1961-1970

 

1961. Ivo Andrić

Asociación cultural hispano-serbia En este link se accede a una biografía detallada del escritor y una página correspondiente a una asociación que lo homenajea. Para esta reseña interesa señalar su nacionalidad: yugoeslavo y ciertos títulos representativos dentro de su obra: Un puente sobre el Drina, Crónica de Travik, Café Titanic y otras historias, entre otros. Si bien muchos destacan las características de la primera obra que mencionamos, aquella que parece haber llamado la atención en relación con el Nobel es Ex-Ponto («por la fuerza épica con la que ha trazado temas y representado destinos humanos extraídos de la historia de su país»).

Rescato algunas citas que se recogen en Citas.in

„No hay edificios que se hayan construido por casualidad, alejados de la sociedad humana donde han crecido y sus necesidades, esperanzas y comprensiones, incluso si no hay líneas arbitrarias y formas sin motivos en el trabajo de los albañiles. La vida y la existencia de cada gran, hermoso y útil edificio, así como su relación con el lugar donde se ha construido, a menudo conlleva un drama y una historia complejos y misteriosos “.

“Si las personas supieran cuán poco cerebro gobierna el mundo, morirían de miedo”.

„Entre el miedo a que algo suceda y la esperanza de que aún no suceda, hay mucho más espacio de lo que uno piensa. En ese espacio estrecho, duro, desnudo y oscuro, muchos de nosotros pasamos sus vidas “.

„¿Qué hace tu dolor mientras duermes? -Está despierto y esperando. Y cuando pierde la paciencia, me despierta “.

“Para un hombre lleno de un gran amor verdadero y desinteresado, incluso si es solo de un lado, hay horizontes abiertos, posibilidades y caminos que están cerrados y desconocidos para tantos hombres inteligentes, ambiciosos y egoístas”.

„De todo lo que el hombre erige y construye en su impulso de vivir, nada es mejor para mí y más valioso que los puentes. Son más importantes que las casas, más sagradas que los santuarios. Perteneciente a todos y ser igual a todos, útil, siempre construido con un sentido, en el lugar donde se cruzan la mayoría de las necesidades humanas, son más duraderos que otros edificios y no sirven para nada secreto o malo “.

„La gente se dividió entre los perseguidos y los que los perseguían. Esa bestia salvaje, que vive en el hombre y no se atreve a mostrarse hasta que se hayan eliminado las barreras de la ley y la costumbre, ahora fue liberada. Se dio la señal, las barreras estaban abajo. Como ha sucedido tantas veces en la historia del hombre, se concedió permiso tácitamente para actos de violencia y saqueo, incluso para asesinatos, si se llevaban a cabo en nombre de intereses superiores, de acuerdo con las reglas establecidas, y contra un número limitado de hombres. de un tipo y creencia particular. Un hombre que veía con claridad y con los ojos abiertos y que vivía entonces podía ver cómo se produjo este milagro y cómo se podía transformar toda la sociedad en un solo día.

“Cada vez que un gobierno siente la necesidad de prometer paz y prosperidad a sus ciudadanos mediante una proclamación, es hora de estar en guardia y esperar lo contrario”.



1962. John Steinbeck

Datos curiosos acerca de John Steinbeck La entrada del blog remite a algunas ce las curiosidades en relación con este Premio Nobel estadounidense, entre las cuales (además de incorporar su discurso en la recepción del galardón) cito lo siguiente:

Las adaptaciones de las obras de John Steinbeck a la gran pantalla, han recibido casi 30 nominaciones al Oscar (y han vencido 4 veces). Las Uvas de la Ira (1940) hizo a John Ford merecedor del Oscar a Mejor Director, y a Jane Darwell del premio a Mejor actriz de reparto. Anthony Quinn ganó un Oscar por su actuación como Mejor actor de reparto en Viva, Zapata!, y Jo Van Fleet ganó el mismo premio en la categoría femenina por su rol en Al Este del Edén (1955).

En el dictamen se señala en especial su obra Las uvas de la ira y se indica que es merecedor de la distinción «por sus escritos realistas e imaginativos, combinados de tal forma que incorporan un humor simpático así como una percepción social entusiasta».



1963. Yorgos Seferis

Poeta, ensayista y diplomático griego, el primero de esa nacionalidad que obtuvo este premio. Entre sus obras destacadas y en especial en relación con la recepción del galardón, se menciona El zorzal  haciendo referencia a través de ella a que el autor se destacó «por sus escritos líricos eminentes, inspirados por un sentimiento profundo por el universo cultural helénico».

El hacedor de sueños

De este blog tomo tres de los poemas del escritor griego, uno de los cuatro más destacados junto con Elitis, Ritsos y Cavafis:

NEGACIÓN
En la playa escondida
y blanca como paloma
tuvimos sed un mediodía
pero el agua era salada.
En la arena dorada
escribimos su nombre;
suave sopló la brisa
y la letra se borró.
Con qué coraje, con qué aliento,
con qué deseos y pasión
tomamos nuestra vida: ¡qué error!
y la vida tuvimos que cambiar.
EN LAS GRUTAS DEL MAR
En las grutas del mar
hay una sed, hay un amor,
hay un embeleso
sustancias sólidas todo como las conchas
que puedes tenerlas en tu mano.
En las grutas del mar
te miraba a los ojos días enteros:
yo no te conocía ni tú me conocías.
EL JAZMÍN
Anochezca
o haya luz
blanco se queda
el jazmín.


1964. Jean-Paul Sartre 

Hay dos cuestiones para tener en cuenta cuando se habla de Sartre, más allá de un postura política. La primera: aunque también fue novelista y dramaturgo, la faceta que ejercía como eje conductor de su pensamiento era la filosofía; la segunda: derivada de la anterior, cada vez que uno lee obras de Sartre se acerca a una experiencia que concreta las especulaciones e hipótesis que se realizan desde las hipótesis filosóficas.

En palabras de Claudia Gómez Molina: “Si bien sus obras filosóficas exponen la teoría, las obras literarias permiten captar en qué consiste su pensamiento llevado a la experiencia. Entre estas obras, El ser y la nada sobresale como la base de su pensamiento filosófico”.  (7 obras esenciales de J. P. Sartre/). Precisamente esta obra fue la que la Academia consideró como fundamental para la premiación señalando el valor de su autor «por su obra que, rica en ideas y llena del espíritu de libertad y la búsqueda de la verdad, ha ejercido una influencia de gran alcance en nuestra época». Otros escritos reconocidos del autor: El ser y la nada, El existencialismo es un humanismo, La náusea, Los caminos de la libertad, Las moscas, A puerta cerrada.

Otra cuestión polémica en torno a Sartre se relaciona con el hecho de que rechazó el Premio Nobel. A continuación, segmentos de la carta en la que explica sus motivos para declinar el galardón, tema que ha sido de amplia discusión durante más de una década. A continuación de la cita, un link  en el que, además de esta carta, aparece una explicación posterior de Sartre en relación con su idea acerca del Premio Nobel y su propia necesidad de sentirse independiente de instituciones para poder mantener la fidelidad y el compromiso con su pensamiento:

 

«Todo esto es el mundo del dinero y las relaciones con el dinero son siempre falsas»»¿Por qué rechacé ese premio? Porque estimo que desde hace cierto tiempo tiene un color político.

Si hubiera aceptado el Nobel – y aunque hubiera hecho un discurso insolente en Estocolmo, lo que hubiera sido absurdo – habría sido recuperado. Si hubiera sido miembro de un partido, del partido comunista, por ejemplo, la situación hubiera sido diferente. Indirectamente hubiera sido a mi partido que el premio habría sido discernido; es a él, en todo caso, que hubiera podido servir. Pero cuando se trata de un hombre aislado, aunque tenga opiniones «extremistas» se lo recupera necesariamente de un cierto modo, coronándolo. Es una manera de decir: «Finalmente es de los nuestros». Yo no podía aceptar eso.

La mayoría de los diarios me han atribuido razones personales: estaría herido porque Camus lo había obtenido antes que yo…tendría miedo que Simone de Beauvoir se sintiera celosa, a lo mejor era un alma bella que rechazaba todos los honores por orgullo. Tengo una respuesta muy simple: si tuviéramos un gobierno de Frente Popular y que me hubiera hecho el honor de discernirme un premio, lo habría aceptado con placer. No pienso para nada que los escritores deban ser caballeros solitarios, por el contrario. Pero no deben meterse en un avispero.

Lo que más me ha molestado en este asunto son las cartas de los pobres. Los pobres para mí son las personas que no tienen dinero pero que están suficientemente mistificadas para aceptar el mundo tal cual es. Esa gente forma legión. Me han escrito cartas dolorosas: «Deme a mí el dinero que rechaza».

En el fondo lo que escandaliza es que ese dinero no haya sido gastado. Cuando Mauriac escribe en su agenda: «Yo lo hubiera usado para arreglar mi cuarto de baño y el cerco de mi parque», es un maligno: sabe que no provocará ningún escándalo. Si hubiera distribuido ese dinero habría chocado más a la gente. Rechazarlo es inadmisible. Un norteamericano ha escrito: «Si me dan 100 dólares y los rechazo, no soy un hombre». Y además está la idea de que un escritor no merece ese dinero. El escritor es un personaje sospechoso. No trabaja, gana dinero y puede ser recibido, si lo quiere, por un rey de Suecia. Eso ya es escandaloso. Si además rechaza el dinero que no ha merecido, es el colmo. Se considera natural que un banquero tenga dinero y no lo dé. Pero que un escritor pueda rechazarlo, eso no pasa.

Todo esto es el mundo del dinero y las relaciones con el dinero son siempre falsas. Rechazo 26 millones y me lo reprochan, pero al mismo tiempo me explican que mis libros se venderán más porque la gente va a decirse: «¿Quién es este atropellado que escupe sobre semejante suma?». Mi gesto va pues a reportarme dinero. Es absurdo pero no puedo hacer nada. La paradoja es que rechazando el premio no he hecho nada. Aceptándolo hubiera hecho algo, que me habría dejado recuperar por el sistema». (Sartre y el rechazo del Nobel: motivos/)



1965. Mijaíl Shólojov

Novelista soviético, político, miembro del Partido Comunista. Entre sus obras más conocidas, traducidas en su mayoría a 30 idiomas (Campos roturados, El destino de un hombre, Cuentos del Don, El Don apacible) la Academia seleccionó este último «por el poder la integridad artísticos con los que, en su epopeya del Don, ha dado expresión a una fase histórica en la vida del pueblo ruso».

El destino de un hombre y Sangre extraña Los cuentos mencionados en el link están en el sitio de Ciudad Seva (https://ciudadseva.com/)

La siguiente frase es una de las que más se recuerda de este autor:

La vida dicta a los hombres sus leyes, que no están escritas en parte alguna.



1966. Shmuel Yosef Agnón

Escritor israelí: cuentista, novelista y antólogo de historias israelíes. Su nombre de nacimiento: Shmuel Yosef Czaczkes; nombre en hebreo: שמואל יוסף עגנון.

Exceptuando Huésped para una noche, no he encontrado datos de traducciones de otros de sus títulos: Only Yesterday, In the Heart of Seas, Ir Uneloah, Tale of the Goat. Recién después de una segunda búsqueda aparece en castellano el nombre de la obra El ajuar de la novia, aquella que supuestamente le vale el otorgamiento del Nobel  «por su arte profundamente narrativo con tópicos característicos de la vida del pueblo judío».

De acuerdo con las referencias de un portal El ajuar de la novia es una historia épica ambientada a comienzos del siglo XIX inspirada en uno de tantos viajes a Polonia, en la que se entremezclan personajes populares, héroes atrevidos y personas de mala suerte”, así como también se señala que Huésped para una noche está vinculada con el ocaso del judaísmo en Europa del Este: “su protagonista visita su pueblo natal y descubre los cambios ocurridos desde la Primera Guerra Mundial”

“La orquesta” (Comunidad judía de Asturiasen esta fuente encontré el cuento que aporto a continuación)

«Durante todo el año estuve completamente ocupado. Cada día desde la mañana temprano hasta la medianoche, solía estar frente a mi mesa de trabajo escribiendo. A veces por pura costumbre, a veces por influencia de la inspiración, que en lo recóndito del alma solemos llamar «el espíritu divino». Por ese motivo perdí el interés por todos mis otros asuntos. Y si los conservaba en la memoria era sólo para postergarlos.
Pero puesto que la víspera de Rosh Hashaná se acercaba, me dije, un nuevo año ya está aquí y he dejado muchísimas cartas sin su respuesta; me sentaré y las contestaré e ingresaré en el nuevo año sin deudas.
Tal como suelo hacer todos los días, también obré en ese día. Sólo que todos los días suelo levantarme al amanecer y en ese día me levanté a las tres de la mañana, dado que es sabido que para SELIJOT tenemos un pacto para levantarnos muy de madrugada, mucho antes que cualquiera otra noche.
Antes de ocuparme de las cartas me dije, comienza un nuevo año y lo que corresponde es comenzarlo purificado. Y puesto que las horas no me alcanzan para ir y purificarme en el río, (por las cartas), voy a darme un baño de inmersión.
En ese momento llegó Tcharni a mi casa, la anciana que me recordaba orgullosa que había trabajado ayudando en los quehaceres en casa de mis mayores aún antes que yo naciera. Me dijo Tcharni: «Tu mujer está ocupada preparando la festividad y tu la cargas con más trabajo. Ven a nuestra casa y yo te prepararé un baño caliente».
Me pareció un buen consejo. Como tengo que visitar al peluquero para cortarme el pelo para Rosh Hashaná, en el camino a la peluquería, iré y me bañaré.
Revisé las cartas y reflexioné acerca de cuáles son las que deben ser respondidas primero. Dado que son muchas y el tiempo es exiguo y es imposible responder en un día aquello que las personas escribieron durante todo un año, elegiré primero las más importantes de entre ellas, luego me ocuparé de las intermedias y por último de las de menor importancia.
Mientras estaba haciendo esto, me surgió la idea de deshacerme de las cartas irrelevantes para poder estar mejor dispuesto y responder a las cartas importantes.
La vía de lo irrelevante es entorpecer y dado que es irrelevante y no hay nada importante, es difícil sobreponerse. Pero si hubiera algún indicio de importancia en alguna carta, el tema es descubrir qué escribió el autor y qué respuesta quiere obtener.
En cuanto descubrí que no tenía nada para responder, aumentaba mi interés por responder, puesto que si las dejaba sin respuesta pesarían sobre mi conciencia y por el sólo hecho de existir me llevarían a pensamientos vanos.
Tomé mi pluma para escribir y no logré nada. ¡Qué extraño! Todo el año solía escribir sin esfuerzo y ahora que debía escribir dos o tres líneas con algún sentido, mi pluma no responde.
Dejé esta carta y tomé una carta diferente. Esta carta no era una carta sino una tarjeta para asistir a un concierto, que iba a dirigir el Rey de los músicos. Escuché decir que todo aquel que lo escucha, su mente se clarifica. Es el caso de una persona que solía ir a los conciertos pero no comprendía nada, y por lo tanto dedujo que no sabría de música. Hasta que una vez acertó a concurrir a un concierto de este director. Entonces se dijo: «Ahora sé que entiendo de música, sólo que quienes no entendían de música eran los músicos a cuyos conciertos yo asistía.»
Tomé la tarjeta para el concierto y la introduje en mi bolsillo. Las vísperas de fiesta siempre son cortas. A veces por si mismas, otras por lo que implica la preparación de la festividad.
Mucho más la víspera de Rosh Hashaná, que reúne ambos motivos ya que supone también la preparación para el Día del Juicio.
No logré responder a ninguna de las cartas hasta llegado el mediodía. Abandoné las cartas y me dije, lo que no alcanzaste a hacer antes de Rosh Hashaná no lo lograrás de aquí a Iom Kipur. Bueno, hubiera sido ingresar al año nuevo sin deudas pendientes, pero ¿qué hacer? A cartas irrelevantes; no me enseñaron a responder!
Me paré y caminé hasta la casa de mi vieja Tcharni a tomar el baño previo a la fiesta, dado que me lo preparó con aguas calientes. Cuando llegué a la casa, encontré la puerta cerrada. Rodeé la casa varias veces y cada vez que llegaba a la puerta me paraba y golpeaba. Pispeó entonces una vecina por las rendijas de la persiana y dijo: «¿Buscas a Tcharni? Fue hasta el mercado a comprar un fruto para la bendición de Sheejeianu».
Seguí dando vueltas a la casa hasta que Tcharni regresó. Lo justo hubiera sido que la anciana se disculpara ante mí, dado que tuve que esperarla y robó de mi tiempo. Pero ella no sólo no se disculpó ante mí, sino que además no paraba de hablar, sin casi tomarme en cuenta y contaba de una granada que aún madura, sus semillas no se desprendían.
Desde la torre de la Casa de las Naciones se escucharon de pronto tres voces. Miré el reloj y comprobé que se habían ido ya tres horas. Todos los días mi reloj difiere del de la Casa de las Naciones, pero hoy hizo paces con él. Y casi pareciera que el cielo se puso de acuerdo hoy con él.
¿Tanto tardé en mi camino? ¿Tanto me retrasé rodeando la casa? Así se fueron tres horas y para la llegada de Rosh Hashaná me quedan escasamente dos horas y media. Y esta anciana que sigue aún parada, hablando de la granada que madura sus semillas y que, aún no se desprenden de ella!
La interrumpí y le pregunté: «¿Preparaste el baño para mí? ¿Se calentaron ya las aguas?». Dejó Tcharni su bolsa y gritó: «¡D’s mío! Te había prometido el baño». Le dije: «¿Y no me lo hiciste?». Me respondió: «No lo hice, pero ahora te lo preparo». Apúrate Tcharni, apúrate.
¡El día no se detiene! Sacudió su dedo delante de mí y dijo: «¿Tu me apuras a mí? Sé bien que el tiempo no se detiene y tampoco yo lo haré. Ya entro, enciendo el fuego, caliento las aguas y pronto delante de ti tendrás una bañera humeante.»
Salí y paseé delante de la casa hasta que se calentaran las aguas. Pasó delante de mí el viejo abogado. Recordé entonces que tenía algo que preguntarle, pero temí que navegáramos entre palabras y no alcanzara a purificarme antes de la fiesta, ya que este abogado cuando se le consulta no lo abandona a uno. Pospuse mi pregunta para otro momento.
Para tranquilizarme volví a tomar esa tarjeta de mi bolsillo y vi que el concierto sería precisamente la primera noche de Rosh Hashaná. Extraño, yo que no soy de ir a conciertos, soy invitado a éste, precisamente la primera noche de Rosh Hashaná.
Volví a guardar la tarjeta y seguí paseando delante de la casa. Llegó entonces Hora la pequeña, mi pariente. Su voz suena dulce como el violín y toda ella es como un violín al cual el ejecutante lo acercó a una pared rota y esta cayó sobre el instrumento. Alcé mis ojos y vi su alma entristecida, le dije: «¿De dónde y hacia dónde Hora? Pareces una rama sedienta que fue por agua y no la halló.» Me dijo Hora: «¡Me voy de aquí!» Le pregunté: «¿Por qué te vas, cuál es el motivo? Todos tus días pediste de ver al director de orquesta famoso, y ahora que él llegó hasta aquí para dirigir nuestra orquesta, ¡tu te vas!». Lloró Hora aún más fuerte. «Tío, no tengo tarjeta para ese concierto». Sonreí cariñosamente y le dije: «Déjame, secaré tus lágrimas». La miré con ternura y pensé, suerte que tengo en mis manos la posibilidad de colmar el deseo de esta hermosa muchacha, que de todos los sonidos de este mundo, puede escuchar la música y de todos los directores del mundo desea escuchar precisamente a éste, que esta noche dirigirá al gran coro.
Puse la mano en mi bolsillo para tomar la tarjeta y dársela a Hora. Y volví a sonreír satisfecho como aquel que puede hacer el bien. Pero Hora no entendió mi pensamiento, se colgó de mi cuello y me besó tiernamente. De pronto olvidé qué es lo que quería y no le di a Hora su tarjeta.
Todavía aturdido por la situación, llegó Tcharni y me llamó. La estufa ardía en el baño humeante y las aguas saltaban y se elevaban hacia mí. Sin embargo, carecía de fuerzas para bañarme. Tampoco contaba con el tiempo necesario. Le dije a mi hermano: «Toma el baño por mí, soy un hombre débil y si me baño en aguas tan calientes necesitaría descansar luego y el tiempo ya no alcanza».
Dejé el baño y me encaminé a casa. Para que mi camino sea ágil , me quité el sombrero y lo llevé en la mano. Cambió el viento y me arremolinó el cabello. ¿Dónde estaba mi cabeza? Mientras esperaba el baño hubiera podido ir a lo del peluquero.
Levanté mis ojos y miré hacia el cielo. El sol estaba ya a punto de desaparecer. Fui hasta mi casa y mi cabeza, por suerte ya la sentía sobre mí.
Salió mi hija a recibirme, vestida de fiesta, alargó su dedo hasta el abismo celeste y dijo: «¡Luz! (Pensé que me está diciendo que el sol ya se puso y no dejó tras de sí señal alguna de luz. O tal vez, se refería a la vela encendida en honor a la fiesta).
Vi las velas y dije: «Ya se santificó el día, debo apurarme hacia la sinagoga». Miró mi hija mis viejas ropas y apoyó sus manos sobre el vestido nuevo para cubrirlo y así no avergonzar a su padre viejamente vestido. Sus ojos estaban cercanos a las lágrimas ya que vestía un vestido nuevo y su padre vestidos viejos, y por su padre que viste así a la hora en que el año nuevo llega.
Después de la comida nocturna salí. El cielo estaba negro, y la infinidad de estrellas brillaban en él e iluminaban la oscuridad. Ningún hombre se hallaba fuera y todas las casas estaban sumidas en el sueño, y hasta yo comencé a sumirme en el sueño.
Sólo que este sueño no era realmente sueño, sentía que mis piernas comenzaban a llevarme y así caminaba, hasta que llegué a un lugar y escuché la voz de una canción. Supe que había llegado a la sala de conciertos.
Tomé la tarjeta y entré. La sala estaba completa. Violinistas y violines, percusionistas y timbales, trompetistas y todos los ejecutantes de pie vestidos de negro tocaban sin interrupción. El gran director no se veía en el recinto, pero los músicos tocaban como si la batuta del gran director los estuviera dirigiendo.
Los músicos eran todos conocidos y reconocidos por mí de cada lugar donde había vivido. ¿Cómo era posible que todos mis conocidos y conocidas fueran convocados a un mismo lugar y en un solo coro?
Tomé un espacio, me senté y observé. Cada músico tocaba para sí mismo. En lo elevado de la melodía se unían en una sola canción. Y cada uno de los ejecutantes estaba atado a su instrumento y estos a la vez al piso del gran salón, y creían que sólo ellos permanecían así y se avergonzaban de pedir al compañero que lo liberase, o probablemente sabían que estaban unidos entre sí y a la vez a la tierra. Pero sus instrumentos unidos sonaban también por propia voluntad.
En el momento culminante, a pesar de posarse sus ojos sobre los instrumentos, no veían lo que sus manos hacían dado que todos, cual uno, se escuchaban. Y parecíame que sus oídos tampoco escuchaban ya que de tanto tocar ensordecieron.
Me despegué de mi asiento y me arrastré hasta la puerta. La puerta estaba abierta y un hombre que a mi entrada no vi, permanecía al lado de ella. Era parecido a cualquier portero, aunque tenía algo de aquel abogado que cuando uno se dirige a ellos tiene la sensación de que no va a poder despegarse. Le dije: «Quiero salir». Tomó mis palabras, las puso dentro de su boca y me respondió con el sonido de mi propia voz: «¿Salir? ¿por qué? Le dije: «Preparé mi baño y quiero llegar antes de que se enfríe». Me respondió una voz que hubiera atemorizado a un hombre aún más fuerte que yo: «¡Arde, aún arde! Además tu hermano ya lo tomó». Le respondí como disculpándome: «Estuve muy ocupado con mis cartas y no pude tomar mi baño».
Me dijo: «¿En qué cartas estuviste ocupado?» Saqué una y se la mostré. Gritó «¡Yo te la mandé!». «Precisamente quería responderte», le dije. Me miró y preguntó: ¿Qué querías responderme?» Se escondieron mis palabras por culpa de su voz y se cerraron mis ojos y comencé a palpar el aire con mis manos; de pronto me encontré parado delante de mi casa. Salió mi hija, «¿Te acerco una vela, padre? Le dije: ¿Crees que la vela podría alumbrar mi oscuridad?».
Fue y la trajo; salió una llamarada de la estufa y ardió a su alrededor. Una mujer parada delante de la estufa seguía echando leños al fuego y el humo no pude mirar. No sé si era Tcharni, la anciana, la que estaba parada frente a la estufa o era la joven Hora la que azuzaba el fuego.
Se apoderó de mi el terror y quedé como atado a la tierra, se entristeció mi alma, ya que a la hora en que todos dormían un sueño anciano, yo permanecía despierto. Aunque no sólo yo estaba despierto, sino también las estrellas en el cielo. Y a la luz de esas estrellas vi lo que vi, pero como mi alma estaba deprimida, se escondieron todas las palabras en mi boca.»



1966. Nelly Sachs

Dos autores premiados en 1966. Una paradoja o una jugada del destino: Shmuel Yosef Agnón, escritor judío en lengua hebrea educado en el imperio austro-húngaro; Nelly Sachs, autora alemana proveniente de una familia judía y con varios rasgos en su literatura que la vinculan con las tradiciones hebreas, el exilio, la tradición. Por cierto, la primera mujer judía en obtener el premio. Recurro a un sitio similar al que utilicé para el autor anterior puesto que se asienta en la mirada sobre las lecturas judías del siglo XX luego de las Guerras Mundiales:

Rescato en primer término este dato, por cierto nada irrelevante:

“La familia Sachs fue asesinada por el nazismo. Ella y su madre pudieron salir de Alemania porque la poetisa sueca SELMA LAGERLÖF (ganadora del Nobel de Literatura en 1909) le pidió al Príncipe Eugenio de Suecia que les diesen visados (a NELLY y a su madre) para irse a Suecia en 1940, cuando a los judíos ya no les era permitido irse sino a los campos de exterminio. Se dedicó primero al conocimiento intensivo del idioma sueco y luego a la traducción de la poesía local a otros idiomas, con lo que logrará la difusión de la poseía sueca por Europa después de la guerra. Por otra parte, siguió intensamente escribiendo y publicando”

(https://sites.google.com/site/puentedeaportes/literatura/escritores-en-lengua-alemana/nelly-sachs)

Algunas de sus obras:  Leyendas y Narraciones, libro dedicado a Selma Lagerlöf; En las moradas de la muerte; la antología Ola y Granito; Eclipse de la estrella; Eli, un Misterio sobre la Pasión de Israel; la antología También el sol es apátrida; Elegías a la muerte de mi madre; Nadie sabe más; Huida y Transformación; Sansón se cae a través de milenios. Es por Vivir bajo amenaza que resulta destacada con el premio.  Es esta la obra en donde describe la persecución a los judíos, la búsqueda de una Patria, la fuga y los últimos siete años que pasó en la Alemania hitleriana. En palabras de la Academia, el premio le corresponde por lo que se expone a continuación: “Con intenso y emotivo sentimiento, Nelly Sachs hizo oír al ancho mundo la voz del Pueblo Judío tras la terrible tragedia que lo afectó… ella ha expresado sus líricos lamentos con dolorosa belleza y en dramáticas leyendas… su simbólico lenguaje corporal combina con un inspirado idioma moderno con el retorno a la antigua poesía bíblica… Identificada plenamente con el misticismo ritual de su pueblo. La señora Sachs ha creado un mundo de imágenes que no esquiva la terrible realidad de los campos de exterminio ni la industrialización de cadáveres, pero al mismo tiempo eleva a los perseguidores, al revelar el genuino duelo de los hombres que se han deshonrado”

A pesar de los reconocimientos de su Alemania natal, la escritora decidió no regresar a ese país y concluyó sus días en Suecia.

EL CORO DE LOS HUÉRFANOS

Nosotros los huérfanos

Nos quejamos ante el mundo:

Alguien ha arrancado nuestra rama

Y la ha echado al fuego

Alguien ha hecho leña de nuestros protectores

Nosotros los huérfanos yacemos sobre campos de soledad

Nosotros los huérfanos

Nos quejamos ante el mundo:

En la noche nuestros padres juegan a las escondidas con nosotros-

Detrás de los pliegues negros de la noche

Nos miran sus rostros,

Dicen sus bocas:

Éramos madera seca en la mano de un leñador

Pero nuestros ojos se convierten en ojos de ángel

Y los contemplamos

A través de los pliegues negros de la noche

Por los que ellos parpadean

Nosotros los huérfanos

Nos quejamos ante el mundo:

Las piedras tienen rostro, rostro de padre y madre

Ellas no se marchitan como las flores, ellas no muerden como las fieras

Y ellas no arden como la madera seca, cuando alguien las arroja al horno

Nosotros los huérfanos, nos quejamos ante el mundo:

Mundo, por qué nos arrebataste a nuestras madres

Y los padres, responden: ¡Hijo mío tú te pareces a mí!

¡Nosotros huérfanos como nadie más sobre la tierra!

Oh mundo

¡Nosotros te acusamos!



1967. Miguel Ángel Asturias

A mi juicio, con este escritor latinoamericano comienza una etapa en la que el Nobel otorgado a autores latinoamericanos está muy vinculado, entre otras cuestiones, a la combinación de tres aspectos de las obras: relación con la cultura occidental (con una nueva mirada integradora de la cultura oriental olvidada durante algunos siglos), vinculación con las temáticas de las culturas originarias o nativas, compromiso político presente en el universo representado (no es lo mismo que compromiso partidario en todos los casos; acerca de esto ampliaré en otro momento).

Es por esto que he señalado y por el conocimiento de todo lo que involucra la lectura de la novela premiada: El señor Presidente, que resulta llamativo que se distinga a este escritor «por sus logros literarios vivos, fuertemente arraigados en los rasgos nacionales y las tradiciones de los pueblos indígenas de América Latina».

Las rupturas estilísticas de El señor Presidente: fragmentación del lenguaje, fuertes elipsis narrativas, representación de las experiencias de los personajes a través de otros recursos (ambiente, objetos, seres inanimados, sonidos) componen un universo particular que representa de otro modo un abordaje de una de las temáticas que en esta década atraviesan la cultura latinoamericana (en algunos casos también la de países fuera de la región, como el caso de España luego de la Guerra Civil Española, aunque con otro ritmo de exposición): la dictadura, la negación de la libertad en diferentes formas y aspectos, el encierro en uno mismo o en círculos minoritarios frente a la inseguridad de la actitud social colectiva (procedente o no del poder político).

Además de esta novela, otras obras del guatemalteco que dan cuenta de diferentes vetas de su escritura: Hombres de maíz, Leyendas de Guatemala, El árbol de la cruz.

Leyenda del volcán

Leyendas de Guatemala


Hubo en un siglo un día que
duró muchos siglos

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el río y sólo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.

Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas de maravillas.

Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles copiados en el río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.

Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el fondo del río sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el sol.

Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.

Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.

Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.

Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.

Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.

-¡Nido!…

Pió Monte en un Ave.

Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido.

Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosas a pescado femenina como dedo meñique.

A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos los bosques, las montañas, el río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil… ¡La Tierra de los Árboles!

Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.

Nido calmó a sus compañeros -extrañas plantas móviles-, que miraban sus retratos en el río sin poder hablar.

-¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual! ¡Nuestro natal!

La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.

Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto…

La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.

Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.

Dos montañas movían los párpados a un paso del río:

La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra.

Y la incendió.

La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con la uñas.

El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra tibia.

En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.

Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué largo escalofrío…!

Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.

Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazazos para abrirse campo.

Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas…

Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los peces en el río hirviente; las huellas de la aves en el espacio que alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse, las apagó.

Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro muchos siglos.

Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin crepúsculo ni aurora.

-Nido -le dijo el corazón-, al final de este camino…

Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.

Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.

Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el de un pan de culebra le llamaba una voz muy honda.

Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.

Anduvo y anduvo…

Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su nombre:

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor, y niño la trinidad le recibía. Y oyó:

¡Nido, quiero que me levantes un templo!

La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en la mano del santo y sonrisas en la boca del niño.

Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El Volcán apagaba sus entrañas -en su interior había llorado a cántaros la tierra lágrimas recogidas en un lago, y Nido, que era joven, después de un día que duró muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.

 



1968. Yasunari Kawabata

川端康成 es el nombre en japonés de este escritor. Entre sus obras se destacan algunas como: Mil grullas, El lago, País de nieve, El sonido de la montaña. La obra premiada, Lo bello y lo triste, representa para la Academia el valor de este autor  «por su maestría narrativa, que expresa con gran sensibilidad la esencia de la mente japonesa». Lo interesante es, quizás, lo que esta novela representa en el conjunto de la literatura de Kawabata: las dos caras, los dos aspectos, lo visible y lo invisible en el mundo, en nuestras vidas, en el ser humano (algo que recuerda, por otra parte, la doctrina del Ying y Yang puesto que no es uno o lo otro sino uno y lo otro). Mencionar que el escritor se quitó la vida no exalta ni desmerece su labor literaria (sólo me recuerda que este modo de muerte se vuelve muy recurrente en el siglo XX en varias sociedades y, por otra parte, es bastante frecuente por variados motivos en la sociedad japonesa).

El texto que he seleccionado en este caso (sin un conocimiento muy vasto de sus obras) ilustra un mundo de contraposiciones y hasta paradojas en el comportamiento del ser humano (o así lo creo, por lo menos):

Gracias


Sería un buen año para los caquis. El otoño en las montañas era hermoso.

La ciudad portuaria estaba en la punta meridional de la península. El chofer del ómnibus bajó del primer piso de la terminal a la sala de espera, donde se sucedían humildes puestos de venta de golosinas. Su uniforme amarillo tenía un cuello púrpura. Ahí adelante estaba estacionado el gran ómnibus rojo con una bandera púrpura.

La madre de la niña se puso de pie, apretando el papel de una bolsa con caramelos, y se dirigió al chofer que se arreglaba los cordones de los zapatos.

-¿Así que hoy es su turno? Si es usted quien la lle­va hasta allá, hay que agradecerlo, seguramente va a tener suerte. Es una señal de que algo bueno va a suceder.

El chofer miró a la muchacha que estaba al lado de la mujer y guardó silencio.

-No podemos seguir aplazando esto para siempre… Además, el invierno está casi sobre nosotros. Sería una pena enviarla con el frío. Si de todos modos debemos hacerlo, me parece que es conveniente hacerlo con este tiempo todavía agradable. Y he decidido acompañarla hasta allí.

El chofer asintió sin decir palabra, caminó con el aplomo de un soldado hasta el ómnibus, para acomodar el almohadón del asiento.

-Por favor, tome asiento aquí adelante, señora. No hay tanto traqueteo. Tienen un largo viaje por delante.

La mujer iba a una aldea por donde pasaba el ferrocarril, y que quedaba a sesenta kilómetros al norte, para vender a su hija.

Sacudida a lo largo del camino de montaña, la jovencita clavaba los ojos en la espalda del chofer que estaba justo delante de ella. El amarillo del uniforme colmaba su visión como si fuera un mundo en sí mismo. Las montañas que iban apareciendo se partían y pasaban de un hombro a otro del hombre. El ómnibus atravesó dos pasos muy elevados…

Se cruzó con un carro tirado por caballos, y éste se hizo a un costado.

-Gracias.

La voz del chofer era clara cuando saludaba con una agradable inclinación de cabeza, como un pájaro carpintero.

El ómnibus se encontró con una carreta llena de trastos que también se corrió con sus caballos y le cedió el paso.

-Gracias.

Un carretón.

-Gracias.

Un rickshaw.

-Gracias.

Un caballo.

-Gracias.

Si bien el chofer ya se había cruzado con treinta vehículos en diez minutos, nunca dejaba de ser cortés. Y aunque tuviera que manejar durante cientos de kilómetros, nunca descuidaba su conducta y era como un cedro bien erguido, simple y natural.

Habían partido a eso de las tres. El chofer había tenido que encender las luces a mitad de camino. Pero cada vez que se encontraba con un caballo, las apagaba.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

Durante todo el trayecto, fue el chofer con mejor reputación entre los conductores de carretas, carretones y los jinetes.

Cuando el ómnibus llegó a la plaza de la aldea en medio de la oscuridad, la muchachita empezó a temblar y se sintió mareada, como si le flotaran las piernas. Se aferró a su madre.

-Un momento -le dijo ésta a su hija y corrió tras el chofer para implorarle-. Mi hija dice que lo quiere. Se lo pido, se lo ruego con mis dos manos en oración. Mañana ella será juguete de un hombre cualquiera, por eso… Si hasta una muchacha de buena posición de la ciudad… con sólo viajar unos kilómetros con usted…

A la mañana siguiente, al amanecer, el chofer dejó la modesta pensión y cruzó la plaza con apostura de soldado. La madre y la hija corrieron tras él. El ómnibus rojo, con su bandera púrpura, salió del garaje y quedó a la espera del primer tren.

La jovencita subió primero y acarició el asiento de cuero negro del chofer mientras se mordía los labios. La madre se defendía del frío cerrando el cuello de su kimono.

-Y ahora debo llevarla de nuevo a casa. Esta mañana ella lloró, usted me increpó… Compadecerme de ella ha sido un error. Voy a llevarla a casa, ¿bien? Pero sólo hasta la primavera. Sería una pena enviarla ahora que va a iniciarse la temporada de frío. Puedo arreglarme. Pero cuando el tiempo mejore, ya no podré tenerla en casa.

El primer tren le lanzó tres pasajeros al ómnibus.

El chofer acomodó su almohadón. Los ojos de la muchachita se fijaron en la cálida espalda que tenían ante sí. La brisa matinal del otoño se deslizaba sobre esos hombros.

El ómnibus quedó enfrentado a un carro tirado por caballos. Y éste se hizo a un lado.

-Gracias.

Un carretón.

-Gracias.

Un caballo.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

El chofer regresaba, lleno de gratitud, cruzando los sesenta kilómetros de montañas y campos hasta la ciudad portuaria en el extremo meridional de la península.

Era un buen año para los caquis. El otoño en la montaña era bello.

 



1969. Samuel Beckett

Novelista, crítico, poeta irlandés que sin embargo siempre es destacado en su faceta de dramaturgo. No es por cierto injusto puesto que, más allá de señalar los rumbos del modernismo irlandés, abrió las puertas al absurdo y a la vanguardia surrealista en ese terreno; no llama la atención, entonces, que Esperando a Godot  fuese su consagración «por su escritura, que —en las nuevas formas de la novela y el drama— en la miseria del hombre moderno adquiere su elevación». Otras obras destacadas: Final de partida, Los días felices, Eleutheria.

Sin necesidad de hablar acerca de las obras de Beckett en su versión teatral o cinematográfica dada la cantidad de críticos que han abundado en análisis de sus recursos, intentaré aquí ilustrar su faceta poética. Por supuesto, más allá de las temáticas que aparecen en estos dos poemas, nos enfrentamos a un estilo de poesía que desde entonces va a cambiar elementos formales como, en este caso, la puntuación y sus elementos asociados (en algunos casos con un efecto de indeterminación o ambigüedad buscada y lograda en relación con lo que se escribe y lo que se lee):

Qué haría yo sin este mundo


qué haría yo sin este mundo sin
rostro ni preguntas
donde ser no dura sino un instante
donde cada instante
se vierte en el vacío en el olvido
de haber sido

sin esta ola donde al final
cuerpo y sombra se sumergen
juntos
qué haría yo sin este silencio abismo de murmullos
jadeando frenético por auxilio por
amor
sin este cielo que se alza
sobre el polvo de sus lastres

qué haría haría como hice ayer
como hago hoy
mirando por la rendija si no estoy
solo
mientras vago y huyo de todo lo
que vive
en un espacio marionetesco,
sin voz entre las voces
encerradas conmigo.

Bueno bueno es un país


Bueno bueno es un país
donde el olvido donde pesa el olvido
suavemente sobre mundos sin nombre
ahí callan la cabeza la cabeza es muda
y se sabe no no se sabe nada
muere el canto de las bocas muertas
hizo su viaje sobre la arena
no hay nada que llorar
mi soledad la conozco bueno la conozco mal
tengo tiempo eso es lo que me digo tengo
tiempo
pero qué tiempo hueso ávido el tiempo del
perro
del cielo que palidece sin cesar mi grano de
cielo
del rayo que asciende ocelado temblando
de las micras de los años en tinieblas
quieren que vaya de A a B no puedo
no puedo salir estoy en un país sin huellas
sí sí es una cosa hermosa la que tienen ahí
una cosa
muy hermosa
qué es no me hagan más preguntas
espiral polvo de instantes qué es lo mismo
la calma el amor el odio la calma la calma



1970. Aleksandr Solzhenitsyn

Александр Исаевич Солженицын en ruso. Se destacó como escritor e historiador. Cabe agregar, para entender qué determinó premiar Archipiélago Gulag «por la fuerza ética con la que ha perseguido las tradiciones indispensables de la literatura rusa», que fue crítico del socialismo soviético y sacó a la luz el gulag, sistema de campos de trabajos forzados del que el mismo autor fue víctima de 1945 a 1956. Otras obras: Pabellón del cáncer, El primer círculo, Un día en la vida de Iván Denísovich, La casa de la Matriona.

Antes de honrar a Solzhenitsyn con su propia obra, me interesa incluir un poema de Octavio Paz, del libro Árbol adentro. Debo decir que desde la época en que descubrí la obra de Octavio Paz se convirtió en uno de mis escritores favoritos; sin embargo, en este caso la elección se debe al hecho de que en este texto el escritor mexicano refleja no sólo su propia temática sino cómo en esta poesía ella surge en conjunción con el conocimiento de la obra que antes mencionamos del escritor ruso. Asimismo, recomiendo la lectura de la siguiente entrada https://zonaoctaviopaz.com/detalle_conversacion/115/un-poema-provocado-por-solzhenitsyn puesto que en ella aparecen las palabras de Octavio Paz en relación con el origen de este texto y los motivos que lo vincularon con la obra del escritor ruso (Zona Paz es el sitio del que procede la entrada: por supuesto, se trata de la página en relación con Octavio Paz).

 

Aunque es de noche 

I
La noche, a un tiempo sólida y vacía,
vasta demolición que se acumula
y sobre la erosión en que se anula
se edifica: la noche, lejanía
que se nos echa encima, epifanía
al revés. Ciego, el ojo capitula
y se interna hacia dentro, hacia otra nula
noche mental. Acidia, no agonía.

Afuera, perforada de motores
y de faros, la sombra pesa menos
que este puño de sílabas: Azores
que suscito en la página. Los frenos
de un auto. La ciudad, rota en mi frente,
despeña su discurso incoherente. 

II
Mientras yo leo en México, ¿qué hora
es en Moscú? Ya es tarde, siempre es tarde;
siempre en la historia es noche y es deshora.

Solzhenitzyn escribe, el papel arde,
avanza su escritura, cruel
aurora
sobre llanos de huesos.
                              Fui cobarde,
no vi de frente al mal y hoy corrobora
al filósofo el siglo:
                        ¿El mal? Un par de
ojos sin cara, un repleto vacío.

El mal: un alguien nadie, un algo nada.

¿Stalin tuvo cara? La sospecha
le comió cara y alma y albedrío.

Pobló el miedo su noche desalmada,
su insomnio despobló Rusia deshecha.

III
El partido siempre tiene la razón.
Lev Tolstoi

Alma no tuvo Stalin: tuvo historia.
Deshabitado Mariscal sin cara,
servidor de la nada. Se enmascara
el mal: la larva es César ya. Victoria
de un fantasma: designa su memoria
una oquedad. La nada es gran avara
de nadies. ¿Y los otros? Se descara
el mal: la misma irreal combinatoria
baraja a todos. Circular la pena,
la culpa circular: desdevanado
el carrete, la historia los despena.
Discurso en un cuchillo congelado:

Dialéctica, sangriento solipsismo
que inventó el enemigo de sí mismo.

IV
Donde con voz de cañas en el viento
hablaban acopladas agua y llama
hoy urde el doctrinario su amalgama.
La impostura se erige monumento.

Cháchara y vacuidad. El pensamiento
borra, dibuja y borra un ideograma:
el mal enamorado de su trama.
Estatua, con mordaza, del lamento.

Todo lo que pensamos se deshace,
en los Campos encarna la utopía,
la historia es espiral sin desenlace.

No hay sentido: hay piedad, hay ironía,
hay el pronombre que se transfigura:
yo soy tu yo, verdad de la escritura.

A continuación, algunas frases de Solzhenitsyn. Habría preferido colocar uno de sus Cuentos en miniatura pero no he llegado a ubicarlos; seguramente aparecerán en una entrada acá, en Otras miradas, o en Lapizázulix la galaxia del cuento.

Cuando la vida se teje con estambres legalistas surge una atmósfera de mediocridad moral que paraliza los más nobles impulsos humanos.

El escritor ha de estar dispuesto a soportar la injusticia, y en eso está el riesgo de su misión.

Me detuvieron por culpa de mi ingenuidad. Yo sabía que en las cartas del frente se prohibía hablar de los secretos militares, pero creía que estaba permitido pensar.

En nuestro país la mentira se ha convertido no sólo en una categoría moral, sino un pilar del Estado.

El hombre ha fijado para sí mismo el objetivo de conquistar el mundo, pero en el proceso pierde su alma

No todo asume un nombre. Algunas cosas van más allá de las palabras.

Cualquier hombre que haya proclamado la violencia como su método está inevitablemente obligado a tomar la mentira como su principio