman Hesse

A decir verdad, y sin que signifique desmerecer el valor del Premio Nobel, casi cualquier lector de las muchas obras de Herman Hesse podría señalar aspectos más profundamente vívidos y más representativos de lo que su obra contiene y representa para quienes conocen no sólo la obra premiada (El lobo estepario) : «por sus escritos inspirados que, al crecer en osadía y penetración, ejemplifican clásicos ideales humanitarios y altas calidades de estilo» – señala el dictamen- sino también otras como Demian, El juego de los abalorios, Siddartha,  Viaje a Oriente. En la mayoría de las ocasiones, las frases que sintetizan el valor del autor galardonado suelen ser poco descriptivas de la escritura del escritor en particular y parecen moldes o estereotipos que podrían servir para caracterizar a casi cualquiera que realice con habilidad su oficio.

“Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros” señaló Hesse. Esta frase, como algunas otras que podemos recoger de este peculiar novelista, revelan con mayor claridad qué aspectos del ser humano representados en sus narraciones son las que interpelan al lector de sus historias:

¿Qué puedo decirte que te pueda ser útil, excepto que tal vez estás buscando algo con tanta insistencia que consigues no encontrar nada?

El pájaro pelea hasta que consigue salir del huevo. El huevo es su mundo. Todo ser viviente debería intentar destruir el mundo.

Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.



1947. André Gide

En El inmoralista la Academia sueca encontró el valor de las obras del escritor francés «por sus escritos comprensivos y artísticamente significativos, en los que los problemas humanos y las condiciones (de vida) se han presentado con un amor sin miedo de la verdad y una perspicacia psicológica aguda». Otras obras destacadas de este novelista: La puerta estrecha, Viaje al Congo, Los alimentos terrenales, Los sótanos del Vaticano, entre otras.

Más allá de sus novelas, o de los poemas que ha escrito, me ha interesado en este caso incorporar un cuento de André Gide:

El naufragio del Borgoña
Iba yo en el Borgoña ¿sabes?, el día que naufragó. Tenía diecisiete años. Con esto te digo mi edad actual. Era una nadadora excelente; y para demostrarte que no tengo el corazón demasiado seco, te diré que, si mi primera idea fue la de salvarme, la segunda fue la de salvar a alguien. No estoy muy segura, incluso, de que no fuese la primera. O más bien, creo que no pensé absolutamente nada; pero pocas cosas me indignan tanto como esos que, en los momentos así, no piensan más que en sí mismos, sí: me indignan más aún las mujeres que gritan. Echaron al mar una primera canoa de salvamento, principalmente llena de mujeres y niños; algunas mujeres lanzaban unos aullidos como para perder la cabeza. La maniobra se hizo tan mal que la canoa, en lugar de posarse horizontalmente sobre el mar, picó de proa y se vació de todo su cargamento, antes incluso de llenarse de agua. Todo aquello sucedía a la luz de antorchas, fanales y proyectores. No te puedes imaginar lo fúnebre que resultaba. Las olas eran bastante fuertes, y todo lo que no estaba en el marco luminoso desaparecía del otro lado de la colina de agua, en la noche. No he vivido jamás otra experiencia tan intensa; pero, supongo, que era yo tan incapaz de reflexionar como un terranova que se tira al agua. Ni siquiera comprendo lo que pudo ocurrir, sé tan sólo que yo había reparado en la canoa, en una niñita de cinco o seis años, que era un encanto, e inmediatamente, cuando vi zozobrar la barca, fue a ella a la que decidí salvar. Iba, al principio, con su madre; pero ésta no sabía nadar bien; y además, como ocurre siempre en estos casos, le molestaba la pollera. En lo que a mí respecta, me desnudé maquinalmente; me llamaban para que ocupase un sitio en la canoa siguiente. Tuve que meterme en ella y después, sin pensarlo dos veces, me arrojé al mar desde esa misma canoa; recuerdo tan sólo que nadé largo rato con la niña agarrada a mi cuello. Ella estaba aterrada y me apretaba el cuello con tal fuerza que yo no podía respirar. Por suerte, pudieron divisarnos desde la canoa y esperarnos, o remar hacia nosotras. Pero no te cuento este episodio por eso. El recuerdo que ha quedado grabado en mí, el que nada podrá borrar de mi cerebro ni de mi corazón es el siguiente: después de haber recogido a varios nadadores desesperados, como me recogieron a mí, en aquella canoa íbamos amontonadas unas cuarenta personas. El agua llegaba casi al borde. Iba yo a popa y tenía apretada contra mí a la niñita que acababa de salvar, a fin de calentarla y de que no viese lo que yo no podía dejar de ver: dos marineros, uno armado con un hacha y el otro con un cuchillo de cocina… ¿sabes lo que hacían? Cortaban los dedos y las muñecas de algunos nadadores que, ayudándose con unas cuerdas, se esforzaban en subir a nuestra barca. Uno de aquellos dos marineros se volvió hacia mí y me dijo: “Si sube uno más reventaremos todos. La barca está llena”. Y añadió que en todos los naufragios no hay más remedio que obrar así. Creo que entonces me desmayé. Y cuando volví en mí, comprendí que ya no era yo, que no podría nunca más ser la misma, la muchacha sentimental de otros tiempos; comprendí que había dejado hundirse una parte de mí con el Borgoña, que en adelante cortaría los dedos y las muñecas a un montón de sentimientos delicados para impedirles meterse y hacer que zozobre mi corazón.



1948. T. S. Elliot

Generalmente conocido como dramaturgo, se destacó también en la poesía y la crítica literaria. Además de una obra que se menciona cuando se habla de este Nobel (La tierra baldíadestacan otras como Asesinato en la catedral; a la hora de dedicarse a sus escritos, se lo reconoce como el “padre fuundador de la poesía moderna” y de hecho la frase que sintetiza los motivos por los que se le otorga el premio son: «por su contribución sobresaliente y pionera a la poesía de hoy en día».

Buscaremos entonces entre sus poesías alguna que, llamándome la atención, pueda quizás interesar también a otros lectores:

Los hombres huecos


I
Somos los hombres huecos
Los hombres rellenos de aserrín
Que se apoyan unos contra otros
Con cabezas embutidas de paja. ¡Sea!
Ásperas nuestras voces, cuando
Susurramos juntos
Quedas, sin sentido
Como viento sobre hierba seca
O el trotar de ratas sobre vidrios rotos
En los sótanos secos
Contornos sin forma, sombras sin color,
Paralizada fuerza, ademán inmóvil;
Aquellos que han cruzado
Con los ojos fijos, al otro Reino de la muerte
Nos recuerdan -si acaso-
No como almas perdidas y violentas
Sino, tan sólo, como hombres huecos,
Hombres rellenos de aserrín.


1949. William Faulkner

Traducido también como El sonido y la furia , sin duda alguna El ruido y la furia es el libro más reconocido de William Faulkner, poeta, cuentista, novelista, guionista y con una obra de teatro. Según palabras de la Academia sueca, aunque algunos destaquen en particular sus cuentos cortos o los policiales (Gambito de caballo), otras obras como Una rosa para Emily, Luz de agosto, Mientras agonizo, la obra antes mencionada mereció la atención del círculo intelectual «por su poderosa y artísticamente única contribución a la novela contemporánea estadounidense».

Discurso al recibir el Premio Nobel El link redirige a un blog de wordpress en el que se transcribe el discurso (https://sociedadpoetica.wordpress.com/)

Un ejemplo del estilo de escritura de Faulkner (quien por cierto se convirtió en uno de los varios escritores de esta época que influyeron en la narrativa latinoamericana de la década siguiente) podría ser el siguiente:

Una mano sobre las aguas


I

Los dos hombres siguieron el sendero que corría entre el río y la espesa cortina de cipreses, cañaverales, gomeros y zarzas. Uno de ellos llevaba una bolsa de arpillera que había sido aparentemente lavada y planchada. El otro era un joven de menos de veinte años, a juzgar por su rostro. El río estaba bajo, con el nivel propio de mediados de julio.

-Tendría que haber estado pescando, con este nivel de agua -observó el joven.

-Siempre que quisiera pescar en este momento -repuso el mayor-. Él y Joe tienden la línea solo cuando Lonnie tiene ganas, no cuando los peces pican.

-De todos modos estarán junto a la línea -dijo el joven-. No creo que a Lonnie le importe quién los retire.

A corta distancia el suelo se elevaba ligeramente, formando una punta que se proyectaba, casi como una península. Sobre ella había una choza cónica, de techo puntiagudo, hecha en parte con lonas enmohecidas y tablones, en parte con latas de querosén aplanadas a martillazos. Sobre ella se elevaba fantásticamente una herrumbrada chimenea de cocina; cerca de la choza había una pequeña pila de leña y un hacha, y, apoyadas contra aquella, unas cañas. Luego vieron sobre el suelo, frente a la puerta abierta, una docena más o menos de trozos de cuerda recién cortados de su carretel, y una lata herrumbrada llena de anzuelos grandes, algunos de los cuales habían sido ya unidos a las cuerdas. Pero no había nadie.

-El bote no está -dijo el hombre que llevaba la bolsa-, de modo que no ha ido a la tienda.

En ese instante descubrió que el joven había seguido avanzando, y luego de aspirar profundamente estaba ya por gritar, cuando de pronto salió corriendo un hombre de entre la maleza y se detuvo junto a él, emitiendo un sonido insistente, semejante al llanto de un niño pequeño: era un muchacho no muy alto, pero con tremendos brazos y hombros; un adulto, pero, al mismo tiempo, con algo infantil en su aspecto, en la forma de moverse; estaba descalzo, tenía el mameluco deshecho, y los ojos expresivos de los sordomudos.

-¡Hola, Joe! -dijo el hombre de la bolsa, levantando la voz como se acostumbra hacerlo con quienes no nos entienden-. ¿Dónde está Lonnie? -y levantando la bolsa, añadió-: ¿Hay pescado?

Pero el otro lo miró, simplemente, haciendo aquel ruido rápido, como un lloriqueo. Luego se volvió y tomó el sendero por donde había desaparecido el muchacho, quien en aquel instante gritó:

-¡Pero miren esa línea!

El mayor los siguió. El joven estaba inclinado peligrosamente sobre el agua, junto a un árbol desde el cual pendía, en tirante línea oblicua hacia el medio del río, una delgada cuerda de algodón. El sordomudo se detuvo junto a él, siempre emitiendo sus sonidos quejumbrosos y levantando uno y otro pie alternativamente; pero cuando el otro llegó hasta él, dio media vuelta y salió corriendo en dirección a la choza. Dada la altura del río, la cuerda debía haber estado totalmente fuera del agua, extendida de una orilla a la otra, entre los dos árboles, con solo los anzuelos de las líneas secundarias sumergidos. Estaba, en cambio, curvada hacia el centro, con una profunda desviación río abajo, y hasta el hombre de mayor edad pudo advertir su movimiento.

-¡Es tan grande como un hombre! -gritó el muchacho.

-Y allá está el bote -comentó el mayor. El joven lo vio a su vez, del otro lado del río, enganchado en un tronco de sauce, contra una saliente-. Cruza y tráelo, y veremos de qué tamaño es el pez.

El muchacho se quitó los zapatos, el mameluco y la camisa; y luego de vadear un trecho, comenzó a nadar, manteniendo una dirección transversal para que la corriente lo llevara hasta el bote; luego se metió en él y lo trajo remando, de pie en la embarcación, mientras miraba atentamente la curva descendente de la línea, cerca de cuyo centro el agua se arremolinaba rítmicamente contra el movimiento del objeto sumergido. Trajo el bote a la altura donde estaba su compañero, quien en aquel instante advirtió que el sordomudo estaba nuevamente a su lado, siempre emitiendo sus extraños sonidos guturales, y ahora tratando de subir al bote.

-¡Vete! -le dijo, empujándolo con el brazo-. ¡Vete, Joe!

-Apúrate -dijo el muchacho, escudriñando la línea sumergida, donde, mientras miraba, algo subió lentamente a la superficie y luego se hundió una vez más- ¡Allí hay algo, como que hay cerdos en Georgia! ¡Y es grande como un hombre!

Su compañero subió al bote. Sirviéndose de la línea, lo desplazó a lo largo de ella, tomándola alternativamente con ambas manos.

De pronto, en la orilla, a sus espaldas, el sordomudo dejó oír un fuerte alarido gutural.

II

-¿Indagación? -preguntó Stevens.

-Lonnie Grinnup -el médico forense era un viejo médico rural-. Dos individuos lo encontraron ahogado esta mañana, enredado en su propia línea de pesca.

-¡No! -dijo Stevens-. ¡Pobre tonto! Lo acompañaré, doctor.

Como fiscal del distrito no tenía nada que hacer allí, aun cuando no se hubiera tratado de un accidente. Él lo sabía, pero deseaba contemplar el rostro del muerto por una razón sentimental. Lo que era ahora el distrito de Yoknapatawpha había sido fundado, no por un colonizador, sino por tres simultáneamente. Llegaron juntos a caballo, a través del Paso de Cumberland, desde las Carolinas, cuando Jefferson era todavía un puesto de la Agencia Chickasaw; compraron tierras a los indios, establecieron familias, prosperaron y desaparecieron; de modo que ahora, cien años más tarde, quedaba en todo el distrito que contribuyeran a fundar un solo representante de los tres apellidos.

Este era Stevens, porque el último descendiente de la familia Holston había muerto a fines del siglo pasado, y Louis Grenier -y era para contemplar su rostro sin vida que Stevens se disponía a recorrer ocho millas en automóvil en medio del calor de una tarde de julio- nunca supo que era Louis Grenier. Ni siquiera sabía escribir el Lonnie Grinnup con que se llamaba a sí mismo. Huérfano también, como Stevens, era un hombre de unos treinta y cinco años de edad, de estatura inferior a la común, a quien todo el distrito conocía: tenía un rostro que, al contemplarlo por segunda vez, revelaba ser casi delicado, pacífico, sereno, siempre alegre, con la eterna pelusa de una suave barba dorada que nunca conociera una navaja, y ojos límpidos y tranquilos. “Tocado”, decían, pero sea lo que fuere, tocado muy suavemente, sin quitarle mucho de lo que fuera lamentable perder. Año tras año Lonnie vivía en la cueva que él mismo había construido con lonas de una carpa vieja, tablas desiguales y latas de querosén aplanadas; lo acompañaba el huérfano sordomudo que había recogido diez años atrás, y que no había crecido mentalmente ni siquiera como él.

En realidad su choza y su línea de pesca estaban en el centro mismo de los mil acres o más que poseyeran sus antepasados en otra época. Pero Lonnie nunca lo supo.

Stevens creía que no le habría importado, y que nunca habría aceptado que ningún hombre pudiera o debiera poseer tanto, de la tierra que es de todos, de todos los hombres para su uso y placer; en su propio caso, en los treinta o cuarenta pies cuadrados donde se levantaba su choza y en el trecho de río sobre el cual se tendía su línea, todos eran bienvenidos en cualquier momento, estuviese él presente o no, y podían usar sus aparejos y compartir la comida que hubiera.

A veces solía asegurar su puerta contra los animales vagabundos y aparecer sin aviso previo con su compañero sordomudo en casas o cabañas a diez y quince millas de distancia; se quedaba en ellas varias semanas, afable, tranquilo, sin exigir nada y sin servilismo; dormía donde fuera conveniente para sus huéspedes, en la paja de los silos, o en camas, en las habitaciones de la familia o de los huéspedes, mientras el sordomudo dormía en el corredor o en el suelo, afuera, pero lo más cerca posible, donde pudiese percibir la respiración de quien era para él padre y hermano a la vez. Aquel era el único sonido que percibía en medio de un vasto mundo silencioso. Infaliblemente lo percibía.

Eran las primeras horas de la tarde. Los espacios aparecían azulados de calor. Luego, a través del largo terreno llano donde la carretera comenzaba a correr como el lecho de un río, Stevens vio el almacén de ramos generales. Habitualmente estaba desierto a esta hora, pero ahora pudo ver, amontonados frente al edificio, los automóviles arruinados y sin capotas, los caballos y mulas ensillados y los carros, los jinetes y los conductores a quienes conocía por su nombre de pila. Y lo que es mejor, lo conocían a él, votaban por él año tras año y lo llamaban familiarmente, a pesar de que no comprendían el significado de la insignia, la Phi Beta Kappa, máxima condecoración académica de las universidades del país, que pendía de la cadena de su reloj. Stevens detuvo su automóvil junto al del médico forense.

Aparentemente la indagación no tendría lugar en el almacén, sino en el molino harinero contiguo, delante de cuya puerta, con los mamelucos limpios y las camisas domingueras, las cabezas descubiertas, y los cuellos curtidos por el sol y surcados por las líneas blancas de las prolijas afeitadas del sábado, había grupos más densos y silenciosos. Le abrieron paso cuando entró. En el interior había una mesa y tres sillas, donde estaban sentados el médico forense y dos testigos.

Stevens vio a un hombre de unos cuarenta años, con una bolsa de arpillera sumamente limpia, doblada y vuelta a doblar tantas veces que parecía un libro, y un muchacho cuyo rostro tenía una expresión de asombro fatigado pero indomable. El cadáver yacía bajo un acolchado, sobre la baja plataforma a la cual estaba fijada la muela, ahora silenciosa. Stevens se aproximó, levantó una esquina del acolchado, miró el rostro, y bajando nuevamente el acolchado se volvió, dispuesto a seguir su viaje al pueblo. Pero de pronto decidió quedarse. Se movió entre los hombres apoyados contra las paredes, con los sombreros en la mano, y escuchó a los dos testigos. Fue causa de su decisión la declaración del muchacho, con su voz asombrada, fatigada, incrédula, mientras terminaba de describir el hallazgo del cadáver. Vio cómo el médico firmaba el certificado de defunción y guardaba su lapicera en el bolsillo; entonces supo que no iría al pueblo aquella tarde.

-Creo que eso es todo -dijo el médico, mirando en dirección a la puerta-. Muy bien, Ike, puedes llevártelo.

Stevens se apartó del resto y contempló a los cuatro hombres que se dirigían hacia el acolchado.

-¿Lo llevarás tú, Ike? -dijo.

El mayor de los cuatro lo miró un instante.

-Sí. Le había dejado el dinero para el entierro a Mitchell, en el almacén.

-Tú, y Pose, y Matthew, y Jim Blake -murmuró Stevens.

Esta vez el otro lo observó con extrañeza, con impaciencia.

-Podemos pagar la diferencia entre todos -dijo.

-Quisiera contribuir -dijo Stevens.

-Gracias -repuso el otro-. Tenemos bastante.

A continuación el médico se acercó al grupo rezongando.

-Bueno, muchachos. Abran paso.

Con los otros, Stevens salió al aire libre, al calor de la tarde. Había ahora un carro muy cerca de la puerta, que no había estado allí antes. La puerta trasera estaba baja, el piso cubierto de paja, y Stevens permaneció descubierto como todos, contemplando a los cuatro hombres salir del molino, cargados con el bulto envuelto en el acolchado, y dirigirse al carro. Tres o cuatro se adelantaron para ayudar, y Stevens se movió a su vez y tocó el hombro del muchacho; vio nuevamente en el rostro de este aquella expresión de asombro intrigado e incrédulo.

-Fuiste a traer el bote antes de saber que ocurría algo -dijo.

-Es verdad -dijo el muchacho. Al principio habló tranquilamente-. Nadé hasta el bote y luego lo traje remando. Yo sabía que había algo en esa línea. Estaba tirando…

-Querrás decir que lo trajiste nadando -dijo Stevens.

-… hacia el fondo de… ¿Cómo, señor?

-Que trajiste el bote nadando. Nadaste hasta él, lo asiste y lo trajiste nadando.

-¡No, señor! Lo traje remando. Remando desde la otra orilla. Y vi esos peces…

-¿Con qué? -dijo Stevens. El muchacho lo miró ofendido-. ¿Con qué remabas?

-¡Con el remo! Recogí el remo y traje el bote remando, y todo el tiempo los veía moverse en el agua. ¡No querían dejarlo! ¡Estaban adheridos a él aun después de sacarlo del agua, comiéndolo! ¡Los peces, digo! ¡Yo sabía que las tortugas comen gente, pero estos eran peces! ¡Comiéndolo! ¡Por supuesto, creímos que eran peces lo que había allí! ¡Sí que eran peces! ¡No comeré pescado nunca más! ¡Nunca!

Aparentemente no había transcurrido mucho tiempo, pero, con todo, la tarde había llegado a su fin, llevándose consigo parte del calor. Una vez más en su automóvil, con la mano en el arranque, Stevens contemplaba el carro, listo para ponerse en marcha. “Algo anda mal”, pensó. “Algo no coincide. Algo más que no advertí, que no vi. O bien, algo que no ha ocurrido todavía.”

El carro había partido ya, y cruzaba el polvoriento terreno llano en dirección a la carretera, con dos hombres en el pescante y los otros dos a su lado montados en mulas. La mano de Stevens dio vuelta a la llave. El vehículo se puso en marcha y en seguida pasó al carro a regular velocidad.

Al cabo de una milla, Stevens dobló por un camino de tierra, y se dirigió hacia las colinas. El terreno se elevaba, y el sol era intermitente ahora; pues en ciertos puntos de las estribaciones montañosas se estaba poniendo ya. A poco el camino se bifurcaba, y en el vértice de esta bifurcación había una iglesia sin torre, pintada de blanco, junto a un grupo desordenado y sin cerco de losas de mármol barato y otras tumbas señaladas solo por hileras de cascos de botellas, fragmentos de loza y ladrillos enterrados en la tierra.

Sin vacilar se detuvo frente a la iglesia, luego de ubicar el automóvil frente a la V formada por las carreteras y al camino que acababa de recorrer, el cual era visible hasta la curva, donde desaparecía. Debido a esa curva pudo oír el rumor del carro antes de verlo, y en aquel momento oyó, asimismo, el camión. Estaba descendiendo velozmente la colina a sus espaldas, y luego de pasar rápidamente junto a él, disminuyó la marcha. Era un automóvil convertido en una especie de furgón, con un depósito de poca profundidad cubierto por una lona.

Al llegar al vértice se detuvo, una vez más se oyó el rumor del carro, y luego Stevens lo vio con los dos jinetes, doblando la curva en la penumbra; ahora había un hombre de pie junto al camión, y Stevens lo reconoció: Tyler Ballenbaugh, un chacarero, casado y con familia, con fama de arrogante y violento, que había nacido en el distrito, partido hacia el oeste y regresado, trayendo consigo, a manera de lastre, rumores de sumas ganadas en el juego. Se había casado, adquirido tierras, y no jugaba ya; pero en determinados años, hipotecaba su cosecha para comprar o vender cosechas futuras de algodón con el dinero. Ballenbaugh, de pie en el camino, junto al carro, conversaba con los hombres sin levantar la voz ni hacer un gesto. Había otro hombre con él, un hombre con camisa blanca, a quien Stevens no reconoció ni miró dos veces.

Su mano oprimió el botón del arranque, y una vez más el automóvil se puso en marcha. Encendió los faros, salió rápidamente del cementerio, descendió hasta llegar a la carretera y colocarse detrás del camión; en aquel momento el hombre de la camisa blanca saltó sobre el guardabarros y le gritó algo, y Stevens lo reconoció: era un hermano menor de Ballenbaugh que se había ido a Memphis años atrás, donde se decía que había actuado como guardia armado durante una huelga textil; en los tres años últimos se estaba ocultando en casa del hermano, según decían, no de la policía, sino de algunos de sus amigos y relaciones comerciales de Memphis. De tiempo en tiempo, su nombre aparecía en grescas y riñas registradas en bailes y fiestas campestres. En una oportunidad fue sujetado y detenido por dos agentes policiales en Jefferson, donde los sábados, ebrio, solía jactarse de sus hazañas pasadas o bien maldecía su situación actual y al hermano mayor que lo obligaba a trabajar en la chacra.

-¿A quién diablos está espiando? -dijo.

-Boyd -dijo el otro Ballenbaugh. No levantó la voz, siquiera-. Sube al camión.

Él no se había movido: era un hombre grande, de rostro sombrío, que miró a Stevens con ojos claros, fríos, sin la menor expresión.

-¿Cómo estás, Gavin? -dijo.

-Bien, ¿y tú, Tyler? ¿Te llevas a Lonnie?

-¿Alguien se opone?

-Yo no -dijo Stevens, bajando del automóvil-. Te ayudaré a trasladarlo.

Luego subió nuevamente al vehículo. El carro reanudó la marcha. El camión retrocedió y viró, cobrando en seguida velocidad; los dos rostros pasaron fugazmente, y el que vio Stevens ahora no era belicoso, sino asustado; el otro no expresaba nada, con sus ojos fijos, fríos, claros. La lámpara, que estaba rajada, desapareció tras la colina. “El número de la chapa es del distrito de Okatoba”, pensó Stevens.

Enterraron a Lonnie Grinnup al día siguiente por la tarde, partiendo el cortejo fúnebre de casa de Tyler Ballenbaugh.

Stevens no estuvo presente.

-Tampoco estaría allí Joe, supongo -comentó-. El mudo de Lonnie.

-No, tampoco estaba allí. Los que fueron al campamento de Lonnie el domingo por la mañana, para examinar la línea de pesca, dijeron que todavía merodeaba por el campamento, buscando a Lonnie. Cuando lo encuentre, esta vez, podrá acostarse a su lado, pero no percibirá su respiración.

-No -dijo Stevens.

III

Estaba en Mottstown, capital del distrito de Okatoba, aquella tarde. Y aunque era domingo, y aunque no sabía, hasta que lo encontró, qué estaba buscando, lo encontró antes de la noche: era el agente de la compañía de seguros que, once años atrás, vendió una póliza por cinco mil dólares, con doble indemnización por muerte accidental; Tyler Ballenbaugh era el beneficiario de esa póliza.

Todo estaba en regla. El médico examinador nunca había visto a Lonnie Grinnup, pero conocía a Tyler Ballenbaugh desde hacía años; Lonnie había hecho una cruz en la solicitud; Ballenbaugh abonó la cuota inicial, y efectuó todos los pagos desde entonces.

No se había mantenido mayor secreto acerca de ello, salvo el de realizar la transacción en otro pueblo; y Stevens comprendía que tampoco eso era muy extraño.

El distrito de Okatoba estaba en la orilla opuesta del río, a tres millas del domicilio de Ballenbaugh, y Stevens sabía de otros hombres, además de Ballenbaugh, que poseían tierras en un distrito y adquirían sus camiones y automóviles y depositaban su dinero en otro, obedeciendo quizás a una sutil desconfianza atávica, inherente al hombre de campo, no tanto frente a los hombres de cuello duro como frente a las calles asfaltadas y la electricidad.

-¿Entonces no deberé certificar la póliza, por ahora? -preguntó el agente de seguros.

-No. Quiero que acepte la solicitud cuando él venga a presentarla, que le explique que necesitará una semana aproximadamente para arreglarlo todo, y luego espere tres o cuatro días antes de comunicarle que pase a verlo en esta oficina a las nueve o diez de la mañana siguiente. No le diga por qué ni para qué. Luego telefonéeme a Jefferson, cuando sepa que ha recibido el mensaje.

A la mañana siguiente muy temprano, casi al amanecer, cedió la ola de calor. Stevens estaba acostado, contemplando los resplandores y escuchando los rugidos de la tormenta eléctrica y la ruidosa furia de la lluvia; pensaba en su implacable golpeteo y en los profundos surcos de agua color de arcilla que debían formarse sobre la árida y solitaria tumba de Lonnie Grinnup, junto a la iglesia sin torre, sobre aquella colina desnuda; también pensaba en el ruido que debía hacer sobre el torbellino del creciente caudal del río, y al golpear la choza de latas y lona donde el sordomudo seguía esperando, probablemente, que él volviese a casa, sabiendo que algo había ocurrido, pero sin saber cómo, ni por qué. “No sabe cómo”, pensó Stevens. “De alguna manera lo engañaron. Ni siquiera se molestaron en atarlo. Lo engañaron, simplemente.”

El miércoles por la noche recibió el aviso telefónico del agente de Mottstown: Tyler Ballenbaugh había presentado su solicitud.

-Muy bien -dijo Stevens-. Envíele el mensaje el lunes, para que vaya a su oficina el martes; quiero que me avise cuando sepa que lo ha recibido. “Estoy jugando al póker con un hombre que ha demostrado ser un jugador, en tanto que yo no lo soy”, pensó. “Pero por lo menos le he obligado a arrojar su carta. Y sabe quién está en el pozo con él.”

Así, pues, cuando llegó el segundo mensaje el lunes por la tarde, solo sabía lo que él, Stevens, pensaba hacer. Durante un momento se le ocurrió pedir un empleado al sheriff, o bien llevar a un amigo. “Pero ni un amigo creerá que lo que tengo entre manos es una carta marcada”, se dijo, “a pesar de que yo estoy seguro de ello: es decir, que un hombre, aun tratándose de un aficionado en materia de asesinatos, tendría que haber borrado las huellas, luego de cometer el hecho. Pero cuando se trata de dos asesinos, ninguno de los dos está seguro de que el otro no ha dejado huellas.”

Por fin Stevens fue solo. Tenía una pistola. Pero luego de haberla sacado, la guardó nuevamente en el cajón. “Por lo menos, nadie disparará contra mí con esta pistola”, se dijo. Salió del pueblo al oscurecer.

Esta vez pasó junto al almacén de ramos generales, oscuro junto a la carretera. Cuando llegó al camino de tierra, que siguió nueve días atrás, tomó esta vez a la derecha y siguió manejando un cuarto de milla más, hasta desembocar en un potrero muy sucio, y alumbró con los faros una cabaña oscura. No los apagó, sino que avanzó a pie en medio del haz luminoso, en dirección a la cabaña, gritando: “¡Nate! ¡Nate!”

Al cabo de un rato oyó la voz de un negro, si bien no vio luz alguna.

-Voy al campo de Lonnie Grinnup. Si no he regresado antes del amanecer, es mejor que vayas hasta el almacén y les avises.

No hubo respuesta. Luego una voz de mujer dijo:

-¡Apártate de esa puerta!

La voz del hombre murmuró algo.

-¡No me importa! -exclamó la mujer-. Sal de ahí y deja a los blancos tranquilos.

“De modo que hay otros, además de mí”, pensó Stevens, recordando cuán a menudo, casi siempre, hay en los negros un instinto, no para el mal, sino para intuirlo inmediatamente cuando está cerca. Volvió al automóvil, apagó los faros y sacó su linterna del asiento.

Encontró el camión. Bajo el tenue haz de luz leyó una vez más el número de la patente que vio alejarse nueve días atrás colina abajo. Apagó la linterna y la guardó en el bolsillo.

Veinte minutos más tarde advirtió que no debió haberse preocupado por la luz. Estaba en el sendero, entre la negra pared de monte y el río; veía el leve resplandor detrás de la pared de lona de la choza, y oía ya las dos voces: una fría, monótona y firme; la otra, alta y áspera. Tropezó con la pila de leña y luego con algo más; halló la puerta, la abrió rápidamente y se encontró frente a la devastación de la casa del muerto: los colchones de chala retirados de las tarimas de madera, la cocina volcada y los utensilios de cocina desparramados, y, en medio de todo ello, Tyler Ballenbaugh enfrentándolo con una pistola, y su hermano menor, arqueado como si fuera a saltar, junto a un cajón volcado.

-¡Atrás, Gavin! -gritó Ballenbaugh.

-Retrocede tú, Tyler -dijo Stevens-. Has llegado tarde.

El joven se enderezó. Stevens advirtió que lo había reconocido.

-¡Pero, por…! -exclamó.

-¿No hay salida, Gavin? -dijo Ballenbaugh-. Dime la verdad.

-Creo que no. Baja esa pistola.

-¿Quién más está contigo?

-Los suficientes. Baja esa pistola, Tyler.

-¡Miente! -dijo el más joven. Empezó a moverse. Stevens vio que sus ojos se dirigían hacia la puerta a sus espaldas-. ¡Miente, te digo! No hay nadie más. Está espiando, como el otro día, metiendo la nariz donde muy pronto lamentará haberla metido. Porque esta vez se la vamos a cortar.

Avanzaba ahora hacia Stevens, algo inclinado, los brazos separados del cuerpo.

-¡Boyd! -dijo Tyler. El otro siguió avanzando, sin sonreír, pero con una expresión extraña, una especie de brillo o fulgor en el rostro-. ¡Boyd! -repitió Tyler, y a su vez se movió con sorprendente rapidez, y alcanzando a su hermano, con un solo movimiento del brazo lo hizo caer trastabillando sobre uno de los camastros. Ambos se miraron: el uno, frío, inmóvil, sin expresión, con la pistola apuntando al vacío; el otro, arqueado, gruñendo.

-¿Qué diablos pretendes hacer? ¿Dejar que nos lleve al pueblo como dos corderos?

-Eso lo decidiré yo -dijo Tyler. Y luego, mirando a Stevens-: Nunca pensé en esto, Gavin. Yo aseguré su vida, pagué las primas, sí. Pero era un buen negocio: si él hubiese vivido más que yo, el dinero no me habría servido, de todos modos; en caso contrario, yo me habría beneficiado al morir él. No había ningún secreto. Lo hicimos a la luz del día. Cualquiera habría podido saberlo. Quizás él habló de ello. Yo nunca se lo prohibí. ¿Y quién podía criticarlo, de todos modos? Siempre le daba de comer cuando venía a casa, se quedaba tanto como quería, y venía cuando tenía ganas. Pero yo no planeé esto.

De pronto el muchacho empezó a reír, reclinado a medias en el camastro donde lo empujara el otro.

-¡Ah! ¡Conque ese es el asunto, ahora! ¡Conque así andan las cosas! -y entonces no hubo más risa, si bien la transición fue leve, imperceptible. Estaba de pie, frente a su hermano-. Yo no aseguré su vida en cinco mil dólares -dijo-. A mí no iban a tocarme…

-Calla -dijo Tyler.

-… cinco mil dólares cuando lo hallasen muerto en esa…

Tyler avanzó firmemente y lo abofeteó dos veces, con la palma y el dorso de la mano, sin dejar la pistola que sostenía en la otra.

-Te digo que te calles, Boyd -dijo. Miró a Stevens una vez más-. Nunca preví esto. Ahora no quiero el dinero, aunque me lo paguen, porque nunca planeé obtenerlo de esa manera. Yo no juego así. ¿Qué piensas hacer?

-¿Me lo preguntas? Quiero hacer una denuncia por asesinato.

-¡Y luego probarlo! -gritó el otro-. ¡Trate de probarlo! Yo no aseguré su vida por…

-¡Calla! -repitió Tyler, casi con suavidad, mirando a Stevens con aquellos ojos en los que no se reflejaba absolutamente nada-. No puedes hacer eso, Stevens. Tenemos un nombre limpio. Lo ha sido. Quizás nadie haya hecho nada por engrandecerlo todavía, pero hasta ahora nadie lo dañó mucho. Nunca he debido nada a nadie, ni tomado lo que no es mío. No debes hacer eso, Gavin.

-No debo hacer otra cosa, Tyler.

El otro lo miró. Stevens oyó que aspiraba y espiraba profundamente. Pero su expresión no cambió.

-De modo que lo que quieres es ojo por ojo y diente por diente.

-Lo quiere la justicia. Tal vez, Lonnie. ¿No lo querrías tú?

El otro lo miró un instante más. Luego se volvió e hizo un gesto a su hermano y otro a Stevens, los dos firmes y perentorios.

En seguida se encontraron fuera de la choza, alumbrados por la luz que pasaba por la puerta abierta. Arriba, una leve ráfaga se agitó entre el follaje y luego cesó. Al principio Stevens no comprendió la intención de Ballenbaugh. Vio que se volvía hacia su hermano, con la mano extendida, hablándole con un tono severo:

-Este es el fin del escándalo. Lo temí desde la noche que llegaste a casa y me lo dijiste. Debí criarte mejor, pero no lo hice. Ven. Decídete de una vez.

-¡Cuidado, Tyler! ¡No hagas eso! -dijo Stevens.

-No intervengas, Gavin. Si quieres una vida por una vida, la tendrás.

Seguía mirando a su hermano, sin reparar siquiera en Stevens.

-Ven. Tómala y acaba de una vez.

Entonces fue demasiado tarde. Stevens vio que el muchacho saltaba hacia atrás, que Tyler avanzaba un paso, y percibió en la voz de este la sorpresa, la incredulidad, y por fin la comprensión súbita del error cometido.

-¡Deja esa pistola, Boyd! ¡Déjala!

-Conque la quieres, ¿eh? -dijo Boyd-. Cuando aquella noche te dije que tendrías cinco mil dólares en el momento en que alguien descubriese la línea de pesca, y te pedí diez, rehusaste. Diez dólares, y me los negaste. Sí que te la daré. ¡Aquí la tienes! El fogonazo partió desde muy abajo, y el fuego rojizo trazó un surco descendente al caer el otro. “Ahora me toca a mí”, pensó Stevens. Estaban frente a frente; una vez más se sintió la ráfaga que agitaba el follaje sobre su cabeza.

-¡Corre mientras puedas, Boyd! -dijo-. Ya has hecho bastante. ¡Corre!

-Sí que correré. Preocúpese por mí, ahora, porque dentro de un minuto ya no tendrá preocupaciones. Sí que correré, después de decir algo a estos señores que meten la nariz donde se lamentarán…

“Ahora tirará”, pensó Stevens, y saltó. Por un segundo tuvo la ilusión óptica de verse a sí mismo saltando, en el aire, sobre la cabeza de Boyd Ballenbaugh, reflejado de alguna manera por la tenue luz del río, por esa luminosidad que devuelve el río a las tinieblas. Y entonces advirtió que no era él mismo a quien veía; no, no había sido una ráfaga lo que percibió, cuando la criatura, la forma que no tenía lengua ni la necesitaba, que durante nueve días había esperado el regreso de Lonnie Grinnup, se dejó caer sobre las espaldas del asesino, las manos crispadas y el cuerpo rígido y curvado, con silenciosa y mortal determinación.

“Estaba en el árbol”, pensó Stevens. La pistola relució en la oscuridad. Vio el fogonazo, pero no oyó nada.

IV

Estaba sentado en el corredor con su aseado vendaje quirúrgico, después de la comida, cuando llegó el sheriff por el sendero del jardín: era un hombre muy alto, agradable, afable, con ojos más pálidos, más fríos y más inexpresivos aun que los de Tyler Ballenbaugh.

-No llevará más de unos minutos -dijo-. De lo contrario, no te habría molestado.

-¿Cómo, molestarme? -dijo Stevens.

El sheriff apoyó un muslo sobre la barandilla del corredor.

-¿Cómo va tu cabeza?

-Muy bien.

-Me alegro. Creo que oíste decir dónde hallamos a Boyd.

Stevens lo miró con la misma expresión impasible.

-No he recordado nada en todo el día, salvo mi dolor de cabeza.

-Tú nos dijiste dónde debíamos buscar. Cuando llegué ahí, estabas consciente todavía, y tratando de dar agua a Tyler. Nos dijiste que miráramos la línea de pesca.

-¿Sí? ¡Bueno, bueno! ¿Qué no dice un borracho, o un loco? Y a veces dice la verdad.

-La dijiste. Examinamos la línea y allí estaba Boyd muerto, colgado de uno de los anzuelos, exactamente como Lonnie Grinnup. Y Tyler Ballenbaugh, con una pierna rota y otro balazo en el hombro; y tú con una herida en la cabeza, en la cual podría haber escondido un cigarro. ¿Cómo quedó colgado en la línea, Gavin?

-No lo sé.

-Muy bien. Supongamos que en este momento no soy el sheriff. ¿Cómo apareció Boyd en esa línea?

-No lo sé.

El otro lo miró; se miraron mutuamente.

-¿Es eso lo que contestas a un amigo cuando te pregunta algo?

-Sí. Yo estaba herido, como bien sabes. No lo sé.

El sheriff sacó un cigarro del bolsillo y lo estudió un rato.

-Joe, el sordomudo que crió Lonnie… se ha ido, aparentemente. El domingo pasado todavía andaba merodeando, pero nadie lo ha visto desde entonces. Podría haberse quedado. Nadie lo molestaría.

-Quizás extrañaba a Lonnie demasiado para quedarse.

-Quizás lo extrañaba -murmuró el sheriff, poniéndose de pie. Luego cortó el extremo del cigarro con los dientes y lo encendió-. ¿Ese balazo te hizo olvidar también esto? ¿Qué te hizo sospechar que algo andaba mal? ¿Qué era lo que el resto de nosotros no había advertido?

-El remo -repuso Stevens.

-¿El remo?

-¿Nunca tendiste una línea de pesca, una línea en tu propio campamento? No se usa el remo, sino que se empuja el bote con las manos, alternativamente, a lo largo de la línea, desde un anzuelo hasta el otro. Lonnie nunca usaba el remo; dejaba el bote atado al mismo árbol del que partía la línea, y el remo quedaba siempre en la choza. Si alguna vez hubieses ido allí, lo habrías observado. Pero el remo estaba en el bote cuando el muchacho lo encontró.



1950. Bertrand Russell

En cuanto uno se acerca a la personalidad reconoce otros aspectos de este escritor que lo vinculan con la política, la filosofía, las declaraciones en torno de la paz… Cualquiera podría creer que me he equivocado a la hora de seleccionar el nombre adecuado para el Premio Nobel de Literatura de este año.

Pero no es así: y se observa más claramente cuando uno descubre que la obra considerada troncal, al menos para la premiación, fue  Principia Mathematica y que el fundamento de la elección fue el siguiente: «en reconocimiento de sus escritos variados y significativos en los que defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento».

Por cierto  no me desagrada la filosofía pero dado que no es la suya una de las corrientes que yo domine como para enunciar conceptos erróneos o mal interpretados, selecciono como ejemplo de su escritura algunas frases célebres (detrás de las cuales esté quizás también algo del espíritu estético/literario que llevó a este escritor a obtener un Premio Nobel en relación con una disciplina artística que abarca los otros planos del pensamiento del ser humano):

  1. La historia del mundo es la suma de aquello que hubiera sido evitable. …
  2. Me opongo a toda superstición, sea musulmana, cristiana, judía o budista. …
  3. Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. …
  4. La calumnia siempre es sencilla y verosímil.
  5. Al contrario del esquema habitual me he hecho gradualmente más rebelde a medida que envejezco
  6. Cuando llegue la hora de mi muerte, no sentiré haber vivido en vano. Habré visto los crepúsculos rojos de la tarde, el rocío de la mañana y la nieve brillando bajo los rayos del sol universal; habré olido la lluvia después de la sequía y habré oído el Atlántico tormentoso batir contra las costas graníticas de Cornualles.
  7. El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas.
  8. Está claro que las causas psicológicas de la infelicidad son muchas y variadas. Pero todas tienen algo en común. La típica persona infeliz es aquella que, habiéndose visto privada de joven de alguna satisfacción normal, ha llegado a valorar este único tipo de satisfacción más que cualquier otro, y por tanto ha encauzado su vida en una única dirección, dando excesiva importancia a los logros y ninguna a las actividades relacionadas con ellos.
  9. La envidia consiste en no ver nunca las cosas en sí mismas, sino sólo en sus relaciones. Si deseas gloria, puedes envidiar a Napoleón, pero Napoleón envidiaba a César, César envidiaba a Alejandro y Alejandro, me atrevería a decir, envidiaba a Hércules, que nunca existió.
  10. Los más ilustrados de entre los griegos sostenían que la esclavitud era justificable siempre que los amos fueran griegos y los esclavos bárbaros, pero el caso opuesto era contrario a la naturaleza.