1991-2000

 

1991.  Nadine Gordimer

Lo primero que se menciona es el hecho de que la escritora nació en Sudáfrica y es la primera mujer africana en recibir este premio. Claro que no se hace con fuerza suficiente la observación acerca de en qué país de ese continente nació y que desarrolló su literatura en lengua inglesa (dato no menor). Sí hay que agregar, por otra parte, que en su obra ha aparecido con frecuencia la temática del apartheid y los conflictos vinculados con la convivencia de diferentes etnias y culturas. Algunas biografías la mencionan como activista; en cuanto a la literatura, se la señala como narradora y ensayista.

Entre sus obras figuran: La hija de Burger, La historia de mi hijo, El encuentro, Mundo de extraños, Un arma en casa, Mejor hoy que mañana. La que se menciona en el dictamen de adjudicación del Nobel: El conservadoren los argumentos se señala a la autora como «quien, a través de su magnífica épica escritura ha sido —en palabras de Alfred Nobel— de gran beneficio para la humanidad».

Los cuentos que más se nombran en diferentes portales son «Un hallazgo« y «El mejor safari». Rescato, en esta oportunidad otro que se vincula mucho con el acto de la escritura y por otra parte contrapone mundos que conviven en espacios cercanos.

Érase una vez


Me escribe una persona pidiéndome que colabore en una antología de cuentos para niños. Contesto que no escribo cuentos para niños; y vuelve a escribirme entonces, diciéndome que en un reciente congreso-seminario-feria del libro cierto novelista dijo que todo escritor debería escribir por lo menos un cuento para niños. Pienso en enviarle una tarjeta postal diciéndole que yo no acepto que «deba» escribir nada.

Y luego anoche me desperté; o, mejor dicho, algo que no supe precisar me despertó.

¿Una voz en la cámara de resonancia del subconsciente? Un sonido.

Un crujido de esos que produce el peso de un pie tras otro sobre un suelo de madera. Escuché. Noté que los pabellones de mis orejas se dilataban a causa de la concentración. Otra vez: el crujido. Estaba pendiente de él; pendiente de oír si indicaba que los pies iban de habitación en habitación, avanzando por el pasillo hasta mi puerta. No tengo blindaje de seguridad, ni pistola bajo la almohada, pero sí tengo los mismos temores que las personas que toman tales precauciones, y los cristales de mis ventanas parecen de escarcha; podrían hacerse añicos como una copa de vino. Una mujer fue asesinada (así lo expresaron) en pleno día en una casa que está a dos manzanas de aquí, el año pasado, y los fieros perros que guardaban a un viejo viudo y a su colección de relojes de pared murieron estrangulados antes de que a él le acuchillase un peón a quien había despedido sin pagarle.

Yo tenía los ojos fijos en la puerta, representándomela en mi mente más que viéndola, allí a oscuras. Permanecí echada y casi inmóvil -como víctima ya-, pero la arritmia de mi corazón porfiaba, golpeando a uno y otro lado de su jaula corporal. ¡Qué bien afinados están los sentidos, aunque faltos de descanso y de sueño! Nunca habría podido escuchar con tal atención en el trajín del día; estudiaba el más leve sonido, identificando y clasificando su potencial amenaza.

Pero comprendí que no estaba amenazada, aunque tampoco a salvo. No era el peso de un cuerpo humano lo que presionaba el entarimado; el crujido procedía de un abarquillamiento, de un epicentro de tensión. En mitad de ella estaba yo. La casa que me envuelve mientras duermo fue construida sobre terreno minado; muy por debajo de donde quedan mi cama, el suelo y los cimientos, los escalones y galerías de las minas de oro han perforado la roca, y si un frontón tiembla, se desprende y cae, mil metros más abajo, toda la casa se mueve ligeramente, produciendo una inquietante tensión en el delicado equilibrio de peso y contrapeso de ladrillos, cemento, madera y cristal que sostiene la estructura que me alberga. Los inarmónicos latidos de mi corazón se fueron moderando como los amortiguados últimos floreos de uno de esos xilófonos de madera que hacen los mineros trashumantes de Chopi y Tsonga, que podían haber estado allá abajo en aquel momento, debajo de mí, en el interior de la tierra. La excavación escalonada donde se producía el derrumbamiento acaso ya no se utilizaba; quizá gotearía agua por sus agrietadas venas; y puede que ahora algunos hombres hubiesen quedado enterrados allí, en la más profunda de las tumbas.

No encontraba una postura en la que mi mente se desprendiera de mi cuerpo, liberándome para volverme a dormir. Así que empecé a contarme un cuento; uno de esos cuentos propios de la hora de acostarse.

En una casa, en un barrio residencial, en una ciudad, había un hombre y su esposa que se querían muchísimo y que vivían felices desde siempre. Tenían un hijo pequeño, y le querían muchísimo. Tenían un gato y un perro a los que su hijo quería muchísimo. Tenían automóvil y caravana para las vacaciones, y tenían una piscina protegida con una cerca para que el pequeño y sus compañeros de juegos no cayesen y se ahogasen. Tenían una chica de servicio de absoluta confianza y un jardinero que trabajaba por horas muy apreciado en el vecindario; pues cuando empezaron a vivir felices para siempre fueron advertidos por aquella vieja bruja sabia, la madre del marido, que no contratasen a nadie fuera de la vecindad. Pertenecían a una mutualidad de asistencia sanitaria, pagaban la tasa de tenencia de su perro, tenían seguro de incendios, inundaciones y robo, y estaban abonados a la Vigilancia Vecinal, que les proporcionó una placa para la verja de la entrada con el rótulo «Está usted advertido» sobre la silueta de un potencial intruso. Este iba enmascarado; no se apreciaba si era blanco o negro y, por lo tanto, demostraba que el propietario no era racista.

No fue posible asegurar la casa, la piscina y el automóvil contra daños producidos por disturbios. Había disturbios, pero fuera de la ciudad, donde se alojaba la gente de otro color. A esta gente no se le permitía entrar en la zona residencial salvo si eran chicas de servicio o jardineros de confianza, así que no había nada que temer, dijo el marido a su esposa. Pero ella temía que algún día aquella gente llegase hasta su calle y arrancase la placa «Está usted advertido», abriese la verja e irrumpiese en el interior… «Bobadas, querida -dijo el marido-, hay policías y soldados y gases lacrimógenos y armas para mantenerlos a distancia.» Sin embargo, para complacerla -pues la quería muchísimo y estaban incendiando autobuses, apedreando automóviles, y los escolares eran abatidos a tiros por la policía, en unos barrios de los que nada se podía ver ni oír desde la zona residencial- había hecho instalar un control electrónico en la verja de entrada. Quienquiera que desdeñase el rótulo «Está usted advertido» y tratase de abrir la verja, tendría que anunciar sus intenciones apretando un botón y hablando a través de un micrófono conectado a la casa. El hijo del matrimonio estaba fascinado por el aparato y lo utilizaba como un walkie-talkie cuando jugaba a policías y ladrones con sus amiguitos.

Los disturbios fueron sofocados, pero hubo muchos robos en el barrio residencial y la fiel sirvienta de unos vecinos fue maniatada y encerrada en un armario por unos ladrones mientras cuidaba de la casa de sus patronos. La fiel sirvienta del matrimonio y del niño se sintió tan afectada por la desgracia sobrevenida a una amiga que, como a menudo le ocurría a ella, tenía la responsabilidad de velar por las pertenencias del matrimonio y del niño pequeño, que suplicó a sus señores que pusiesen rejas en las puertas y ventanas de la casa, y que instalasen un sistema de alarma. La esposa se avino: «Tiene razón, sigamos su consejo». Y así, desde todas las puertas y ventanas de la casa en la que vivían siempre felices vieron entonces los árboles y el cielo entre rejas, y cuando el gatito del niño trató de encaramarse por el montante para hacerle compañía en su camita durante la noche, como hacía habitualmente, la estridente alarma sonó en toda la casa.

A la alarma respondían con frecuencia -esa impresión daba- otras alarmas antirrobo en otras casas, disparadas por gatos domésticos o ratones mordisqueantes. Las alarmas se sucedían por los jardines como chillidos, gemidos y lamentos a los que pronto todos se acostumbraron, de manera que el clamor no sobresaltaba a quienes vivían en el barrio residencial más que el croar de las ranas o la musical vibración de las patas de las cigarras. Protegidos por el clamoreo de las arpías electrónicas, los intrusos serraban los barrotes de hierro e irrumpían en los hogares, llevándose equipos de alta fidelidad, televisores, magnetófonos, cámaras fotográficas y radios, joyas y ropa, y a veces tenían hambre suficiente para devorar todo lo que hubiese en el frigorífico; o se tomaban un descanso audaz para beberse el whisky de la vitrina o del mueble bar del jardín. Las compañías de seguros no pagaban compensación alguna si el whisky era de una sola malta, pérdida sensiblemente agravada por la certeza del propietario de que los ladrones no habrían sabido apreciar lo que se estaban bebiendo.

Luego vino la época en que muchos, no incluidos en las categorías de chicas de servicio y jardineros de fiar, merodeaban por el barrio residencial porque estaban sin empleo. Algunos importunaban en demanda de trabajo: quitar las malas hierbas o pintar un tejado; cualquier cosa, baas, señora. Pero el marido y su esposa recordaban la advertencia acerca de que no contratasen a nadie de fuera del vecindario. Algunos bebían alcohol y ensuciaban la calle tirando las botellas vacías, otros pedían limosna, aguardando a que el marido, o su esposa, saliese con el coche por la puerta de la verja electrónicamente accionada. Se sentaban por doquier con los pies en la cuneta, bajo los jacarandaes que hacían de la calle un túnel verde -porque era un barrio residencial precioso, estropeado solo por su presencia-, y a veces se quedaban dormidos echados justo frente a la verja bajo el sol del mediodía. La esposa nunca pudo soportar ver a nadie pasando hambre. Mandaba a la sirvienta de confianza que les sacase pan y té, pero la sirvienta de confianza decía que eran holgazanes y tsotsis, que entrarían y la maniatarían y la encerrarían en un armario. El marido dijo: «Tiene razón. Sigue su consejo. No consigues más que incitarlos con tu pan y té. Buscan su oportunidad…». Y cada noche retiraba del jardín el triciclo del niño y lo guardaba dentro de la casa, pues si bien esta era desde luego segura una vez todo bien cerrado y conectada la alarma, cabía no obstante la posibilidad de que alguien saltase por el muro o por la verja electrónicamente cerrada y penetrara en el jardín.

«Tienes razón -asintió la esposa-, así que el muro debería ser más alto.» Y la vieja bruja sabia, la madre del marido, pagó los ladrillos adicionales como regalo de Navidad a su hijo y a su esposa (al pequeño le regaló un traje espacial y un libro de cuentos de hadas). Pero cada semana había noticias de más allanamientos: a pleno día y en la oscuridad de la noche, de madrugada e incluso en el delicioso crepúsculo veraniego (a una familia le vaciaron los dormitorios del piso de arriba mientras cenaba en la planta baja). El marido y la esposa, conversando un día sobre el último robo a mano armada ocurrido en el barrio residencial, se distrajeron al ver al gatito de su hijo encaramarse sin esfuerzo por el muro de más de dos metros y descender después, primero con un rápido braceo de sus patas anteriores, extendidas por la superficie vertical, y luego con un grácil impulso, para aterrizar en el jardín sacudiendo la cola como un látigo. En la cara encalada del muro se veía la marca de las idas y venidas del gato; y en el lado que daba a la calle había marcas más grandes, color de tierra, que bien pudieran haber dejado las maltrechas zapatillas deportivas que llevan los vagabundos desempleados, cuyo propósito no sería en absoluto inocente.

Cuando el marido, la esposa y el pequeño sacaban al perro a dar su paseo por las calles vecinas, ya no se detenían a admirar un rosal en flor o un césped perfecto, ocultos como estaban ahora por un despliegue de diferentes variedades de cercas de seguridad, muros y otras defensas. El marido, la esposa, el niño y el perro pasaban ante un notable surtido de sistemas de seguridad: la opción barata de trozos de vidrio incrustados en cemento en lo alto de los muros; las rejas que terminaban en puntas de lanza; los intentos de armonizar la estética de la arquitectura carcelaria con el estilo de las villas españolas (los pinchos pintados de color rosa) y con las urnas de yeso de las fachadas neoclásicas (picas de treinta centímetros con filos como zigzags de relámpago y pintadas de un blanco impoluto). En algunos muros había una pequeña placa adosada con el nombre y el número de teléfono de la empresa responsable de la instalación de los dispositivos. Mientras el pequeño y el perro corrían por delante, el marido y la esposa se entretenían comparando la posible eficacia de cada sistema en relación con su aspecto; y tras varias semanas de reflexionar ante las distintas barricadas, sin necesidad de hablar, ambos llegaron a la conclusión de que solo había un sistema que mereciese la pena. Era el más feo pero el más honesto, de inequívoco estilo de campo de concentración, sin adornos superfluos; completa y evidente eficacia. Colocado a lo largo de los muros, consistía en una espiral continua de rígido y reluciente metal serrado en forma de hojas dentadas, de tal manera que resultaba imposible trepar por encima de la espiral e imposible también pasar por el interior de su túnel sin engancharse en sus colmillos. No habría salida posible, solo una inútil porfía cada vez más sangrienta. El intruso recibiría cortes cada vez más profundos y acerados hasta descarnarse. La esposa se estremeció al mirarlo. «Tienes razón -dijo el marido-, cualquiera se lo pensaría dos veces…» y siguieron el consejo de un pequeño cartel adosado al muro: «Consulte a Dientes de Dragón Seguridad Total».

Al día siguiente llegó una brigada de obreros que instalaron las espirales afiladas como hojas de afeitar a todo lo largo de los muros de la casa, donde el marido y la esposa y el niño y el perro y el gato vivían siempre felices. La luz del sol, reflejada en la endentadura, emitía destellos como cuchilladas y la cornisa de filos de navaja circundaba el hogar, resplandeciente. El marido dijo: «No importa. El tiempo lo irá dejando mate». La esposa dijo: «Te equivocas. Garantizaron que era inoxidable». Y aguardó hasta que el pequeño se alejó corriendo a jugar antes de decir: «Espero que el gato tenga cuidado…». El marido dijo: «No te preocupes, cariño; los gatos siempre miran antes de saltar». Y, ciertamente, a partir de aquel día el gato optó por dormir en la camita del pequeño y no salía del jardín, sin aventurarse nunca a violar la seguridad.

Una noche, la madre, después de acostar al niño, le leyó uno de los cuentos de hadas del libro que la vieja bruja sabia le había regalado por Navidad. Al día siguiente el pequeño jugó a ser el Príncipe que desafía la terrible barrera de espinos para entrar en el palacio y dar a la Bella Durmiente el beso que la devolvería a la vida: arrastró una escalera hasta el muro; el reluciente túnel en espiral era justo lo bastante ancho para que su pequeño cuerpo pudiese penetrar, y en cuanto los afilados dientes se hincaron en sus rodillas y en sus manos y en su cabeza gritó y forcejeó, y se encontró tanto más atrapado cuanto más porfiaba por soltarse. La fiel chica de servicio y el jardinero, a quien «le tocaba» precisamente aquel día, acudieron corriendo; ella, para ver qué le pasaba al pequeño y gritar como él; y el jardinero, para desgarrarse las manos tratando de alcanzar al niño. Entonces el marido y la esposa irrumpieron como locos en el jardín y algo (probablemente el gato) disparó la alarma, cuyo estridente sonido se mezcló con los gritos, mientras la sangrante masa del cuerpecito era liberada de la espiral de seguridad con sierras, cortaalambres y hachuelas y transportada -por el marido, la esposa, la histérica fiel sirvienta y el lloroso jardinero- al interior de la casa.



1992. Derek Walcott

Dramaturgo y poeta en lengua inglesa nacido en las Antillas, en Santa Lucía. Sus obras de teatro no son fácilmente halladas en traducción; sin embargo, en varios estudios se señala el hecho de que en algunas de ellas se observa el mestizaje, la «indigenización». Sus poemas han tenido mayor difusión y de hecho es El testamento de Arkansas la que le valió el Nobel «por una obra poética de gran luminosidad, sustentada por una visión histórica, [siendo] el resultado de un compromiso multicultural». Además del poemario mencionado, algunos títulos destacados: Omeros, La voz del crepúsculo, El viajero afortunado, El rey del caimito, The Odyssey.

Recogo aquí uno de sus poemas; el enlace remite al sitio del que lo extraje:

El amor después del amor

Un tiempo vendrá
en el que, con gran alegría,
te saludarás a ti mismo,
al tú que llega a tu puerta,
al que ves en tu espejo
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fuiste tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.Siéntate. Celebra tu vida.

Agrego además una referencia hallada en una reseña por su fallecimiento (2017) que quizás esclarece más lo relativo al mestizaje, la hibridación que se mencionan en otros sitios:

 Conviene subrayar el profundo sentido del sentimiento de la insularidad que preside toda esta obra poética, y que es visible incluso en el libro más conocido del autor, Omeros, de 1990, traducido en 1994 por José Luis Rivas, a quien se debe igualmente la versión de Midsummer (Pleno verano). Ya desde su misma concepción poética, Omeros parece un imposible creador: una épica renacida en el siglo XX que traslada la visión de la vieja historia mítica a pescadores del Caribe, con una Helena que ahora es una criada negra y un Ulises que va en busca de sus raíces y sus antepasados en la costa occidental de África, todo ello desde el punto de vista de un narrador aprendiz de brujo, trasunto del poeta, un Walcott-Homero ya no ciego, sino poseedor de una mirada llena de la hiriente luz caribeña.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2017/03/17/actualidad/1489761901_795264.html



1993. Toni Morrison

Chloe Anthony Wofford Morrison es mencionada como escritora, profesora y editora estadounidense afroamericana y se alude en muchas reseñas a su vinculación con la cultura de su época como un puente entre la narrativa norteamericana y la de otras regiones del planeta, entre otras razones por un rescate de los orígenes (no sólo propios sino de muchos representantes de otras culturas en el seno de la sociedad estadounidense). Quizás porque, detrás de las palabras precedentes, me parece que hay mucho más para indagar es que el dictamen -que premia su novela Beloved por considerar que su autora es «quien en novelas caracterizadas por fuerza visionaria y sentido poético, da vida a un aspecto esencial de la realidad estadounidense»– me resulte poco ilustrativo en relación con el criterio puesto en juego y hasta una frase estereotipada que, como todo molde, no hace justicia a aquello a lo que hace referencia.

Además de la novela mencionada, otros títulos de la autora: Ojos azules, Una bendición, La isla de los caballeros, El origen de los otros, Paradise.

El siguiente cuento contiene en el título el enlace con su blog de origen, uno de leos que recorro en ciertas oportunidades en búsqueda de cuentos para algunos de mis proyectos: Narrativa Breve

Dulzura

No es mi culpa, así que no pueden culparme. Yo no hice nada y no tengo idea de cómo pasó. Me tomó menos de una hora darme cuenta de que algo andaba mal. Muy mal. Era tan negra que me dio miedo. Negro medianoche, negro sudanés. Mi piel es clara, tengo buen pelo, soy lo que llaman “cobriza”, lo mismo que el padre de Lula Ann. No hay nadie en mi familia que se acerque a ese color. La brea es lo más parecido que se me ocurre. Pero su pelo no va con la piel. Es diferente –liso, pero con rizos, como el de esas tribus desnudas de Australia–. Podrían pensar que es cuestión de herencia, ¿pero herencia de quién? Deberían haber visto a mi abuela: pasaba por blanca. Se casó con un blanco y no le volvió a dirigir la palabra a ninguna de sus hijas. Todas las cartas que recibía de mi madre o mis tías las devolvía enseguida, sin abrir. Finalmente, entendieron el mensaje de “no más mensajes”, y la dejaron tranquila. Casi cualquier mulato o cuarterón hacía eso en aquella época (si tenía el pelo adecuado). ¿Se imaginan cuántos blancos andan por ahí con sangre de negro escondida en sus venas? Adivinen. Escuché que un veinte por ciento. Mi propia madre, Lula Mae, podría haber pasado por una fácilmente, pero decidió no hacerlo. Me contaba el precio que pagó por esa decisión. Cuando fue con mi padre al juzgado para casarse había dos Biblias, y ellos tuvieron que poner la mano en la que estaba reservada para los negros. La otra era para manos blancas. ¡La Biblia! ¿Pueden creerlo? Mi madre era empleada en la casa de una pareja rica de blancos. Se comían todo lo que les preparaba, insistían en que les restregara la espalda cuando se metían a la bañera, y solo Dios sabe qué otras cosas íntimas la ponían a hacer, pero no podían tocar la misma Biblia.

Puede que alguno de ustedes piense que está mal separarnos por tonos de piel (entre más claro mejor) en clubes sociales, barrios, iglesias, hermandades, incluso escuelas segregadas. ¿Pero de qué otra forma podríamos aferrarnos a un poco de dignidad? ¿De qué otra forma podríamos evitar que nos escupan en una farmacia, recibir un codazo en la parada del bus, tener que caminar por la zanja para dejar a los blancos todo el andén, que en la tienda nos cobren un centavo por una bolsa de papel que es gratis para los clientes blancos? Sin mencionar los insultos. Yo supe de todo aquello y mucho, mucho más. Pero, gracias al tono de su piel, a mi madre no le impedían probarse un sombrero o usar el baño de damas en un almacén. Y mi padre podía probarse unos zapatos en la parte delantera de la zapatería en vez de la trastienda. Aun muriéndose de sed, ninguno de los dos se hubiera permitido tomar agua de una fuente “solo para gente de color”.

Odio decirlo, pero sentí vergüenza de Lula Ann desde el comienzo, en la sala de maternidad. Su piel era pálida, como la de todos los bebes al nacer (incluso los africanos), pero cambió rápidamente. Pensé que me estaba volviendo loca cuando se puso azul oscura frente a mis ojos. Sé que enloquecí por un momento porque, solo por unos segundos, puse una manta sobre su cabeza y presioné. Pero no pude hacerlo, no importa cuánto hubiera querido que ella no naciera con ese terrible color. Incluso se me ocurrió dejarla en algún orfanato. Pero temí ser uno de esos monstruos que dejan a sus bebés en las escaleras de una iglesia. Hace poco escuché de una pareja en Alemania (ambos blancos como la nieve) que tuvo un hijo de piel oscura que nadie pudo explicar. Gemelos, creo, uno blanco y uno negro. Pero no sé si es cierto. Lo que sé es que para mí amamantarla era como tener un pigmeo succionando mi pezón. Pasé a darle tetero apenas volví a la casa.

Mi esposo Louis es maletero, y cuando regresó de las vías me miró como si en serio me hubiera vuelto loca, y miró a la bebé como si viniera de Júpiter. No era hombre de decir groserías, así que cuando dijo “Maldita sea, ¿qué demonios es eso?”, supe que estábamos en problemas. Esa fue la razón, lo que comenzó las peleas entre nosotros. Rompió nuestro matrimonio en pedazos. Habíamos tenido tres buenos años, pero cuando ella nació él me echó la culpa, y trataba a Lula Ann como si fuera una intrusa, o mucho peor, una enemiga. Nunca la tocó.

No pude convencerlo de que jamás, jamás me había metido con otro hombre. Estaba rotundamente seguro de que le estaba mintiendo. Discutíamos y discutíamos hasta que le dije que esa negrura tenía que provenir de su familia, no de la mía. Ahí fue que todo se puso peor, tan mal, que simplemente se paró y se fue, y yo tuve que buscar un lugar más barato donde vivir. Hice lo mejor que pude. No era tan ingenua como para llevarla conmigo cuando me entrevistaban los arrendadores, así que la dejaba con una prima adolescente para que la cuidara. De todas formas, no la sacaba mucho, porque cuando la paseaba en el coche la gente se agachaba para mirar y decir algo lindo pero enseguida saltaban hacia atrás y arrugaban la frente. Eso dolía. Si los colores de nuestra piel se invirtieran, hubieran creído que yo era su niñera. Para una mujer de color –incluso siendo cobriza– ya era bastante difícil rentar algo en un lugar decente de la ciudad. En los noventa, cuando Lula Ann nació, la ley prohibía discriminar a los arrendatarios, pero pocos propietarios le prestaban atención. Se inventaban razones para excluirte. Sin embargo, tuve suerte con el señor Leigh, aunque sé que le aumentó siete dólares al precio que pedía en el anuncio y le daba un ataque si te retrasabas un minuto con el pago del alquiler.

Le dije que me llamara “Dulzura” en vez de “madre” o “mamá”. Era más seguro así. Era tan negra y tenía esos labios, que me parecían excesivamente gruesos, y si me hubiera dicho “mamá” eso habría confundido a la gente. Además, el color de sus ojos era extraño: negros como un cuervo, con un matiz azulado –había algo de bruja en ellos–.

Así que por un largo rato solo fuimos las dos, y no necesito decirles lo duro que es ser una esposa abandonada. Supongo que Louis se sintió un poquito mal después de dejarnos así porque, unos meses más tarde, averiguó a dónde nos habíamos mudado y empezó a mandarme dinero una vez al mes, aunque yo nunca se lo pedí, ni fui a la Corte para que lo hiciera. Los cincuenta dólares que me enviaba y mi trabajo nocturno nos sacaron a Lula Ann y a mí de la asistencia social. Eso fue bueno. Ojalá dejaran de decirle asistencia social y volvieran a la palabra que usaban cuando mi madre era una niña; en aquel tiempo se llamaba “alivio”. Suena mucho mejor, como si sólo fuera un breve respiro mientras te vuelves a poner en pie. Además, tratar a los empleados de la asistencia social es como recibir un escupitajo. Cuando finalmente encontré trabajo y no los necesité más, estaba ganando más plata de la que ellos habían ganado nunca. Supongo que su tacañería provenía de los suelditos mezquinos que recibían, y por eso nos trataban como mendigas. Sobre todo cuando miraban a Lula Ann, y luego me miraban a mí (como si estuviéramos tratando de hacer trampa o algo así). Las cosas mejoraron, pero todavía debía tener cuidado, mucho cuidado de cómo la educaba. Debía ser estricta, muy estricta. Lula Ann tenía que aprender a comportarse, a agachar la cabeza y no dar problemas. No me importa cuántas veces se cambie el nombre, su color es una cruz que siempre va a cargar. Pero no es mi culpa. No es mi culpa. No lo es.

Pues sí, a veces me siento mal por cómo traté a Lula Ann cuando era pequeña. Pero entiendan: tenía que protegerla. Ella no conocía el mundo. Con esa piel no tenía sentido ser difícil o presumido, incluso si tenías razón. No en un mundo en el que te podían mandar a una correccional por ser impertinente o por pelearte en el colegio; un mundo en el que te contratan de último y te despiden de primero. Ella no sabía nada de eso, ni de que su piel negra asustaría a los blancos, o haría que se rieran de ella y trataran de hacerle bromas pesadas. Una vez vi cómo un niño de un grupo de chicos blancos le hacía zancadilla a una niña que no podía tener más de diez años, cuya piel no estaba ni cerca de ser tan oscura como la de Lula Ann. Y cuando ella se intentó levantar, otro niño le puso un pie sobre la espalda y la tumbó de nuevo. Los chicos se partían de la risa. Mucho después de que se les escapó, algunos seguían con risitas, tan orgullosos de sí mismos. Si no hubiera estado mirando a través de la ventana del bus la habría ayudado, alejándola de esa gentuza blanca. Miren: si no hubiera adiestrado a Lula Ann correctamente, ella no habría sabido que siempre debía cruzar la calle y evitar a los chicos blancos. Pero las lecciones que le di dieron frutos, y a fin de cuentas ahora estoy muy orgullosa.

No fui una mala madre, sépanlo, pero puede que haya lastimado a mi única hija por tener que protegerla. Tenía que hacerlo. Todo por privilegios de piel. Al principio no pude ver a través de todo ese negro para entender quién era ella y simplemente amarla. Pero la amo. En serio que sí. Creo que ella lo entiende ahora. Eso creo.

Las últimas dos veces que la vi, me pareció que estaba… bueno, despampanante. Atrevida y segura de sí misma. Cada vez que me venía a visitar olvidaba lo negra que en realidad era porque ella lo usaba a su favor con hermosas ropas blancas.

Me enseñó algo que debí haber sabido desde siempre. Lo que le haces a un niño es importante. A veces nunca olvidan. Apenas le fue posible, me abandonó en ese horrible apartamento. Se alejó tanto de mí como pudo; se emperifolló y se consiguió un trabajo superimportante en California. Ya no llama, ni me visita. Me manda plata y cosas de vez en cuando, pero no sé hace cuánto no la veo.

Prefiero este lugar, la Casa Winston, a esos grandes y costosos ancianatos en las afueras de la ciudad. El mío es más pequeño, casero, menos costoso, con enfermeras las veinticuatro horas y un doctor que nos visita dos veces por semana. Solo tengo sesenta y tres años –muy joven para andar retirada–, pero resulté con una enfermedad crónica en los huesos, así que es vital un buen cuidado. El aburrimiento es peor que la debilidad o el dolor, pero las enfermeras son adorables. Una me acabó de besar en la mejilla cuando le dije que voy a ser abuela. Su sonrisa y sus felicitaciones fueron como para alguien a punto de ser coronada. Le mostré la nota en papel azul que recibí de Lula Ann –bueno, firmó “La novia”, pero nunca le presto atención–. Sus palabras suenan atolondradas: “Adivina qué D., estoy tan, pero tan feliz de dar esta noticia. Voy a tener un bebé. Estoy muy, muy emocionada, y espero que tú también lo estés”. Supongo que la emoción es por el bebé y no por el padre, porque no lo menciona en absoluto. Me pregunto si es tan negro como ella. Si es así, no necesita preocuparse como lo hice yo. Las cosas han cambiado un tris desde que yo era joven. En televisión, revistas de modas, comerciales, por todos lados hay negros-azules, incluso protagonizando películas.

No hay dirección del remitente en el sobre. Así que supongo que sigo siendo la mala madre, por siempre castigada hasta que muera, por la manera bien intencionada y, de hecho necesaria, como la crié. Sé que me odia. Nuestra relación consiste en que ella me envía dinero. Tengo que admitir que se lo agradezco, porque así no tengo que rogar por cosas extras, como algunos de los otros pacientes. Si quiero un mazo de cartas nuevecito para jugar solitario puedo comprarlo, y no tengo que jugar con el sucio y gastado que hay en el salón. Y puedo comprar mi crema especial para la cara. Pero no me engaño. Sé que la plata que me envía es una forma de mantenerse alejada y acallar el poco de conciencia que aún le queda.

Si sueno amargada, desagradecida, es en parte porque en el fondo hay arrepentimiento. Todas esas pequeñas cosas que no hice o hice mal. Recuerdo la primera vez que le llegó el período y cómo reaccioné. O cómo le gritaba cuando se tropezaba o dejaba caer algo. Es cierto. Me molestaba, incluso me repelía su piel negra cuando nació y al principio pensé en… no. Tengo que alejar esos recuerdos, rápido. No tiene caso. Sé que hice lo mejor para ella dadas las circunstancias. Cuando mi esposo huyó de nosotras, Lula Ann era una carga, y pesada. Pero la llevé bien.

Sí, fui dura con ella, pueden apostarlo. Cuando tenía doce años e iba para trece tuve que ser aun más dura. Andaba respondona, no quería comer lo que le preparaba, se hacía peinados. Yo le trenzaba el pelo, y cuando se iba al colegio ella se lo destrenzaba. No podía dejar que se me dañara. Me planté fuerte y le advertí cómo la llamarían. En todo caso, algo de lo que le enseñé debió pegársele. ¿Ven en qué se convirtió? Una chica rica y con estudios. ¿Qué tal?

Ahora está embarazada. Buena jugada, Lula Ann. Si piensas que la maternidad es puro arrullo, zapatitos y pañales, te espera una gran sorpresa. Bien grande. A ti y al anónimo de tu novio, esposo, amante –lo que sea–. Imagínate, “Oh, ¡un bebé! ¡Cuchi cuchi cu!”.

Ponme atención. Estás a punto de darte cuenta de lo que se necesita, de cómo es el mundo, cómo funciona, y cómo cambia cuando te conviertes en madre.

Buena suerte, y que Dios ayude a la criatura.

Literáfricas: En el enlace, un artículo de ese blog acerca de Toni Morrison en ocasión de su fallecimiento (2019) con la inclusión de opiniones de sus lectores acerca de los libros preferidos:    https://literafrica.wordpress.com/



1994. Kenzaburō Ōe

大江 健三郎 narrador y ensayista japonés. En varias reseñas se lo menciona como portavoz de una nueva generación de la narrativa luego de Yukio Mishima. Algunas de sus obras más representativas: El grito silencioso, Salto mortal, Arrancad las semillas fusilad a los niños, Muerte por agua, La bella Annabel Lee, Las aguas han invadido mi alma.

Este dato, sumado al conocimiento de que la obra Una cuestión personal está muy vinculada con la historia personal del escritor (del que se conoce públicamente el modo en que la literatura retrata parte de la historia de su hijo, nacido con una discapacidad) motiva cierta perplejidad cuando la Academia señala razones para ser merecedor del Nobel en las que no sólo se hace a un lado lo personal como representación de lo universal sino que la vinculación del escritor con su cultura tampoco parece en este caso adquirir relevancia. Se adjudica el galardón a «quien con fuerza poética crea un mundo imaginario, donde se condensan la vida y el mito para formar una imagen desconcertante de la condición humana de hoy en día».

Hasta que no encuentre otro texto que pueda aportar aquí, dejaré este fragmento de la novela Una cuestión personal:

Lentamente, Bird se quitó su sudorosa ropa y se recostó sobre la gastada cobija. Apuntalando su cabeza sobre sus dos puños miró con los ojos entrecerrados la panza sobre su vientre y su blancuzco e insuficientemente erecto pene. Himiko, con la puerta de vidrio del baño abierta de par en par, se reclinó de espaldas sobre el escusado, abrió de par en par sus muslos y bañó sus genitales con agua de un gran cántaro que sostenía en una mano. Bird la miró desde la cama un rato y supuso que esta era una sabiduría obtenida por relaciones sexuales con extranjeros. Luego volvió a mirar con calma su propia barriga y pene, y esperó. 
(…)
Respirando fuerte, saludablemente, Himiko miró hacia abajo a Bird y siguió secándose los costados y el pecho entre sus senos. Parecía estar especulando sobre el significado oculto en las palabras de Bird. El olor de su cuerpo hacía venir recuerdos agudos de veranos universitarios y Bird aguantó la respiración; la piel tostándose en el sol. Himiko arrugó su nariz como un cachorro de spaniel y rió con una carcajada simple y seca. Bird se puso escarlata.


1995. Seamus Heaney

Poeta irlandés; a través de  Norte fue galardonado «por las obras de una belleza lírica y una profundidad ética, que exaltan milagros diarios y vidas pasadas».  Otros textos de este escritor: Cadena humana, Beowulf, La muerte de un naturalista.

Luis Carlos Ramírez Lascarro, colombiano, da cuenta en primera persona en el artículo de Panorama cultural de las impresiones que le produjeron su encuentro con el escritor. Lo he escogido no sólo porque los testimonios en primera persona suelen ser más vívidos sino porque es valioso como expresión de la esencia de este autor (sobre todo si observamos que no hay mucho escrito acerca de él y disponible para cualquier tipo de lector). Transcribo a continuación dos fragmentos de ese artículo:

Al premio Nobel de Literatura de 1995, el poeta y crítico literario irlandés lo conocí en medio de mis búsquedas sobre el tratamiento o el abordaje de la violencia desde la poesía,

Heaney, como muchos de nosotros, nació y creció en medio de una violencia que ha desgarrado a su país por más de cien años y que en su crueldad y sin razón tiene mucho que ver con la que padecemos en Colombia y que nos lleva en muchas ocasiones a sentir a sus poemas como propios. Era imposible leerla sin comprarla por la envoltura que traía… Al llegar a la caja me encontré con la sorpresa de que ese único ejemplar estaba autografiado por el mismo Broderick, lo que casi impide la compra–venta hasta que el mismo homenajeado con su autógrafo, el director de la Casa de Poesía, autorizó la venta.

Hay en el artículo anterior cinco poemas de Heaney; ya había seleccionado uno cuando me crucé con el que transcribo, del cual señala Roberto Castillo Sandoval que le recuerda «El arado» de Víctor Jara (en Antípodas):

Seguidor

Mi padre trabajaba con su arado de caballos,
sus hombros hinchados como vela a todo viento
entre el surco y las manceras.
Los caballos se esforzaban al chasquido de su lengua.

Era experto. Colocaba la orejera
y ajustaba el diente de brillante acero.
La tierra se apartaba como oleaje sin romper.
Al final del surco, con un solo tirón

De las riendas, la collera sudorosa se volteaba
y de vuelta en dirección al campo. Sus ojos
entrecerrados y en ángulo al suelo,
navegando el surco con exactitud.

A tropezones en la estela de sus botas,
me caía a veces en la tierra limpia;
a veces me llevaba en sus espaldas,
en el sube y baja de su paso lento.

Yo quería crecer y poder arar,
cerrar un ojo, afirmar el brazo.
No hice más que seguir
su sombra ancha por el campo.

Yo era un estorbo, me tropezaba y me caía,
siempre iba parloteando. Pero hoy
es mi padre quien se pasa tropezando
detrás mío, y no se quiere ir.



1996. Wisława Szymborska

Maria Wisława Anna Szymborska, poeta, ensayista y traductora polaca. Tengo por ahora pocos datos acerca de ella. Su obra Mil consuelos resultó galardonada «por su poesía que con precisión irónica permite que los contextos histórico y biológico salgan a la luz en los fragmentos de la realidad humana». Lástima que la frase no da cuenta del significado acabado del dictamen: es cierto que la poesía de Szymborska exhibe ironía (no es que yo lo diga; lo mencionan muchos de los que seleccionan sus textos); es cierto también que ella puede develar contextos históricos pero ¿cuál es esa realidad humana fragmentada que se desnuda en la ironía de esta autora? Quizás aquellos jirones de historia vinculados con nazismo, holocausto, la noche del comunismo, stalinismo,.. Sin ninguna valoración de mi parte al mencionar algunos de los momentos polémicos del siglo XX, sin duda muchos de ellos han jugado un papel importante en la literatura de la poetisa polaca. Fue reacia a que se escribiera su biografía pero en una que logró editarse y a la que finalmente accedió (aquí la fuente: abc.es) se hace referencia a la amargura que le produce la desilusión que sufre en relación con los ideales relacionados con el stalinismo.

Otras obras: Paisaje con grano de arena, Aquí, Utopía, Un amor feliz, Poesía no completa.

En esta entrada Lo que no se dice recojo un poema de la escritora. En el sitio (https://deesonosehabla.wordpress.com/) pueden encontrar otros.

Retrato de mujer

Debe ser a elección.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale un intento.
Sus ojos son, si cabe, una vez azules, otra vez grises,
negros, alegres, sin causa llenos de lágrimas.
Duerme con él como una cualquiera, única en el mundo.
Le parirá cuatro hijos, ningún hijo, uno.
Ingenua, mas la que mejor aconseja.
Débil, mas podrá con el peso.
No tiene cabeza, pues la tendrá.
Lee a Jaspers, y revistas de mujeres.
No sabe el porqué de este tornillo y construirá un puente.
Joven, como siempre joven, todavía joven.
Sostiene en sus manos un gorrión alirroto,
su propio dinero para un viaje largo y ajeno,
un mazo, una compresa y una copa de vodka.
¿A dónde corre? ¿no está cansada?
Que no, un poco, mucho, no pasa nada.
O le quiere o se empeña.
Por lo bueno, por lo malo y por el amor de Dios.



1997. Darío Fo

En esta oportunidad el premio recae en un dramaturgo, con el complemento de que no sólo es escritor sino además actor y director teatral. El autor, sorprendido por su designación como Premio Nobel, se destacó (entre otras cuestiones de índole académica) por: haber fundado una compañía teatral; como Cervantes, llegar a la cárcel (pero a causa de su literatura); combinar la comedia con un tono político peculiar. Quizás hayan sido estos algunos de los factores que decidieran el merecimiento del premio por Muerte accidental de un anarquista «por emular a los bufones de la Edad Media en la autoridad flagelante y por defender la dignidad de los oprimidos».

«Hace quince días supe que era finalista para el Premio Nobel, junto con el portugués José Saramago. Es cierto que me produce mucha impresión encontrarme ahora en compañía de gente como Luigi Pirandello o Samuel Beckett. Sería un hipócrita si dijera que estaba seguro de ganar. No, no lo esperaba, especialmente porque es la primera vez que se premia a un autor-actor»

Las palabras precedentes dan cuenta de que no estaba ni en sus aspiraciones ni expectativas obtener el galardón. (Fuente: La Nación )

Dado que no he encontrado un monólogo o parlamento acorde para esta publicación, provisoriamente dejaré aquí asentadas algunas de las frases pronunciadas por Fo:

 “La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos.”

„Nunca se prestan cañones a quien puede servirse de ellos para disparar contra nosotros“

„Como decía Orson Welles, para tener material siempre nuevo, basta confiar en las noticias.“

„El adiós más doloroso es el del sabio que te deja para siempre“

„Un antiguo proverbio reza: «Si las hienas te van pisando los talones, arrójales para que se alimenten el más jugoso de los bocados: un cordero recién nacido. Ya verás, cuando abran las mandíbulas para triturar a su presa, no hay hiena ni chacal que preste atención al resto».“



1998. José Saramago

No había yo leído nada de José Saramago cuando me crucé con el nombre de una de sus primeras obras (Todos los nombres) y la reseña de uno de los pocos críticos en los que a veces confío. Recuerdo que en mi cabeza resonó un pensamiento: «Este va a ser Premio Nobel». Sé que no es muy académico lo que planteo pero en algún momento esta anécdota personal debía encontrar un lugar.

Narrador y ensayista, Saramago se destacó en diversos libros con variadas temáticas y estilos y un posible hilo conductor: el «extrañamiento» de la mirada para poder ver desde múltiples ángulos una realidad que resulta difícil de cercar. Algo de lo que acabo de enunciar queda reflejado en el dictamen que selecciona Ensayo sobre la ceguera como la obra de «quien, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía, continuamente nos permite aprehender una vez más una realidad elusiva».

Cada libro del escritor portugués, narrativa o ensayo (o ambos al mismo tiempo y con algún germen de parábola), aborda un aprendizaje acerca del ser humano y su entorno: Ensayo sobre la lucidez, Memorial del convento, Caín, La caverna, La balsa de piedra, El cuento de la isla desconocida, sus escritos en relación con los Pecados Capitales.

Habiendo escrito además cuentos y poemas, elijo en esta ocasión un microrrelato en el que el escritor nos transmite además algo de su relación con la literatura:

La falsa locura de Alonso Quijano


El verdadero yo está en otro lugar
(Podría haber dicho Rimbaud)

Don Quijote no está loco: simplemente finge una locura. No tuvo otro remedio que obligarse a cometer las acciones más disparatadas que le pasasen por la mente para que los demás no alimentaran ninguna duda acerca de su estado de alienación mental. Solo fingiéndose loco podía haber atacado a los molinos, solo atacando a los molinos podría esperar que la gente lo considerara loco. En virtud de esa genial simulación de Cervantes, el bueno de Alonso Quijano, convertido en don Quijote, consiguió abrir la puerta que todavía le estaba faltando: la de la libertad. La curiosidad lo empujó a leer, la lectura lo hizo imaginar, y ahora, libre de las ataduras de la costumbre y de la rutina, ya puede recorrer los caminos del mundo, comenzando por estas planicies de La Mancha, porque la aventura —bueno es que se sepa— no elige lugares ni tiempos, por más prosaicos y banales que sean o parezcan. Aventura que, en este caso de don Quijote, no es solo de la acción, sino también, y principalmente, de la palabra.



1999. Günter Grass

 “El dolor es la principal causa que me hace trabajar y crear”

La frase anterior aparece en una entrevista que en 2015 le hicieron para el diario español El País. Falta el contexto: el escritor  alemán, que además había formado parte de las SS hitlerianas, había transitado las dos guerras mundiales y tomado conciencia (como muchos de los que van llegando a fines del siglo XX) del espíritu autodestructivo de la humanidad (conversa inclusive acerca del cambio climático y su incidencia en la vida de los seres humanos). Cuando es entrevistado, señala el dolor, la conciencia del dolor de los otros (alude también a Albert Camus), como el motor que lleva al artista a expresar sus más íntimas pulsiones con la necesidad de identificarse con el resto de los mortales (en sus diferentes contextos y espacios coexistentes): recuerda, por ejemplo, que el genocidio y el Holocausto que atravesaron a Alemania forman parte de una historia que no está concluida y que pudiera repetirse.

La obra premiada del autor, El tambor de hojalata, lo señala como aquel escritor «cuyas juguetonas fábulas negras retratan el rostro olvidado de la Historia». Frase enigmática, si se quiere, puesto que no devela qué rostro de la historia pulula en estas obras. Pelando la cebolla, Mi siglo, A paso de cangrejo, Sacar la lengua, Hallazgos para no lectores son algunas de sus obras.

Quizás no sea este el poema que mejor lo representa pero, tratándose de una reseña dedicada a una década de escritores, prefiero no agobiarlos con materiales extensos. Ya tendré oportunidad de volver con algunos de los escritores que en estos espacios merecen mayor detenimiento en sus características multifacéticas:

Inundación

Esperamos que cese la lluvia,

aunque nos hemos acostumbrado

a permanecer invisibles, tras la cortina.

La cuchara es colador ahora y nadie se atreve ya

a extender la mano.

Muchas cosas flotan por las calles,

cosas bien escondidas en tiempo seco.

¡Qué penoso ver las sábanas usadas del vecino!

Vamos a menudo al indicador de nivel

y comparamos, como relojes, nuestras cuitas.

Algunas cosas pueden regularse.

Pero cuando los aljibes se desborden y se colme la medida que heredamos

tendremos que ponernos a rezar.

El sótano está sumergido, hemos subido las cajas

y comprobamos con la lista el contenido.

Todavía no se ha perdido nada…

Como es seguro que las aguas bajarán pronto

hemos empezado a coser sombrillitas.

Será muy duro volver a cruzar la plaza,

claramente, con sombra de plomo.

Al principio echaremos de menos la cortina

y bajaremos al sótano a menudo

para contemplar la marca

que las aguas nos legaron.



2000. Gao Xingjian

高行健 dramaturgo y novelista chino que reside en Francia y ha adoptado la ciudadanía de ese país. Perteneció a una generación de la literatura china con una posición crítica con respecto a la revolución cultural china. Algunas de sus obras: El libro de un hombre solo, Una caña de pescar para el abuelo, La huida. Su premiación se vincula con La Montaña del Alma «por una obra de validez universal, con puntos de vista penetrantes e ingenio lingüístico, ha abierto nuevos caminos para la novela y el teatro chinos». 

Como en muchos casos de escritores de fines de siglo, nos encontramos con uno que no sólo se expresa en los diferentes tipos textuales del arte literario sino que incursiona en la pintura, el cine y otras manifestaciones. Una de sus últimas experimentaciones fue la de un cine-poema, «El duelo por la belleza» (también traducido como «Requiem por la belleza») que, además de fusionar técnicas y estrategias de  lenguajes diferentes y complementarios, se distingue además en esta ocasión porque su creador se negó a incluirlo en el circuito del cine comercial para que no esté sometido a las leyes del mercado.

A continuación, algunas frases del escritor:

„Te bastará con familiarizarte con la naturaleza y ella se acercará a ti. El hombre, si es inteligente, por supuesto, es capaz de crearlo todo, desde las calumnias hasta los bebés probeta, pero al mismo tiempo extermina a diario dos o tres especies en el mundo. Este es el gran autoengaño de los hombres.“

„La libertad no es un derecho del hombre que concede el cielo, y la libertad de soñar tampoco se adquiere desde el nacimiento: es una capacidad que hay que preservar, una conciencia, sobre todo porque las pesadillas no paran de perturbarla.“

„El hombre no puede deshacerse de esta máscara, es la proyección de su carne y de su alma. Se le pega a la piel, jamás podrá liberarse de ella, pero está sumido en un profundo asombro, como si no pudiera creer que se trate de sí mismo. Esta imposibilidad de abandonar la máscara le causaba inmensos sufrimientos. Una vez que se la ha puesto, es imposible arrancársela, porque no tiene voluntad personal, o, si la tiene, no conoce el modo de expresarla y prefiere no mostrarla. La máscara deja así la impresión de un hombre que se contempla eternamente en el más profundo de los asombros.“