1951-1960

 

 

1951.  Pär Lagerkvist

El escritor sueco formaba parte de la Academia desde 1941. No trae este dato ningún debate en relación con el galardón; simplemente, no recuerdo que hubiera antes otro ejemplo en que el premiado formara parte de la entidad.

Junto con El verdugo, El enano, Angustias, destaca también Barrabás, obra que ha sido considerada como ficción histórica. Por esta en particular el jurado argumentó que el premio se concedía «por el vigor artístico y la verdadera independencia de la mente con los cuales intenta en su poesía encontrar las respuestas a las eternas preguntas que confrontan la humanidad».

Antes de transcribir algún texto o cita que nos represente algo de su obra, me llama la atención la calificación de NARRATIVA HISTÓRICA aplicada a Barrabásno por el hecho de que se base en historias bíblicas sino, más bien, porque el personaje parece haber sido elegido y trabajado en relación con lo que representa o simboliza de la esencia del ser humano (un poco al estilo del Caín de Lord Byron o Abel Sánchez de Miguel de Unamuno, para mencionar algún ejemplo).

( Zenda: he aquí este enlace, no  tanto por lo que pueda haber recogido de Lägerkvist, sino porque allí hay valiosos colaboradores, algunos de ellos escritores españoles, que alimentan un sitio con variada mirada acerca de la lectura)

Abandonado por el cielo de la mañana y las estrellas

Abandonado por el cielo de la mañana y las estrellas,
por la hierba del verano y la fresca lluvia de la primavera,
por el manantial de todos los mortales.
Abandonado.

Todos han huido, todos mis amigos,
el viento del verano, la hierba cubierta de rocío en la
mañana,
el olor del bosque después de la lluvia, yo estoy
completamente solo,
todas las fuentes de vida han callado.
Abandonado, abandonado.

¡Por dónde va el camino hacia la oscuridad,
la misericordiosa, la blanda?
¡Dónde está la puerta de salida en el muro del país de la
vida,
la puerta baja, donde uno se doblega?



1952. François Mauriac

Lo primero que llama la atención al indagar acerca de este escritor es que se le cruzan a uno dos informaciones que parecen tener más relevancia que otras: era creyente y fervoroso practicante de la religión católica; destacó como periodista. Luego de esos dos datos aparece su vinculación con la novela como casi exclusivo tipo textual de sus obras de ficción. Entre ellas,  Nudo de víboras aparece mencionada en relación con la obtención del Nobel:  «para el discernimiento profundamente espiritual y la intensidad artística con los que ha penetrado en sus novelas el drama de la vida humana».

Destaco a continuación algunas de sus frases:

No hay más camino, para aprender a amar, que el conocimiento de sí mismo, que esa mirada sin ilusión que, a través de nosotros mismos alcanza a toda la humanidad miserable.

«No nos hemos de dejar engañar por las malas acciones de la gente buena. Se puede ser bueno, misericordioso, desinteresado, y ser también capaz de una mala acción»

„Los hombres de estado son como los cirujanos: sus errores son mortales.“

„Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón por la cual un pésimo vino puede llegar a ser un buen vinagre.“

„Dime lo que lees y te diré quien eres, eso es verdad, pero te conoceré mejor si me dices lo que relees.“



1953. Winston Churchill

La personalidad que recibe el premio este año pareciera demostrar que después de la Segunda Guerra Mundial y durante algunos años la valoración de la literatura varió su eje y enfocó, así como en 1950 en las ciencias, en la política, la crónica la mirada acerca del valor estético de una obra.

Winston Churchill: político, mandatario, historiador… Pese a su influencia en el ambiente intelectual no parecieran estos los rasgos de un Premio Nobel de Literatura (quizás sí de la Paz), aun cuando se mencione en algunos sitios que tenía una veta artística (incluyendo incursiones en la pintura). Sin embargo, la elección de Churchill como premiado este año se relacionó con algunos de sus escritos, como Memorias y por razones que parecen ratificar lo señalado en el párrafo anterior: «por su dominio de las descripciones biográficas e históricas así como por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos exaltados».

Aunque se ha señalado en varias oportunidades que algunas de las frases que se le atribuyen no le corresponden o han sido mal transmitidas, dejo aquí algunas que al menos no van a provocar incomodidad política si no fueren fieles al verdadero enunciado:

«Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema».

«El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes».

«Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad».

«La política es casi tan emocionante como la guerra y no menos peligrosa. En la guerra nos pueden matar una vez; en política, muchas veces».



1954. Ernest Hemingway

Además de novelista, fue cuentista. Dentro de Estados Unidos es uno de los escritores clásicos; fuera de él, la influencia de su obra se refleja además en las versiones cinematográficas de varias de sus obras: ¿Por quién doblan las campanas?, Adiós a las armas, Las nieves del Kilimanjaro, París era una fiesta, entre otras más. La que destaca puesto que lo relaciona con el premio es El viejo y el mar:  señaló la Academia en su oportunidad que el escritor merecía la distinción «por su dominio del arte de la narrativa, más recientemente demostrada en El viejo y el mar, y por la influencia que ha ejercido en el estilo contemporáneo».

Un canario como regalo


El tren pasó rápidamente junto a una larga casa de piedra roja con jardín, y, en él, cuatro gruesas palmeras, a la sombra de cada una de las cuales había una mesa. Al otro lado estaba el mar. El tren penetró en una hendidura cavada en la roca rojiza y la arcilla, y el mar sólo podía verse entonces interrumpidamente y muy abajo, contra las rocas.

-Lo compré en Palermo -dijo la dama norteamericana-. Sólo estuvimos en tierra una hora. Era un domingo por la mañana. El hombre quería que le pagara en dólares y le di un dólar y medio. En realidad canta admirablemente.

Hacía mucho calor en el tren y en el coche-salón. No entraba ni un soplo de brisa por la ventanilla abierta. La dama norteamericana bajó la persiana de madera y ya no pudo verse más el mar, ni siquiera de vez en cuando. Al otro lado estaban los vidrios, luego el corredor, detrás una ventanilla abierta y fuera de ella árboles polvorientos, un camino asfaltado y extensos viñedos rodeados de grises colinas.

Al llegar a Marsella veíamos el humo de muchas chimeneas. El tren disminuyó la velocidad y entró en una vía, entre las muchas que llevaban a la estación. Se detuvo veinte minutos en Marsella y la dama norteamericana compró un ejemplar de The Daily Mail y media botella de agua mineral Evian. Paseó un poco a lo largo del andén de la estación, pero sin alejarse mucho de los escalones del vagón, debido a que en Cannes, donde el tren se detuvo doce minutos, partió de pronto sin advertencia alguna, y ella pudo subir justamente a tiempo. La dama norteamericana era un poco sorda y temió que se dieran las habituales señales de partida del convoy y ella no pudiera oírlas.

El tren partió y no sólo podían verse las playas de maniobras y el humo de las grandes chimeneas, sino también, hacia atrás, la propia ciudad de Marsella y el puerto, con sus colinas grises en el fondo y los últimos destellos del sol en el mar. Mientras oscurecía, el tren pasó cerca de una granja incendiada. Había automóviles detenidos en el camino y desde dentro del edificio de la granja se sacaban al campo ropas de cama y otras cosas. Había mucha gente contemplando cómo ardía la casa. Era ya de noche cuando el tren llegó a Aviñón. La gente dejó el convoy. En los quioscos, los franceses que volvían a París compraban los periódicos del día. En el andén había soldados negros. Llevaban uniforme castaño, eran altos y sus rostros brillaban bajo la luz eléctrica. El tren dejó Aviñón y los negros quedaron allí, de pie. Un sargento blanco, de baja estatura, estaba con ellos.

Dentro del coche-cama el camarero había bajado las tres literas de la pared y ya estaban preparadas para dormir. La dama norteamericana no durmió durante la noche porque el tren era un rapide que iba a gran velocidad y ella temía durante la noche. La cama de la dama norteamericana era la que estaba más cerca de la ventanilla. El canario de Palermo, con una manta extendida sobre la jaula, estaba fuera del camarote, en el corredor que llevaba al lavabo. Fuera del compartimiento había una luz azulada. Durante toda la noche el tren viajó muy velozmente y la dama norteamericana se despertaba esperando un accidente.

Por la mañana, el tren se hallaba cerca de París y después que la dama norteamericana salió del lavabo, muy norteamericana, muy saludable y muy de edad mediana, a pesar de no haber dormido, quitó la manta de la jaula y la colgó al sol, volviendo al vagón restaurante para desayunar. Cuando volvió al coche-cama las literas habían sido levantadas de nuevo y transformadas en asientos, el canario estaba acicalándose las plumas al sol, que entraba por la ventanilla abierta, y el tren estaba mucho más cerca de París.

-Ama el sol -dijo la dama norteamericana-. Ahora, dentro de un momento, cantará.

El canario siguió arreglándose las plumas y espulgándose.

-Siempre me han gustado los pájaros -dijo la dama norteamericana-. Lo llevo a casa para mi niña. Ahí está… ahora canta.

El canario pió y las plumas de la garganta permanecieron inmóviles. Bajó el pico y comenzó a espulgarse de nuevo. El tren cruzó un río y pasó a través de un bosque muy cuidado. El tren pasó por muchos de los pueblos de las afueras de París. Había tranvías en los pueblos y grandes cartelones de propaganda de la Belle Jardiniere, Dubonnet y Pernod, en los muros y paredes cerca de los cuales pasaba el tren. Todos los lugares por donde éste pasaba tenían el aspecto de no haberse despertado todavía. Durante unos minutos no escuché a la dama norteamericana, que estaba hablándole a mi esposa.

-¿Su esposo es también norteamericano? -preguntó la dama.

-Sí -dijo mi mujer-. Ambos somos norteamericanos.

-Creí que eran ingleses.

-¡Oh, no!

-Será tal vez porque llevo tirantes. -Había empezado a decir «tiradores», pero cambié la palabra al salir de mi boca, para mantener mi lenguaje de acuerdo con mi aspecto de inglés. La dama norteamericana no me oyó. Realmente era completamente sorda; leía en los labios y yo no la había mirado al hablar. Miraba afuera, por la ventanilla. Continuó hablando con mi esposa.

-Me alegro de que sean norteamericanos. Los hombres norteamericanos son los mejores maridos -estaba diciendo la dama norteamericana-. Por eso dejamos el continente, ¿sabe usted? Mi hija se enamoró de un hombre en Vevey -se detuvo-. Estaban locos, sencillamente -se detuvo de nuevo-. La saqué de allí, por supuesto.

-¿Logró soportarlo? -preguntó mi mujer.

-No lo creo -dijo la dama norteamericana-. No quería comer nada y no dormía. Me empeñé en consolarla, pero parece no tener interés por nada. No le importa nada, pero yo no podía dejarla casar con un extranjero. -Hizo una pausa-. Alguien, un buen amigo mío, me dijo una vez: «Ningún extranjero puede ser un buen marido para una norteamericana».

-No -dijo mí esposa-; supongo que no.

La dama norteamericana admiró el abrigo de viaje de mi esposa y luego supimos que la dama norteamericana había adquirido sus propias ropas durante veinte años en la misma maison de couture de la rue Saint Honoré. Tenían sus medidas y una vendeuse que la conocía y sabía sus gustos, elegía sus vestidos y los enviaba a los Estados Unidos. Las ropas llegaban a una oficina de correos cercana al lugar donde ella vivía, en la ciudad de Nueva York, y los derechos de importación no eran nunca exorbitantes, porque abrían las cajas allí mismo, en la sucursal de correos, para revisarlas y siempre eran sencillas, sin encajes doradas ni adornos que hicieran aparecer los vestidos como muy caros. Antes de la vendeuse actual, llamada Théresé, había otra llamada Amélie. En total sólo trabajaron esas dos en los últimos veinte afros. La couturière era siempre la misma. Los precios, sin embargo, habían aumentado. Ahora tenían también las medidas de su hija. Ya era bastante crecida y no existía muchas probabilidades de que cambiaran con el tiempo.

El tren estaba ahora llegando a París. Las fortificaciones habían sido derribadas, pero la hierba no había crecido. Había muchos vagones en las vías: coches restaurante de madera oscura y coches-cama, que partirían para Italia a las cinco de esa misma tarde, si ese tren sale todavía a las cinco; los coches tenían carteles que decían: París-Roma; otros de dos pisos, que iban y volvían de los suburbios y en los que, a ciertas horas, los asientos de amibos pisos estaban llenos de gente y pasaban cerca de las blancas paredes y de las ventanas de las casas. Nadie se había desayunado todavía.

-Los norteamericanos son los mejores maridos -decía la dama norteamericana a mi esposa. Yo estaba bajando las maletas-. Los hombres norteamericanos son los únicos con quienes una se puede casar en todo el mundo.

-¿Cuánto tiempo hace que dejó usted Vevey? -preguntó mi mujer.

-Hará dos años este otoño. A ella le llevo este canario.

-¿El hombre de quien estaba enamorada su hija era suizo?

-Sí -dijo la dama norteamericana-. Era de una familia muy buena de Vevey. Estudiaba ingeniería. Se conocieron en Vevey, solían dar largos paseos juntos.

-Conozco Vevey -dijo mi esposa-. Pasamos allí nuestra luna de miel.

-¿Sí? ¡Debe haber sido maravilloso! Yo no tenía, por supuesto, la menor idea de que se había enamorado de él.

-Es un lugar muy bonito -dijo mi esposa.

-Sí -dijo la dama norteamericana-. ¿Verdad que es magnifico? ¿Dónde se alojaron ustedes?

-En el Trois Couronnes.

-Es un gran hotel -dijo la dama norteamericana.

-Sí -replico mi esposa-. Teníamos una habitación preciosa y en otoño el lugar era adorable.

-¿Estaban ustedes allí en otoño?

-Sí -dijo mi esposa.

Pasábamos en ese momento al lado de tres vagones que habían sufrido algún accidente. Estaban hechos astillas y con los techos hundidos.

-Miren -dije-. Debe haber sido un accidente.

La dama norteamericana miró y vio el último vagón.

-Toda la noche tuve miedo de que ocurriera alguna cosa así -dijo-. A veces tengo horribles presentimientos. Nunca más viajaré en un rapide por la noche. Debe haber otros trenes cómodos que no viajen con tanta rapidez.

El tren entró en la oscuridad de la Gare du Lyon y se detuvo. Los mozos se acercaron a las ventanillas. Pronto nos encontramos en la turbia largura de los andenes y la dama norteamericana se puso en manos de uno de los tres hombres de la Cook, que dijo:

-Un momento, señora, buscaré su nombre.

El mozo trajo un baúl y lo colocó junto al equipaje. Ambos nos despedimos de la dama norteamericana, cuyo nombre había encontrado el empleado de la Agencia Cook en una de las hojas escritas a máquina, que sacó de entre un manojo de éstas y que volvió a poner en su bolsillo.

Seguimos al mozo con el baúl, a lo largo del prolongado andén de cemento que corría al lado del tren. Al final había una puerta de hierro y un hombre nos tomó los billetes.

Volvíamos a París para establecernos en residencias separadas.



1955. Halldór Laxness

Está considerado como el mejor escritor islandés de todos los tiempos. Pese a que algunas de sus obras han sido llevadas a versiones cinematográficas, pocas de ellas han sido traducidas al español: La campana de Islandia, El concierto de los peces, La base atómica, Paraíso reclamado y la que le valió el Nobel:  Gente independiente («por su vívido poder épico con el que ha renovado el gran arte narrativo de Islandia»)

Fragmento de Gente desconocida

El enlace anterior redirige a un blog de poetas del siglo XXI. La entrada transcribe un fragmento de la obra de Laxness que alterna prosa y poesía. Hasta tanto encuentre otro texto más adecuado para aportar, dejo aquí esta referencia (la antología poética universal del sitio resulta interesante).



1956. Juan Ramón Jiménez

Luego de algunos años el Premio Nobel transita otra vez por España en la imagen de un poeta nacido en Moguer, como otros escritores españoles de importancia. Durante su vida transitó varios estilos literarios, entre ellos el Modernismo (que en principio había sido el primer movimiento literario reconocido como surgido en América), el Surrealismo y otras manifestaciones.

No fue frecuente que hablara, como algunos de sus contemporáneos y sucesores, de la Guerra, ni de la Guerra Civil Española pero sí fue constante un espacio para el escepticismo y la ironía en sus escritos. Sin embargo, la obra por la que fue premiado por la Academia, Platero y yofue reconocida «por su poesía lírica, que en idioma español constituye un ejemplo de elevado espíritu y pureza artística».

Debo reconocer que por mucho tiempo no he podido leer esa obra: una desacertada elección didáctica hizo que mis profesoras de la secundaria eligieran las primeras frases del libro cada vez que deseaban explicar ANÁLISIS SINTÁCTICO. En una oportunidad en que buscaba otras obras para leer, abrí Platero y yo, me crucé con las tres primeras oraciones y cerré el libro. Espero no haber dejado un estigma similar en mis alumnos con alguna obra que hayamos compartido.

Por suerte, vocación, eficiencia… en la formación docente accedí a otras de sus obras y pude conocer al poeta que no me habían dejado ver. Años más tarde, además, encontraría la veta irónica. Es por eso que aquí dejo dos de los textos que guardo de él, si bien hay otros que puedan ser mejores o más representativos del universo poético de nuestro autor (La soledad sonora, por ejemplo):

El viaje definitivo

… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

El recto


Tenía la heroica manía bella de lo derecho, lo recto, lo cuadrado. Se pasaba el día poniendo bien, en exacta correspondencia de líneas, cuadros, muebles, alfombras, puertas, biombos. Su vida era un sufrimiento acerbo y una espantosa pérdida. Iba detrás de familiares y criados, ordenando paciente e impacientemente lo desordenado. Comprendía bien el cuento del que se sacó una muela sana de la derecha porque tuvo que sacarse una dañada de la izquierda.

Cuando se estaba muriendo, suplicaba a todos con voz débil que le pusieran exacta la cama en relación con la cómoda, el armario, los cuadros, las cajas de las medicinas.

Y cuando murió y lo enterraron, el enterrador le dejó torcida la caja de la tumba para siempre.



1957.  Albert Camus

Las paradojas de la vida hacen que hoy no se lo recuerde tanto por la obra que lo llevó al Nobel, El extranjero«por su importante producción literaria, que con una seriedad clarividente ilumina los problemas de la consciencia humana en nuestra época». Por estos días, entre sus obras más conocidas la que nos trae esa imagen profética que algunos le atribuyen a la literatura es La peste:

¿Qué nos enseñó La peste, de Albert Camus? Que las peores epidemias no son biológicas, sino morales. En las situaciones de crisis, sale a luz lo peor de la sociedad: insolidaridad, egoísmo, inmadurez, irracionalidad. Pero también emerge lo mejor. Siempre hay justos que sacrifican su bienestar para cuidar a los demás. Publicada en 1947, La peste intenta ser una respuesta al dolor desatado por la Segunda Guerra Mundial. Ambientada en Orán, narra los estragos de una epidemia que causa centenares de muertes a diario. La propagación imparable de la enfermedad empujará a las autoridades a imponer un severo aislamiento. Todo comienza un dieciséis de abril. En esas fechas, Orán es una ciudad con una vida frenética. Casi nadie repara en las existencias ajenas. Sus habitantes carecen de sentido de la comunidad. No son ciudadanos, sino individuos que escatiman horas al sueño para acumular bienes. La prosperidad material siempre parece una meta más razonable que la búsqueda de la excelencia moral

Fragmento extraído de El cultural.com La peste de Albert Camus en tiempos del corona virus

Otro dato para recordar de Albert Camus es el hecho de que su discurso de aceptación del Premio Nobel fue en realidad una forma de declinar el galardón. De su discurso, transcribo un segmento:

… quisiera yo declinar hoy el honor que acabáis
de hacerme.
Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio
de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin
otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha,
vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando
su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre
al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo
las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el
movimiento destructor de la historia.
¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones
ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa,
huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es
peligrosa, tan dura de vivir, como exaltante. Debemos avanzar
hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por
anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado
camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse orgulloso
apóstol de virtud? En cuanto a mí, necesito decir una vez más que
no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha
de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia
explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente
ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también
a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres
silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir
más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y
por la esperanza de volverlos a vivir.
Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos límites,
a mis dudas y también a mi difícil fe, me siento más libre para
destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción
que acabáis de hacerme. Más libre también para decir que quisiera
recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando en el
mismo combate, no han recibido privilegio alguno y sí, en cambio,
han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me falta dar las
gracias, desde el fondo de mi corazón, y hacer públicamente, en
señal personal de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad
que cada verdadero artista se hace a sí mismo, silenciosamente,
todos los día

Para coronar: un fragmento de La peste:

La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera. En el primer momento no hizo más que apartar hacia un lado el animal y bajar sin preocuparse. Pero cuando llegó a la calle, se le ocurrió la idea de que aquella rata no debía quedar allí y volvió sobre sus pasos para advertir al portero. Ante la reacción del viejo Michel, vio más claro lo que su hallazgo tenía de insólito. La presencia de aquella rata muerta le había parecido únicamente extraña, mientras que para el portero constituía un verdadero escándalo. La posición del portero era categórica: en la casa no había ratas. El doctor tuvo que afirmarle que había una en el descansillo del primer piso, aparentemente muerta: la convicción de Michel quedó intacta. En la casa no había ratas; por lo tanto, alguien tenía que haberla traído de afuera. Así, pues, se trataba de una broma.

Aquella misma tarde Bernard Rieux estaba en el pasillo del inmueble, buscando sus llaves antes de subir a su piso, cuando vio surgir del fondo oscuro del corredor una rata de gran tamaño con el pelaje mojado, que andaba torpemente. El animal se detuvo, pareció buscar el equilibrio, echó a correr hacia el doctor, se detuvo otra vez, dio una vuelta sobre sí mismo lanzando un pequeño grito y cayó al fin, echando sangre por el hocico entreabierto. El doctor lo contempló un momento y subió a su casa. No era en la rata en lo que pensaba. Aquella sangre arrojada le llevaba de nuevo a su preocupación. Su mujer, enferma desde hacía un año, iba a partir al día siguiente para un lugar de montaña. La encontró acostada en su cuarto, como le tenía mandado. Así se preparaba para el esfuerzo del viaje. Le sonrió.

—Me siento muy bien —le dijo.

El doctor miró aquel rostro vuelto hacia él a la luz de la lámpara de cabecera. Para Rieux, esa cara, a pesar de sus treinta años y del sello de la enfermedad, era siempre la de la juventud; a causa, posiblemente, de la sonrisa que disipaba todo el resto.

—Duerme, si puedes —le dijo—. La enfermera vendrá a las once y os llevaré al tren a las doce.

La besó en la frente ligeramente húmeda. La sonrisa le acompañó hasta la puerta.

Al día siguiente, 17 de abril, a las ocho, el portero detuvo al doctor cuando salía, para decirle que algún bromista de mal género había puesto tres ratas muertas en medio del corredor.

Debían haberlas cogido con trampas muy fuertes, porque estaban llenas de sangre. El portero había permanecido largo rato a la puerta, con las ratas colgando por las patas, a la espera de que los culpables se delatasen con alguna burla. Pero no pasó nada.

Rieux, intrigado, se decidió a comenzar sus visitas por los barrios extremos, donde habitaban sus clientes más pobres. Las basuras se recogían por allí tarde y el auto, a lo largo de las calles rectas y polvorientas de aquel barrio, rozaba las latas de detritos dejadas al borde de las aceras. En una calle llegó a contar una docena de ratas tiradas sobre los restos de las legumbres y trapos sucios.

Encontró a su primer enfermo en la cama, en una habitación que daba a la calle y que le servía al mismo tiempo de alcoba y de comedor. Era un viejo español de rostro duro y estragado. Tenía junto a él, sobre la colcha, dos cazuelas llenas de garbanzos. En el momento en que llegaba el doctor, el enfermo, medio incorporado en su lecho, se echaba hacia atrás esforzándose en su respiración pedregosa de viejo asmático. Su mujer trajo una palangana.

—Doctor —dijo, mientras le ponían la inyección—, ¿ha visto usted cómo salen?

—Sí —dijo la mujer—, el vecino ha recogido tres.

—Salen muchas, se las ve en todos los basureros, ¡es el hambre!

Rieux comprobó en seguida que todo el barrio hablaba de las ratas. Cuando terminó sus visitas se volvió a casa.

—Arriba hay un telegrama para usted -le dijo el viejo Michel.

El doctor le preguntó si había visto más ratas.

—¡Ah!, no —dijo el portero—, estoy al acecho y esos cochinos no se atreven.

El telegrama anunciaba a Rieux la llegada de su madre al día siguiente. Venía a ocuparse del hogar mientras durase la ausencia de la enferma. Cuando el doctor entró en su casa, la enfermera había llegado ya. Rieux vio a su mujer levantada, en traje de viaje, con colorete en las mejillas. Le sonrió.

—Está bien —le dijo—, muy bien.

Poco después, en la estación, la instaló en el wagon-lit. Ella se quedó mirando el compartimiento.

—Todo esto es muy caro para nosotros, ¿no?

—Es necesario -dijo Rieux.

—¿Qué historia es esa de las ratas?

—No sé, es cosa muy curiosa. Ya pasará.

Después le dijo muy apresuradamente que tenía que perdonarle por no haberla cuidado más; la había tenido muy abandonada. Ella movía la cabeza como pidiéndole que se callase, pero él añadió:

—Cuando vuelvas todo saldrá mejor. Tenemos que recomenzar.

—Sí -dijo ella, con los ojos brillantes-, recomenzaremos.

Después se volvió para el otro lado y se puso a mirar por el cristal. En el andén las gentes se apresuraban y se atropellaban. El silbido de la locomotora llegó hasta ellos. La llamó por su nombre y, cuando se volvió, vio que tenía la cara cubierta de lágrimas.

—No —le dijo dulcemente.

Bajo las lágrimas, la sonrisa volvió, un poco crispada. Respiró profundamente.

—Vete, todo saldrá bien.

La apretó contra su pecho y, ya en el andén, del otro lado del cristal, no vio más que su sonrisa.

—Por favor —le dijo—, cuídate mucho.

Pero ella ya no podía oírle.



1958.  Borís Pasternak

Sin lugar a dudas Doctor Zhivago (cuya historia transcurre durante la revolución rusa y plantea una historia de amor y desencuentro, además de algunos condimentos vinculados con la falta de escrúpulos de algunos personajes) es la obra más conocida de este escritor y la razón por la cual la Academia otorgara el premio de acuerdo con el siguiente argumento:  «por su importante logro tanto en la poesía lírica contemporánea como en el campo de las grandiosas tradiciones épicas rusas».

Pese a que esta obra tiene una versión cinematográfica y que otros textos del autor han sido conocidos y traducidos (Melodía interrumpida, Mi hermana la vida) y considerando además su desarrollo como poeta, Pasternak debió renunciar al Premio Nobel debido a la censura soviética: primero prohibieron su publicación, luego (cuando se publicó fuera de Rusia y el ya otras veces nominado escritor fue premiado con el Nobel) lo amenazaron con no poder regresar a su país si viajaba a Oslo a recibir su premio. Sólo en 1989 su hijo (Pasternak había fallecido dos años después de recibir el premio) pudo ir a Noruega a retirar el galardón de su padre. Hay que mencionar que, antes de que Pasternak tomara la decisión mencionada, tanto desde el ámbito ruso como desde el estadounidense se quiso hacer uso de esta obra como una especie de manual de traiciones/arma cultural contra los soviéticos que de todos modos no dejó en sombras su valoración estética.

Veamos al otro Pasternak, al  poeta. (Ya nos ocuparemos de trabajar la obra cuestionada para entender por qué se la consideró un acto de traición al mismo tiempo que parte de la tradición épica rusa.)

Cae la nieve

Cae y cae la nieve.
Hacia las estrellitas blancas
Que la tormenta lleva aquí y allá, se extienden
Las flores del geranio en la ventana.

Cae la nieve y todo se extravía,
Todo levanta vuelo,
La curva de la esquina,
Una escalera de peldaños negros.

Cae y cae la nieve. No parecen
Copos, sino que sobre los remiendos
De una capa a la tierra descendiese
Lentamente la cúpula del cielo.

Como si con los gestos de algún extravagante,
Desde el piso de arriba,
Sigiloso, jugando a la escondida,
Bajara el cielo desde la buhardilla.

Porque la vida no espera. Un instante,
Y ya es la víspera de Nochebuena.
Luego, un breve paréntesis, y observa:
El año nuevo que de pronto llega.

Cae la nieve, densa, densa,
¿Y con su andar, sobre sus huellas,
Al mismo ritmo, con esa indolencia
O con la misma prisa con que nieva
Es el tiempo que vuela?

¿Tal vez un año a otro año sobreviene
Como cae la nieve
O como las palabras de un poema?

Cae y cae la nieve,
Cae la nieve y todo se extravía,
El peatón que encanece,
Las plantas sorprendidas,
La curva de una esquina.



1959. Salvatore Quasimodo

Poeta y periodista italiano. En los círculos literarios su nombre suena mucho más que entre los lectores de variadas edades y nacionalidades. En el año en que se lo premió por Erato y Apolión el argumento fue «por su poesía lírica, que con un fuego clásico expresa la trágica experiencia de vida en nuestros tiempos».

No son muchas las obras que aparecen traducidas al español en la actualidad. Se lo vincula a una tendencia estética, el hermetismo, de la cual no hay en la actualidad muchos referentes.

 

A UN POETA ENEMIGO  

Sobre la arena de Gela color de la paja

me tendía de niño a la orilla del mar

antiguo de Grecia con muchos sueños en los puños

apretados y en el pecho. Allí Esquilo exiliado

midió versos y pasos desconsolados,

en aquel golfo árido el águila lo vio

y fue el último día. Hombre del Norte, que me quieres

mínimo o muerto para tu paz, espera:

la madre de mi padre tendrá cien años

en la nueva primavera. Espera: que yo mañana

no juegue con tu cráneo amarillo por las lluvias.

Y DE PRONTO ANOCHECE

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.

EN LAS FRONDAS DE LOS SAUCES

¿Y cómo podíamos cantar
con el pie extranjero sobre el corazón,
entre los muertos abandonados en las plazas
sobre la hierba dura de hielo, ante el lamento
de cordero de los niños, ante el alarido negro
de la madre que iba hacia su hijo
crucificado en el poste del telégrafo?
En las frondas de los sauces, como ex votos,
también nuestras liras estaban colgadas,
oscilaban leves bajo el triste viento.



1960. Saint-John Perse

Seudónimo de Marie-René-Alexis Saint-Leger Leger, nacido en la isla americana de Guadalupe durante la época en que estaba bajo dominio francés (colonia).  Fue también diplomático. A diferencia de otros escritores mencionados inclusive en estas reseñas que,  habiendo nacido en un lugar fueron educados bajo formación inglesa o francesa o de otra nacionalidad, conservaron rasgos de su cultura nativa Saint-John Perse parece haber abrazado su identidad francesa.

La mayoría de sus obras han sido traducidas a otros idiomas europeos pero en pocos casos han sido múltiples o populares las traducciones al español. La obra por la que se lo premió, por ejemplo, Pájaros, tiene su versión más conocida en italiano. Según la Academia sueca el galardón lo obtiene  «por el vuelo al alza y las imágenes evocadoras de su poesía que, en un aspecto visionario, refleja las condiciones de nuestros tiempos».

El libro


Y qué queja entonces en boca del lar, una noche
de largas lluvias en marcha hacia la ciudad, removía
en tu corazón el oscuro nacimiento del lenguaje:
“…De un luminoso exilio -y más lejano ya que la rodante tempestad
-¿cómo guardar las vías, ¡oh Señor!, que me habíais entregado?
“…¿Sólo me dejarás esta confusión de la noche,
después de haberme, en un tan largo día, nutrido con la sal de tu soledad,
“testigo de tus silencios, de tu sombra y de tus grandes gritos? ”

-Así te quejabas, en la confusión de la noche.
Pero bajo la oscura ventana, ante el lienzo de muro frontero,
cuando no podías resucitar el esplendor perdido,
abriendo el Libro,
paseabas un desgastado dedo por sobre las profecías,
y luego, fija la mirada en el espacio, esperabas el instante de la partida,
el levantarse del gran viento que te desellaría de un golpe,
como un tifón, partiendo las nubes ante la espera de tus ojos.