RECALCULANDO

Parece que fue ayer cuando avisé que continuaría con los discursos de los Premios Nobel. Ahora, revisando, veo que desde marzo no he vuelto a trabajar sobre el tema así que a continuación tendremos una seguidilla de artículos en los que irán apareciendo aleatoriamente algunas reflexiones acerca de diferentes discursos que he ido recogiendo.

Acciones culturales sorprendentes

Marcos Porrini

Entrevista a Marcos, ex alumno del colegio ‘Mariano Moreno’ donde trabajé durante más de 30 años, hasta el pasado 30 de septiembre. Habla acerca de su actividad actual en Santiago del Estero. Dedicado a todos mis alumnos y a docentes que siguen las trayectorias de sus ex alumnos: Graciela Redoano, Verónica Zorzano, Raúl De Carli, entre algunos de ellos. También a otros ex alumnos como Gimena Alegría y tantos otros que no caben en este espacio.

Origen: Marcos Porrini desde Santiago del Estero (Entrevista de Cayetano Zemborain)

Lo que aparece escrito unas líneas más arriba no es ni más ni menos que lo que coloqué como descripción de la entrevista que le realizaron a Marcos en El búho de Balvanera el pasado sábado 16 de octubre. Hay mucho más para decir pero casi todo está en lo que escucharán siguiendo el enlace al recorte que realicé del programa que se transmite por AM 1010 Onda Latina. En la foto no está Marcos porque se nos escapó unos minutos antes. Ya tendremos otras oportunidades para encontrarlo.

Y llegamos hasta 2020

Acabo de cerrar la reseña de los Nobel 2011-2019, que por supuesto deberé editar a fin de año si tenemos la suerte de que se realice la ceremonia de premiación y que haya quienes puedan ser nominados (de lo cual nos enteraremos allí por octubre). Entretanto, les dejo aquí el link para ir a esa página.

Luego de actualizar la página de esta década y de publicar la entrada en relación con el galardón de Literatura en 2020, olvidé actualizar aquí el enlace a la página, aunque seguramente quienes hayan sido llevados a ella ya habrán encontrado la reseña en relación con Louise Glück. De todos modos, corrijo aquí.

PREMIOS 2011-2020

DOS MUJERES: DOS VOCES, UNA MISMA PULSIÓN

Sin ninguna duda cada una de ellas merece su espacio propio. Sin embargo, es muy habitual que cada vez que se hace alusión a Nelly Sachs (ganadora del Nobel en 1966) se recuerde que otra galardonada (Selma Lagerloff) en 1909 fue una de las responsables de salvar a Nelly y su madre del exterminio en época nazi.

Es cierto que el discurso de Sachs se detiene en el agradecimiento hacia esa mujer que las ayudó, pero también hay que considerar que cada una representa momentos distintos de la entrega del Nobel y circunstancias diferentes para el caso de las mujeres.

Lagerloff, que lo había obtenido en 1909, había sido la primera mujer en ser galardonada. Así como lo observamos en otra escritora del mediados de siglo, resuenan en su discurso el agradecimiento por el honor recibido así como la nostalgia por el padre que ya no está y que seguramente tendría unas palabras para ella. Un tono intimista y de armonía en relación con la comunidad.

En el caso de Sachs, en 1966, el agradecimiento está dirigido especialmente a aquella que,  habiéndola ayudado a huir de su país natal (Sachs era judía alemana) hacia una Suecia que la recibió como una ciudadana más y a la que le brindó todo lo que intelectualmente podía, es de alguna forma responsable de que haya llegado a estar en ese lugar, ese día, para recibir un premio (compartido con Samuel Josef Agnon).

Como sea, estamos todavía frente a entregas del premio en los que todavía predominan los agradecimientos (aunque una pertenezca a comienzos de siglo y la otra pasada la mitad del mismo) más que los posicionamientos estéticos, culturales, políticos al estilo delos que encontraremos hacia fines de siglo (alguno de los cuales ya ha aparecido en una entrada anterior). 

Lo que es interesante de esta historia es cómo la vida nos lleva a reencontrarnos de modos tan particulares. Quién les hubiese dicho tanto a una como a la otra que, luego de aquella acción de ayudar a alguien en riesgo en época del nazismo, se cruzarían nuevamente en el ámbito en el que el arte premia a los exponentes de una búsqueda tan vital como un estilo para transmitir a otros historia, ideas, sentimientos, belleza.

Allí nos queda Samuel Josef Agnon, que tendrá su lugar en especial (aun cuando también sea interesante contrastar su escritura con la de Nelly Sachs.

1909-Selma_LagerlöfSelma Lagerlöff

 

1966-Nelly Sachs

Nelly Sachs

INGRESAMOS EN EL SIGLO XXI

Bien. He aquí que acabo de completar (aunque me gustará volver a editar algunos textos) la reseña que abarca los Nobel 2001-2010. Seguramente habrá para debatir o aportar o descubrir, puesto que nos acercamos cada vez más a este 2020 en que no sabemos qué destino vaya a tener el premio y su habitual ceremonia.

Última década del siglo XX

1991-2000

Sí, acabo de cerrar la página que completa el siglo XX. Por supuesto, algunos autores serán revisitados por muy diversas razones y, además, todavía está en pie el proyecto que ya comencé acerca de comentar mis impresiones en relación con sus discursos al momento de recibir el Premio Nobel.

Recuerden que si bien las reseñas por décadas las estoy realizando en orden cronológico, en el caso del análisis de los discursos voy a ir saltando hacia atrás y adelante según vayan surgiendo inquietudes e intereses (no siempre en forma aleatoria o arbitraria).

Gabriel García Márquez: 1982

Quizás sea este discurso uno de los que más se ha citado y analizado en diferentes épocas y naciones. Y creo que es porque, aun cuando en las palabras resuena la urgencia de lo latinoamericano, estos conceptos elaborados por García Márquez no dejan de representar lo más íntimo y esencial del ser humano: la SOLEDAD en la sociedad y en lo personal entendida como aquello que hace que cada uno se sienta frecuentemente desarraigado, abandonado, incomprendido por los demás, por un ser creador y hasta por uno mismo.

También en su discurso, como en la mayoría de los que conocemos desde los registrados en diferentes publicaciones, resuenan nombres de otros escritores mencionados por García Márquez como ejemplos de posicionamientos frente al arte y la vida: Pablo Neruda, William Faulkner, entre otros. Destaco a continuación un segmentos, aunque debajo de este les dejo el discurso completo (casi podría decir que un ensayo acerca de la realidad):

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios



La soledad de América Latina

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

OLGA TOKARCZUK: Nobel 2019

Nobel 2019

En este derrotero de tomar discursos de recepción de los Nobel de Literatura no voy a proceder cronológicamente como en la reseña de las décadas sino que voy a ir y venir en el tiempo, sobre todo porque sería imposible compendiar todo rápidamente y además lograr cierta «justicia» en cuanto a quién es recordado o mencionado entre los primeros lugares. En el link que antecede estas líneas hay un artículo en el que, además de transcribir el discurso completo de la escritora polaca, se realiza una síntesis de lo que ella plantea.

Por mi parte, creo que las cuestiones más destacables de ese discurso, ya sea porque retoma ideas de múltiples escritores, ya por las que reelabora en función de nuestra vida actual, ya por la imagen de la TERNURA que allí aparece y es interpretada de modo diverso, puedo plantearlas en estos términos:

a. Lo que se traduce como TERNURA no es ni más ni menos que aquella tendencia que el artista busca en relación con el hombre y el universo por lograr una empatía que le permita abarcar la comprensión de múltiples y diversas realidades.

b. Las referencias y alusiones a escritores de diversos tiempos resultan interesantes en función de cómo las vincula con sus imágenes acerca de la lectura, la escritura, la ficción. Por ejemplo, cuando al referirse a Internet parodia la frase de Shakespeare: «Internet es una historia, contada por un idiota, llena de ruido y furia».

c. La incidencia de la web, por otra parte, está asociada en sus palabras con todo aquello que hace de la actualidad un mundo en el que múltiples personas devengan en escritores de modos muy diversos, sin que necesariamente esto implique una reformulación de la esencia más primitiva de la LITERATURA.

d. Palabras como mito, fábula, parábola... conviven en su discurso en tanto plantea hasta qué punto la literatura actual se enfrenta al desafío de ser ficcional al mismo tiempo que verídica (en un sentido amplio y complejo) para volver a formular su sentido ficcional, en el que la voz narradora no deja de tener un papel especial: es parte del mundo que representa aun cuando no sea personaje dentro del mismo (lo que ella denomina como una CUARTA persona).

e. La cuestión acerca de un mundo que parece ir hacia su destrucción, la necesidad de elaboración de una nueva concepción del «realismo», la consideración acerca de sus búsquedas en la escritura, la literatura y la relación con la realidad son puntos que ocupan espacios importantes dentro de su discurso.

Cito a continuación un segmento del extenso discurso que figura en el enlace:

Creo que tenemos una redefinición por delante de lo que entendemos hoy en día por el concepto de realismo, y una búsqueda de uno nuevo que nos permita ir más allá de los límites de nuestro ego y penetrar en la pantalla de vidrio a través de la cual vemos el mundo. Porque en estos días la necesidad de la realidad es atendida por los medios de comunicación, los sitios de redes sociales y las relaciones indirectas en Internet. Quizás lo que inevitablemente nos espera es una especie de neo-surrealismo, algunos puntos de vista reorganizados que no temerán enfrentarse a una paradoja e irán contra la corriente cuando se trata del simple orden de causa y -efecto. De hecho, nuestra realidad ya se ha vuelto surrealista.

Década 1961-1970

https://conotrasmiradas.wordpress.com/los-premios-nobel/1961-1970/

     Cuando casi estaba finalizando la página que les anuncio en esta entrada, recordé que antes de empezar con la primera década de entregas del Nobel de Literatura mi idea había sido recorrer los discursos de quienes recibieron los premios. Como luego emprendí el camino de otro modo, calculo que en poco tiempo (o cuando haya llegado a la década en la que estamos ahora) volveré a retomar esa intención.

     Por lo pronto debo confesar que esta década en particular me ha mostrado, quizás porque nos vamos acercando a nuestro tiempo, muchas de las vetas que siempre ponen sobre el tapete los criterios que se siguen para la elección de los autores premiados. Sin duda, en las siguientes décadas esto se acentúa y lo iremos revisando juntos a medida que vaya avanzando en los 50 años que falta recorrer hasta la actualidad (y sin saber todavía qué nos depara el 2020); sin embargo, haciendo referencia por ejemplo a Miguel Ángel Asturias, Samuel Beckett, Alexsandr Solzhenitsyn, Jean Paul Sartre, Nelly Sachs, Schmuel Yosef Agnon se abrió un abanico que reúne varias de las inquietudes que me han llamado la atención en algunos dictámenes:

  • reconocimiento a escritores vinculados con el judaísmo o la tradición hebrea en momentos en que la Segunda Guerra Mundial ha dejado una brecha importante en continua discusión acerca de la actuación de varios países
  • distinción de obras que, al menos en la actualidad tienen un compromiso político/social insoslayable, son valoradas por otras virtudes de los escritores en textos de otro estilo
  • explicación de distintos motivos que llevan a los escritores a declinar o rechazar el premio
  • selección de escritores políticamente correctos (sin que eso desmerezca su obra) porque toman posición alineada con la mirada (no reprobatoria, sino parcial o subjetiva) de quienes se encargan de determinar los galardones

     Quien ha seguido hasta aquí mi pensamiento, más allá de que podrá aportar varias cuestiones más y hasta más interesantes, habrá notado que en la enumeración anterior (que no es exhaustiva) han aparecido puntos positivos y negativos y en algunos casos hasta se contraponen entre sí. Esto no hace más que demostrarnos que este premio es al fin y al cabo una acción humana más, teñida de virtudes y defectos, discutible, imperfecta pero también valiosa. No puedo dejar de mencionar, como ya lo hicieran muchos otros antes (inclusive escritores galardonados), que se entiende así por qué algunos literatos nunca llegaron (otros no llegarán) a la obtención de este premio: como argentina, no puedo dejar de mencionar (podrían ser Ernesto Sábato, Julio Cortázar también) a Jorge Luis Borges. Cuando Pablo Neruda (y ya llegaremos a él) recibió el Nobel, mencionó que creía que le correspondía a Borges; cuando se publicó El nombre de la rosa, Umberto Eco señaló que el germen de ese espacio circular e infinito de la biblioteca en la que se centran los enigmas se le había ocurrido luego de leer un cuento de nuestro escritor (el más nacional y más universal a un tiempo y, pese a todo, el menos reconocido y más combatido en su propio país); cada vez que algún artista extranjero habla de Argentina (cine, pintura, literatura, crítica…) tiene algo para señalar o recordar de él.