1981-1990

 

1981.  Elias Canetti

De origen búlgaro, proveniente de familia judía sefaradí, escribió en lengua alemana. Se destacó en la novela y se lo señala también como “pensador”, rótulo bastante aséptico si se observa un poco que todos tenemos de alguna manera esa labor. Entre sus obras: Masa y poder, La lengua absuelta, El juego de ojos, El libro contra la muerte, se menciona con frecuencia su novela  Auto de fe y el Nobel le es otorgado «por escritos marcados por una visión amplia, una gran cantidad de ideas y una fuerza artística».

Pese a sus obras, a su labor como dramaturgo y poeta, pareciera que el mundo intelectual está más interesado por la interpretación que Canetti realizara de Kafka en el libro El otro proceso de Kafka. Dado que no me está resultando fácil rastrear sus poemas dejaré por ahora constancia de algunos de sus dichos:

El presente es el culpable de todos los dolores.

Toda muerte rompe la cohesión de la intrincada red que es el mundo.

Me inclino ante el recuerdo, ante el recuerdo de cada ser humano. Y no oculto la aversión que siento ante todos los que se toman la libertad de intervenir quirúrgicamente en los recuerdos, hasta que se parezcan a los recuerdos de los demás.



1982.  Gabriel García Márquez

El Nobel vuelve a Latinoamérica de la mano de este escritor colombiano, multifacético y polémico: periodista, cuentista, novelista, dramaturgo y hasta cineasta (si se considera el modo en que se involucró no sólo con la puesta en escena de sus relatos sino también la tarea que tomó cuando decidió colaborar en Cuba con la industria cinematográfica).

Nuevamente me resulta curioso que para la Academia, la premiación de su novela Cien años de soledad quede avalada con la siguiente frase: «por sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real se combinan en un mundo ricamente compuesto de imaginación, lo que refleja la vida y los conflictos de un continente».  Y no es sólo por el hecho de que se haga referencia a la imaginación sino porque no se menciona hasta qué punto este universo del realismo mágico (o lo real maravilloso) asume una mirada claramente política acerca de lo que el ser humano (latinoamericano en algunos casos) tiene de responsabilidad en lo que forma parte de lo que se ve, lo que no se ve y lo que se oculta o se niega de esa “realidad” (tanto actual como futura). Acaso quienes transitaron sus crónicas periodísticas (Relato de un náufrago, Noticias de un secuestro)  o quienes leyeron además de sus novelas y cuentos (Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos) obras como Miguel Litín, clandestino en Chile, por ejemplo, puedan comprender mejor lo que estoy enunciando (claro que es mi perspectiva y debe de haber otras similares y diferentes).

Aquello que se conoce menos de Gabriel García Márquez es su poesía así que he escogido un par de ellas en esta oportunidad:

SONETO CASI INSISTENTE EN UNA NOCHE DE SERENATAS

Quisiera una mujer de sangre y plata.
Cualquier mujer. Una mujer cualquiera,
cuando en las noches de la primavera
se oye a lo lejos una serenata.

Esa música es alma. Y aunque no fuera
verdad tanta mentira sería grato
el saber que su voz siempre retrata
el corazón de una mujer cualquiera.

Quiero querer con música. Y quiero
que me quieran con tono verdadero
Casi en azul y casi eternamente.

Será porque ese ritmo me arrebata,
o tal vez porque oyendo serenatas
me duele el Corazón musicalmente.

Este que viene a continuación da cuenta de que, con menor frecuencia que otros escritores, también se ocupó de retomar la tradición del haiku:

Ningún lugar

en la vida es más triste

que una cama vacía.



1983.  William Golding

No cabe mucha discusión en este caso que la novela más conocida y ciertamente impresionante de este escritor es El señor de las moscas, aunque no esclarezca mucho de su esencia el dictamen del galardón: «por sus novelas que, con la perspicacia del arte narrativo realista y la diversidad y universalidad del mito, ilumina la condición humana en el mundo de hoy en día». Se ha dicho de esta historia que de algún modo retrata una visión antropológica del ser humano, desnudando el ser primitivo que existe dentro de nuestro mundo civilizado y qué tanto hace falta para que aquel aflore y transgreda las barreras de una educación/cultura que hemos construido a nuestro alrededor.

Mencionaré algunas otras obras (Los herederos, Ritos de pasos, El Dios Escorpión, Los hombres de papel) pero intento dejar aquí algunas de sus frases para poder conocer otra veta de un autor que de algún modo ha quedado ligado a una novela que hace olvidar otros escritos (me hubiera gustado recurrir a su poesía pero hasta el momento no he podido encontrar sus textos disponibles):

„Uno tiene miedo porque la gente siempre tiene miedo.“

„¿Tú lo sabías, verdad? ¿Que soy parte de ti? ¡Caliente, caliente, caliente! ¿Que soy la causa de que todo salga mal? ¿De que las cosas sean como son?“

„Quería explicar que la gente nunca resultaba ser del todo como uno se imagina que es.“



1984. Jaroslav Seifert

La canción del manzano, Maminka, Toda la belleza del mundo… No parecen ser muchas las obras que podemos encontrar traducidas de este escritor checo. La última que he mencionado, Toda la belleza del mundo, es la que se menciona cuando se hace referencia a su literatura: «por su poesía, que dotada con frescura y una inventiva rica, proporciona una imagen libertadora del espíritu indomable y la versatilidad del hombre».

Como testimonio, dos poesías hasta que pueda leer otras obras de este autor:

El grito de los fantasmas

En vano nos agarramos a las telarañas flotantes
y al alambre de púas.
En vano apoyamos el talón en la tierra
para no dejarnos arrastrar con tanto ímpetu
hacia las tinieblas, que son más negras
que la más negra noche
y carece ya de corona de estrellas.

Y cada día encontramos a alguien
que involuntariamente nos pregunta
sin abrir siquiera la boca:
¿Cuándo? ¿cómo? ¿y qué viene después?

Bailan y danzan aún un poco más
y respiran el aire perfumado,
¡aunque sea con el dogal al cuello!

Pan y rosas

Entre dos polos se tensa el mundo
como la piel del asno.
La vida, entre dos cosas:
pan y rosas.

Se oye el mundo, redoblan los tambores.
Para cosas pequeñas, guerra grande.
Ganador y vencido vuelven a casa.
¿Qué distancia, qué distancia haya casa?

Dos dados, dos palabras maravillosas,
en la corneta de la historia: pan y rosas.
Volver a tocar sobre el tambor volcado
moviendo con violencia la corneta en las manos.

Sobre la piel de asno del tambor de guerra,
para nuestro amor, el hambre y la muerte espera.



1985.  Claude Simon

La ruta de Flandes, El tranvía, Las Geórgicas, La invitación. Estos son algunos de los títulos de las obras de este escritor francés, perteneciente a una de las corrientes vanguardistas. Curiosamente, cuanto más nos acercamos a nuestra época, menos traducciones encontramos de algunos escritores. Vuelvo en seguida en relación con esto.

Por otra parte, es curioso que el título más destacado por la Academia como representativo de la literatura de este autor sea Historia, más alusivo a otra disciplina no siempre vinculada con lo literario y mucho menos con la vanguardia; según la institución Claude Simone es en ese momento «quien en su novelística combina la creatividad del poeta y del pintor con una profunda conciencia del tiempo en la representación de la condición humana». Lo que no  explica esta frase es que el logro de Simon en su novela es el haber combinado literatura y pintura, relato y pincelada, lo dicho y lo elidido, la fragmentación. Cuando se habla de él como un pintor, no se habla de un paisajista costumbrista sino de alguien que conduce la historia como las pinceladas abiertas y elípticas de los pintores vanguardistas.

Cuando mencioné lo de las traducciones se debía al debate cada vez más marcado que se va planteando en estas décadas acerca de la industria editorial, el éxito de una obra de acuerdo con el mercado o con otros parámetros, la discusión acerca de originalidad, transgresión, convención, estereotipo, fórmula, best seller y toda una sopa de letras que intentan comprender las elecciones del lector, de los ámbitos académicos y de otras instituciones. En relación con Claude Simon, sucedió en cierta oportunidad que un amigo suyo llevara a diferentes editoriales unas páginas de Le palace (obviamente, sin el nombre de nuestro escritor francés) para comprobar de qué modo se conducían los editores para seleccionar las obras y que se encontrara con que casi todas ellas desistían de editar una obra a la que le encontraban diversos y múltiples deficiencias. Y empezó el debate.

La moral y los buenos sentimientos nada tienen que ver con la literatura, como sucede con la ciencia.

Hasta aquí llegó hoy lo que he podido encontrar de este enigmático escritor.



1986.  Wole Soyinka

En el tono con el que comienzan generalmente las biografías lo primero que se destaca de él es que se trata del “primer nigeriano” en obtener el Premio Nobel. Claro que habría que considerar el hecho de que su literatura se desarrolla en lengua inglesa. Entre sus obras se destacan: Los intérpretes, Partirás al amanecer, La estación del caos, El hombre ha muerto y ha sido tanto prosista como poeta. La obra destacada en ocasión de recibir el Nobel, La muerte y el caballero del rey, está basada en un incidente real que tuvo lugar en Nigeria durante el dominio colonial británico: las autoridades coloniales impidieron que el jinete de un rey yoruba cometiera suicidio ritual. El escritor ha sido galardonado de acuerdo con el siguiente concepto: «quien, en una perspectiva cultural amplia y con matices poéticos, innova el drama de la existencia».

Plumas a sueldo


La pluma puede abrirle un sendero a los arados
La pluma puede forjar espadas con arados
Con palabras del arado y la espada.
Y la pluma consagra, y la pluma desenmascara las mentiras
De las vanas teologías, la pluma entroniza
Los reclamos mohosos del Poder, recomienda
Como de origen divino espacios disputados.

La pluma resulta ser poderoso oído de las espadas
Lengua que glorifica hechos sangrientos, que viste de fama
La violación, que saquea con túnicas venerables
De épicas hazañas. La pluma puede hundirse
En el tintero y salir
Goteando sangre.

Piedras preciosas adornan sus lenguas de rutina,
De hipocresía, de conjura estéril.
Muéstrenme las camas de agua en que se acuestan
Saquen el tapón y pregúntense por qué el flujo es rojo oscuro
Y espeso, y con grumos. Eternamente

En enjambres como langostas, como mentiras y moscas, consortes
Sacados de negras orgías de plumas conmemorativas
Larga es la línea de las grandes seducciones
Atracción del ocio en nuestra tribu ajedrezada – de poetas
orales ambulantes, hasta la pluma y el computador portátil.
Hemos llegado a conocer algunas. Sirvieron
Y fueron servidas a su turno. Algunas creyeron,
Y otras vendieron sus almas en un mundo de ensueños.

Pero ambas estaban inmunizadas contra el testamento
De los ojos, y los oídos, el hedor y la culpa del poder
Y la anomia de la lluvia que se vuelve roja, de plagas de langostas,
La muerte de los primogénitos, los siete años de escasez y
Otra vez de nuevo el octavo y luego la secuencia circular –
De la muerte y la carencia. Una promesa no ganada o dada
No es para que la rediman los mortales –

Pero Dios decretó que el fin multiplicará los medios –
Curtida en la espera, la pluma escribe:
Nosotras también servimos.



1987.  Joseph Brodsky

Poeta ruso-estadounidense de origen judío. Es curioso observar que a medida que avanza el siglo van saliendo a la luz premios para personalidades que muestran las antinomias que antes aparecían ocultas o negadas. Lejos de dar un status de mayor equidad, las diferentes sociedades exhiben simultáneamente con este fenómenos un mayor grado de intolerancia cuando menos a nivel político (no necesariamente en las relaciones interpersonales o entre comunidades).

Algunos señalan a este escritor como uno de los máximos exponentes nacidos en época soviética y el mejor en lengua rusa durante la segunda mitad del siglo XX. Fuga de Bisanzio, Marca de agua, Del dolor y la razón son algunas de sus obras, aunque la que se señala en relación con el premio es un poemario cuyo título enmascara lo poético: Historia del siglo XX; de esta obra se ha dicho que su autor recibe el galardón «por una autoría que todo lo abarca, imbuida con claridad de pensamiento e intensidad poética».

El poeta que había escrito en  su discurso al recibir el Nóbel, acaso se viera a sí mismo: “La tragedia rusa, es precisamente la tragedia de una sociedad cuya literatura quedó convertida en prerrogativa de una minoría, la célebre intelligentzia rusa”. Era su tragedia personal como escritor, pues él mismo  estaba convertido en código de una muy pequeña minoría lectora de sus ensayos en inglés, pero que  no podrían serlo de sus poemas escritos en un idioma cuyo desciframiento, cuyos múltiples matices cotidianos, culturales, cuyas alusiones  quedaban para los lectores de poesía en Piter.

El segmento anterior pertenece a un artículo de Círculo de Poesía escrito por Rubén Darío Flórez Arcila. De este, extraigo algunos poemas:

 Odiseo se dirige a Telémaco

Telémaco hijo,

La guerra de Troya ha terminado.

Quién fue el vencedor, no lo recuerdo.

Tal vez los griegos, es costumbre suya

arrojar tantos cadáveres fuera de sus casas…

Y a pesar de todo tan largo resultó el camino a casa,

como si durante nuestra ausencia

Poseidón  hubiera prolongado el regreso.

No sé dónde estoy, ni qué hay al frente.

En esta isla asediada por la desidia,

por el rastrojo, por los muros sin concluir y por el gruñido

de los cerdos; hay una princesa y un jardín desolado,

no veo más que piedras y vegetación.

Amado Telémaco, todas las islas se parecen

al final de tantos viajes y la mente

se extravía contemplando a las olas,

los ojos, agobiados por el horizonte,

se llenan de lágrimas.

No recuerdo qué pasó después de la guerra,

ni cuántos años tienes ahora.

Crece Telémaco, querido,

sólo los dioses saben si habremos de vernos.

Ya no eres el niño de entonces,

¿recuerdas que me veías enfrentar a los toros?

Si no hubiera sido por Palamedas, estaríamos juntos.

Pero acaso tenía razón, sin mí

te has librado del complejo de Edipo,

y tus sueños no serán retorcidos.

Ingresé a la celda en lugar del salvaje animal,

consumí mi tiempo y atravesé la histeria en una barraca,

viví junto al mar, aposté al azar,

vestido de frac cené con quien resultaría un traidor.

Desde la altura de un glaciar avizoré medio mundo,

tres veces naufragué, dos veces fui cortado.

Abandoné al país donde me alimentaron.

Con los que me olvidaron se poblaría una ciudad.

Me fui errante por las estepas llenas de los ecos de Atila,

estaba vestido con lo que siempre pasaba de moda,

sembré centeno y me protegía con encerado para embalajes.

Y lo único que no bebí fue agua seca.

Admití en mis sueños la negra pupila del centinela,

sin perder una migaja devoré el pan del destierro.

Mis cuerdas vocales emitieron todos los sonidos, más allá del aullido,

 modulé después el susurro.

He cumplido cuarenta años.

¿Qué debo decir sobre la vida? que resultó dilatada.

Sólo siento solidaridad con el dolor.

Pero mientras no tapen mi boca con barro,

lo único que tendré serán palabras agradecidas.

Faltaría recordar que, pese a ser esta década aquella en la que numerosas naciones concluyen con sistemas dictatoriales, profileran escritores exiliados, silenciados o censurados en sus países de origen (al punto de un ejemplo como el de Salman Rushdie a causa de Los versos satánicos).



1988.  Naguib Mahfuz

نجيب محفوظ  

Si bien no es el primer escritor de origen oriental que llega al Nobel, es el primero que lo hace en lengua árabe (nacido en Egipto).

Historias de nuestro barrio, Festejo de boda, El mendigo, La epopeya de los harafish son algunas de sus obras, pero una de su primera época (El callejón de los milagrosdestaca al escritor como «quien, a través de obras ricas en matices — a veces con clarividencia realistica, y a veces evocativamente ambiguo — ha formado un arte narrativo árabe que se aplica a toda la humanidad».

El eco

Se apoyó en su bastón y esperó. Tras el sonido del timbre, no se oyó el menor ruido detrás de la puerta, como si la casa estuviera vacía. Dentro de un instante la puerta se abrirá y aparecerá el rostro anciano que no has vuelto a ver desde hace veinte años. El tiempo no ha borrado su imagen triste, resignada y cansada. Ahora tendrá ochenta años: las mujeres de nuestra familia son longevas. ¿Y los hombres?: balas, dramas, ojos secos…

Oyó un ruido de babuchas que se arrastraban y se preparó para los efectos de la sorpresa, pero el ventanillo se abrió y apareció el rostro débil de la criada, Umm Muhammad. Sintió alivio; la miró desde lo alto de su estatura mientras ella le observaba con desconfianza y una expresión fatigada.

-¿Quién es?

-Abre, Umm Muhammad.

-¿Quién es usted, señor?

El tono de su pregunta indicó que no esperaba ninguna visita. Una casa abandonada, como si todo un clan se hubiera ido a la guerra.

-¿De verdad me has olvidado, Umm Muhammad?

Ella pestañeó para aclarar su mirada y exclamó:

-¡Señor Abdel Rahim! ¡Vaya sorpresa!

Él entró, envuelto en su aba negra, y le tendió la mano. Ella la besó con ardor diciendo:

-Es increíble, increíble.

Luego, conteniendo la respiración, añadió:

-Voy a informar a la señora de su llegada.

Abdel le cortó el paso con el bastón diciendo:

-No. ¿Dónde está su habitación?

Umm le indicó la puerta y dijo:

-Tiene que…

Pero él la interrumpió y avanzó con decisión.

-Sé lo que debo hacer, lo sé todo y no quiero que nadie me moleste.

Entró en la habitación, lenta y silenciosamente, dispuesto a reprimir sus emociones corno de costumbre; luego cerró la puerta. Se paró en medio de la habitación y la miró con atención. A pesar de la rudeza de su carácter, se sintió algo emocionado. Un olor, extraño y familiar a la vez, se infiltró en su nariz chata, como un recuerdo perdido que resurgiera y le proyectara hacia el pasado. Se sintió sumergido en las profundidades íntimas de su ser. La mujer estaba sentada en el sofá, sosteniendo entre los dedos una larga misbaha cuyas cuentas rozaban el suelo. Pero no levantó la cabeza, como si no notara la presencia del hombre. Estaba cubierta con un velo oscuro, de un color que no se distinguía bien dentro de la sombría habitación cuyas dos ventanas, completamente cerradas, ocultaban la luz. «Ella te ignora, sin duda. Tal vez haya escuchado la conversación y ha decidido ignorarte. No es de extrañar su frialdad si se piensa en todo lo que ha sufrido. ¿Qué esperabas cuando te has visto obligado a volver?» Sonrió para atenuar la dureza de su rostro curtido, pero ella no le prestó atención; comenzó a rezar en voz baja y luego bostezó. La sonrisa del hombre se disipó. Ella era más dura de lo que había imaginado, más cruel que todo el pasado sangriento de la familia. «Pero yo también soy tenaz. No he cruzado el valle para sufrir un fracaso.» Esperaba indignación, maldiciones, llanto, amargura, pero no aquel silencio, aquella indiferencia. La contrariedad le impidió que se acercara a besarle la mano; más tarde lo haría, pero no desistió de su empeño y le dijo con calma:

-Buenos días, madre.

Dio dos pasos hacia ella y le tendió la mano, pero la mujer no pareció advertir su presencia. El choque fue más violento que el primero sin que el pasado, con toda su tragedia, amortiguara la fuerte bofetada. «Tú eres el último en asombrarte de esta crueldad, y deberás expiar veinte años abominables. Como ves, está muy fatigada.» Abdel esbozó una sonrisa melancólica y retrocedió hacia la cama, sentándose en el borde. Puso su fez encima de la almohada y se apoyó en el bastón. «He regresado a mi lugar de nacimiento, así que puedo sentarme en la cama.»

-Lo cierto es que no esperaba un recibimiento afable, pero no imaginé esta capacidad de indiferencia -se rió brevemente y añadió-: Nosotros somos una familia de colmillos y garras, pero estoy deseoso de conocer el fin.

Ella levantó ligeramente la cabeza, quizá para reposarla, luego se recogió de nuevo sobre la misbaha, en su impenetrable mundo.

-Puede que haya cometido un inmenso error viniendo, pero estoy decidido a no arrepentirme.

Ni una palabra, ni un gesto, ni una señal de interés.

-¿Es que esperas que te pida perdón, que reconozca mis errores y manifieste mi arrepentimiento? Tú nos conoces mejor que nosotros, y las palabras son vanas. Los dos hemos cambiado mucho pero, gracias a Dios, tu salud es buena, tal vez mejor que la mía.

Esta última expresión no podía dejarla indiferente: se movería. Sí, al principio estallaría en cólera y lanzaría maldiciones, luego se iría calmando y, finalmente, esas paredes escucharían su bendición.

-Yo sé lo que tu silencio quiere decir: el ladrón, el asesino por fin ha vuelto. En el nombre de Dios, dime si querías más dinero.

Le invadió un deseo desesperado de bromear y le preguntó:

-¿Es que querías dinero para probar suerte de nuevo en el matrimonio?

Se rió ruidosamente, pero solo, completamente solo. ¡Dios! ¡Qué poder diabólico de destrucción!

-El pasado ha muerto, los cuerpos y las almas también. Nosotros no hemos sido los primeros ni seremos los últimos en tener las manos manchadas de sangre. ¡Cuántos seres queridos he perdido! Llevo una bala en el pecho para siempre, además de todas las cicatrices de apuñalamientos en los muslos, el vientre y la cabeza. Tú llorabas y te arrancabas el pelo, y nosotros continuábamos perdiendo vidas. Pero ¿de qué sirve recordarlo? Olvidemos el pasado.

«¿No te habías prometido evitar los recuerdos? Pero ¿cómo? Ella se empeña en destruirte, y tú no has cruzado todo el valle para encontrarte ante una estatua de piedra.»

-Entonces ¡quieres que me marche! No me sorprende mucho, mas he venido, y eso es un eslabón de la cadena de acontecimientos. ¿No te has enfadado ya bastante? Has maldecido a tus hijos hasta perder la voz. Te parece terrible haber traído al mundo tantos enemigos, pero en cualquier caso, tú los has engendrado. Dime, por Dios, ¿cómo murió mi padre? ¿Y mis tíos? Me preguntaron por qué me marché, después de lo que pasó, pero yo era el único que conocía el secreto, y creo en lo invisible tanto como en la sangre. Según ellos, todo esto pertenece al pasado, aunque yo tengo otra opinión. No obstante, me gustaría saber por qué no dices nada.

«¡Ah! La admiras tanto como la aborreces. La mejor de las madres. Pero tú representas la obstinación del que se emboscó un día en un campo de maíz durante ocho horas sin moverse. Tú cantaste victoria sobre los despojos de cadáveres, sobre las manos de tus hermanos tras matarlos, y dijiste con sarcasmo que los hijos de tu socio en la ciudad se amaban, a pesar de que eran hermanos.»

-No me eches sin decirme ni una palabra. Pregúntame al menos por qué he venido. Mi arma está descargada, y necesito sacarme la espina de este pie sangrante. Confieso que me retiré a un refugio olvidado para recuperar el aliento, que sentí necesidad de vivir en la sombra, después de haber padecido el fuego del infierno, y he oído muchos comentarios -no sé si verdaderos o falsos- sobre tu extraño comportamiento, a pesar de que la última imagen que conservo de ti sea la de una mujer adusta, triste, amargada… Aun así, he querido arriesgarme.

«¡Dios de los cielos! Otra vez bosteza, aunque de aburrimiento, no de cansancio. Pero antes o después, esa costra dura se levantará y luego caerá. El sufrimiento te ha otorgado recursos de generosidad, y yo estoy sentado ante ti para testimoniar sesenta años de filiación, aunque estéril.»

-Escúchame. Yo no he hecho este viaje en vano. Así he sido creado. Me dijeron: ¿por qué vas, después de lo que pasó? Pero nadie conoce el secreto, excepto yo. Y desde que he llegado, te hablo y tú me ignoras. Partiré, más duro que cuando llegué, sin que la noria que da vueltas saque de la tierra que ruinas. Los hijos de la nueva generación no son mejores que nosotros, es indiscutible. Hoy fruncen el ceño e intercambian miradas furiosas y mañana dispararán balas. Heme aquí mirando el futuro con los ojos sangrantes del pasado. Hoy, una foto de familia los reúne, al igual que también a nosotros nos reunió un día; mas ¿qué pasará mañana? Lo que ocurrió fue que sufrí un disgusto mortal, pero nosotros rechazamos las buenas palabras, no las creemos: Así pues, la caravana puede avanzar levantando polvo y esparciendo sangre. Pero el hastío ha ido haciendo mella en mí hasta que me he venido abajo, y después de veinte años de ingratitud y olvido he pensado en ti. ¿Que qué es lo que quiero? ¿Volver a ti? ¿Y después? Nosotros nos avergonzamos de los sentimientos y nos enorgullecemos de las palabras. Pero he aquí que un día me vi encorvado, arrastrándome por el suelo. Disimulé el dolor para no provocar en los demás alegría maligna. Sin embargo, el médico me advirtió que estaba gravemente enfermo y, a pesar de que no creo en los médicos, no tuve más remedio que creer al dolor, sobre todo cuando tuve ocasión de experimentar su intensidad. Permanecí solo en el lecho durante varios días, en el transcurso de los cuales me cercaban las consecuencias funestas de las discordias familiares y el futuro me parecía tan sangriento como el pasado. El mundo me rechazaba, y yo me refugiaba en el recuerdo de tus palabras de antaño. Después tuve un sueño…

«¡Ah! ¿Me voy a rendir a la desesperación? ¿Qué es este dolor que te roe las entrañas? ¿Será el aviso de una nueva crisis? ¿Por qué los medicamentos no son tan eficaces como una bala o una hacha? Ya ti, anciana, ¡por Dios!, ¿qué es lo que te conmueve? Eres más cruel que todos nosotros. No me obligues a zarandearte para hacerte entrar en razón. Si grito, van a temblar las paredes.»

-He tenido un sueño. ¿Por qué no me preguntas qué he soñado? ¿Ya no te apasionan los sueños y su interpretación? Perdóname si pienso que nosotros hemos heredado la crueldad de ti, de ti, más que de nuestro padre o de cualquier otro antepasado. Nadie ha sabido conservar como tú la sangre fría. Tu rostro no refleja ninguna emoción. No es que finjas ignorarme, sino que ignoras mi presencia en todo el sentido de la palabra; no me escuchas ni me ves. ¿De dónde te viene tanta fuerza?

Abdel Rahim se levantó, excitado, y empezó a dar vueltas por la habitación; luego, con expresión adusta, se detuvo frente a su madre apoyando la mano derecha en el bastón:

-¿Es esta tu forma de castigarme? Sin duda, ya habías imaginado este encuentro, lo habías deseado y lo llevabas esperando mucho tiempo. Pensaste: «Algún día vendrá, cuando sea presa de una calamidad o una enfermedad. En ese momento se acordará de su madre y correrá a su lado solicitando su perdón y bendición. Entonces tendré ocasión de vengarme. Expiará los robos, las agresiones y las muertes, pagará por mis lágrimas inagotables, mis llamadas de socorro rechazadas, por mi larga reclusión en esta habitación.» Esa es la verdad. Tú eres en verdad nuestra madre, tus métodos son los nuestros y tu crueldad es la nuestra. En mis momentos de hastío y abatimiento me preguntaba de dónde nos vendría esa bestialidad que ni siquiera conocen los perros, los burros, las vacas ni los búfalos. Y he aquí que se me reveló la verdad: este torrente horrendo procede de ti, mujer.

Golpeó el suelo de la habitación dos veces con su bastón y los cristales de la ventana temblaron. Umm Muhammad llamó a la puerta para ver lo que pasaba y pidió permiso para entrar. Él le gritó irritado que se marchara. Luego, se volvió hacia la mujer, que continuaba rezando tranquilamente, y le dijo:

-¡Deja ya de rezar! No nos acordamos de Él más que cuando queremos comprar nuql o kaak. Lo cierto es que no conocemos a Dios ni queremos conocerlo, y el sueño que tuve era falso. No era necesario que soñara o que me preocupara de mis sueños. Tampoco era preciso que enfermara, porque los que viven de los muertos y de la sangre no deben enfermar ni soñar, tienen que buscar la tranquilidad solo en la muerte y suicidarse, antes de que los maten. ¿Qué demonio me ha incitado a venir a verte, mujer?

Como ella no salía de su terrible indiferencia, él se le acercó con aire decidido y le tomó la mano. La mujer levantó la cabeza y la echó hacia atrás sorprendida. Dejó caer la misbaha en su regazo y posó la otra mano en la suya, luego palpó el dorso tosco con marcadas venas y el vello de los dedos. El miedo se reflejó en su cara y gritó:

-¿Quién es? ¡Umm Muhammad! Tuvo un acceso de tos; luego continuó gritando con voz sofocada:

-¡Umm Muhammad…!, ¡Umm… Muhammad…!

La puerta se abrió de golpe. Umm corrió hacia la anciana, y él retrocedió confuso. Con delicadeza, la criada tomó la mano temblorosa de su señora y la acarició con inquietud. El hombre, como excusándose, dijo:

-No sé qué le habrá podido asustar.

La criada, todavía asustada, respondió:

-He intentado ponerle al corriente de su estado, señor, pero usted no me ha escuchado y luego me ha impedido entrar en la habitación.

Él se puso el tarbush y agarró el bastón diciendo:

-¿Qué le ha asustado? Yo no he cesado de mostrarle mi afecto, y esperaba que ella se conmoviera al verme a su lado.

Sin levantar la vista, la criada dijo con tristeza:

-Ella no ve, señor.

Abdel Rahim abrió los ojos desmesuradamente y, estupefacto, observó a su madre con atención.

-¿Quieres decir?…

-Sí, señor, que no ve.

Permanecieron en silencio durante unos minutos. Luego él murmuró:

-No podía imaginarlo. La luz es escasa, como ves… -después, en un tono amargo y como hablando para sí, prosiguió-: Pero le he estado hablando durante mucho rato y ella me ha ignorado de forma penosa…

-Es que tampoco oye, señor -dijo la criada con voz rota.

-¿Qué quieres decir? -preguntó él, desconcertado.

-Que está sorda, señor.

-¿Completamente? -preguntó el hombre, tras el fuerte impacto causado por la noticia.

-Sí.

-¿Y si le grito?

-Es inútil, señor.

-¡Está ciega y sorda!

-Efectivamente, señor.

-¡Dios mío! ¿Y desde cuándo?

-Desde hace varios años, señor. Dios quiso que perdiera primero la vista y luego el oído, sin que la ciencia médica haya podido hacer nada.

Él vaciló un momento, antes de atreverse a preguntar:

-¿Y no ha habido una forma de comunicármelo?

-Quise hacerlo cuando perdió la vista, pero ella me lo impidió. Y yo siempre he respetado su voluntad.

«La situación no es como habías imaginado, sino más atroz. Y tú eres cómplice, inevitablemente, de este crimen. Has venido para aligerar tu carga y la has recogido infinitamente más pesada. Su aliento roza tu mano, pero ella está más lejos que las estrellas. Es como la muerte, pero plagada de sufrimiento. El silencio, ese obstáculo insalvable. Tienes que interpretar tu sueño o quedará para siempre envuelto en el misterio.»

No es este el momento ni el espacio. Luego de un cuento como el que acabo de transcribir, quedan en el aire ideas acerca de asociaciones y comparaciones con escritores como, por ejemplo, Rabindranath Tagore. Ya habrá otro espacio para esto.



1989.  Camilo José Cela

Escritor español nacido en la región de Galicia y cuyas obras recorrieron no sólo varios países sino un camino estético con variantes no sólo por la elección de prosa, poesía y dramaturgia sino por su acercamiento a una escritura que así como recuerda la picaresca del siglo XVII nos conduce a las formas más prolíficas de la actualidad: el realismo, el costumbrismo, un buceo en el interior del personaje de modo diferente del habitual narrador omnisciente… La familia de Pascual Duarte, Pabellón de reposo, Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes, Rol de cornudos son algunas de las obras que se pueden mencionar; en muchas de ellas la ironía y la parodia juegan roles fundamentales; en otras hay un entramado de otra índole. La obra La colmena justifica para la Academia su premiación, considerando además no sólo su obra en prosa sino la poética «por una prosa rica e intensa que con una compasión moderada forma una visión retadora de la vulnerabilidad del hombre».

En el Centro Virtual Cervantes, un artículo de Jorge Urrutia da cuenta del derrotero que la poesía de Cela sufrió: en el análisis se destaca que muchos no la tuvieron en cuenta precisamente por algo que me ha interesado siempre en sus novelas, cuentos y textos como Rol de cornudos, un “pseudodiccionario”: la parodia, la ironía feroz en ciertos pasajes que unen pasado y presente al momento de estar retratando al ser humano en toda su dimensión:

cornudo angélico. El que al encontrarse a su mujer en la cama con un vecino, lo atribuye a falta de calefacción. Es especie ejercitadora de la caridad: convierte infieles, regala boinas y calzoncillos a los huérfanos de las riadas, da tres pesetas mensuales a la Cruz Roja, etc.

cornudo mona vestida de seda. El que, se ponga como se ponga, cornudo se queda. Es especie de muy honda desdicha irreversible.

cornudo preconizado. O condenado o designado. El que, viejo o deforme, se arriesga a casarse con mujer joven y bella con el argumento de que más vale un bombón para dos que una mierda para uno. Es especie precavida y cautelosa que, aunque finja lo contrario, no se fía ni de su padre.



1990. Octavio Paz

Se cierra esta década y las casualidades han dado de modo tal que uno luego del otro han quedado dos de mis Nobeles favoritos (y no por el Nobel sino sólo por escritores); bien que han aparecido otros y que en las siguientes décadas también los hay, pero justo en este cierre se produce esta observación que señalo.

En primer lugar habría que indicar que este escritor continúa algunos de los recorridos que hemos mencionado en otras décadas en relación con la vinculación del escritor latinoamericano con reivindicaciones dentro y fuera de Latinoamérican: Neruda, García Márquez, entre otros. Destacado por su poesía, prosa y ensayo, quizás sea una obra como El laberinto de la soledad aquella en la que esta veta se ve más representada.

Otro aspecto para destacar es un nuevo abordaje que Octavio Paz realiza de la literatura oriental, trasladando a la poesía occidental una estructura de escritura y pensamiento como la del MANDALA: de este modo aparece escrito su poemario Ladera Este.

Hablar acerca de caligramas, poemas que transgreden la distribución espacial tradicional de la poesía, además de las temáticas, sería agregar más elementos que hacen de este escritor un representante fundamental no sólo de la literatura mexicana, de la cultura latinoamericana sino de la estética universal del siglo XX.

En sus neutras palabras habituales, la Academia valora Libertad bajo palabra «por una apasionada escritura con amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanística».  Podríamos mencionar, además, El arco y la lira, Árbol adentro, Vuelta, El ogro filantrópico.

A continuación, un caligrama cuyo título es “Custodia”

 

figura-23.-custodia-octavio-paz.

Adivinanza en forma de octágono. Octavio Paz





Coloque cada una de las 8 frases en cada una de las 8 lineas, de modo que, leídas del 1 al 8, formen dos oraciones paralelas.


1 Tú en el centro
2 El cuchillo del sol
3 Parte este octágono
4 Ojos nariz manos lengua orejas
5 Este y Oeste Norte y Sur
6 Reparte este pan
7 El abismo está en el centro
8 Ver oler tocar gustar oír

A continuación un ejemplo de los haikus escritos por Octavio Paz:
Hecho de aire
entre pinos y rocas
brota el poema.
Hay otros estilos de poemas de este escritor, así como pasajes muy interesantes en sus ensayos, pero pueden encontrarlos fácilmente y, por otra parte, sería abusar de quien se acerque a estas páginas hacer más extenso este pasaje.