MARIO VARGAS LLOSA: ¿la literatura como evasión o como liberación?

Elogio de la lectura y la ficción  (FUENTE)

Por supuesto, como en otras ocasiones, he dejado allí arriba el link para que revisen el discurso completo expuesto por Mario Vargas Llosa en ocasión de recibir el Premio Nobel.

Recuerdo un artículo (en cuanto vuelva a encontrarlo lo enlazo acá) en el que Vargas Llosa destacaba que no se es mejor escritor ni más representativo de su propio país por permanecer en él y que ello es absolutamente independiente del país y la lengua que haya decidido adoptar, siempre y cuando conserve la vinculación con sus raíces. Algo de aquello pueda quizás resonar en las siguientes palabras, pero agregan dos cuestiones: se conoce la propia tierra a la distancia y se la valora por el prestigio que toma en Europa, por un lado; se remarca la idea de una América Latina que suele ser más conocida por razones políticas más que artísticas.

Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

Al releer el discurso no me he podido abstraer al planteo de varios críticos y escritores acerca de si su participación intelectual en Perú y en el mundo está centrada en la política o en el arte. Y ciertamente, aunque todos seamos seres políticos, me ha faltado encontrar en esta exposición ideas tan potentes o convincentes en relación con la literatura como las que despliega en torno a la política, en particular la de América Latina. Por otra parte, en la cita precedente se observa un Mario Vargas Llosa que no se diferencia de la mirada europea: del mismo modo que ellos ha descubierto la veta artística de Latinoamérica fuera de su nación, en lugar de llevar con él su tradición hacia aquel continente:

Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Siempre que se habla de Mario Vargas Llosa pareciera que uno debiera referirse a su militancia política, a su formación en un colegio militar, a su carácter de “ciudadano del mundo” (según sus palabras y haciendo referencia a sus estadías y aprendizajes en Francia y España), a sus cuentos y novelas. Además, lo que en general se observa en su discurso es que las experiencias intelectuales que comparte tanto en Francia como en España están más vinculados con la política que con la literatura; es cierto que durante la época de la Guerra Civil Española los escritores latinoamericanos fueron los primeros en alzar la voz contra los embates de la dictadura, pero en el caso de Vargas Llosa ocurre que, si por un lado percibe o atisba en aquellas épocas de residencia en España lo feroz de la política y la necesidad de que la cultura florezca, parece no haber comprendido el proceso agónico de transformación que ha debido atravesar España (y lo duro que fue para regiones españolas, Cataluña entre ellas, recuperar su lugar y su tradición) para revertir lo que dejara sembrado el franquismo. Basta con leer las crónicas que realizan en la actualidad en Aragón acerca del rescate de nuevas huellas y cuerpos de desaparecidos de aquella época en estos últimos años para comprender que lo que sigue es una verdad a medias:

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría.

En mi opinión, dejando de lado el valor estético de su narrativa, uno debiera enfocarse en el dramaturgo de obras tales como La señorita de Tacna y algunas otras entre las cuales destaca El loco de los balcones. Es en realidad en esos espacios donde aparece el Vargas Llosa que pone en práctica lo que aquí sólo circula en las palabras, a veces sospechosas de una connivencia con lo que se entiende que la comunidad cultural desea escuchar. La obra de teatro que menciono conjuga la visión del siglo XX de lo que ha sucedido en una sociedad peruana que se escinde entre la valoración de la llegada del conquistador español, la ciudad como exposición de las diferentes capas que han sedimentado la cultura (pasando por la época colonial y llegando a la era progresista actual), la búsqueda de lo nativo originario y su rescate como la verdadera esencia de la sociedad representada en esta historia. Un espacio similar tiene, a mi juicio, Pantaleón y las visitadoras dentro de su narrativa precisamente por la ironía y sátira que despliega en relación con una institución militar anquilosada y plagada de prejuicios y estereotipos.

En su discurso Mario Vargas Llosa adopta en relación con Latinoamérica, su tradición, sus raíces originarias, su vínculo con España una mirada que conjuga diferentes visiones. En primer término destaca su observación acerca de su propia relación con Perú y España: “Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura”.

Por otra parte, adopta una imagen bastante tradicional, aquella que identifica a algún país latinoamericano (en este caso Perú) como un crisol de razas:

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de «todas las sangres». No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

Quizás aquello que más vincula con lo que se ve en El loco de los balcones y que nos muestra otra visión de la actualidad latinoamericana está presente en las siguientes palabras, en las que se observa una mirada crítica de la criolla Latinoamérica que desprecia, ignora, desconoce, desdibuja sus raíces originarias y replica actitudes del colonizador:

Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido.

Exceptuando este aspecto que acabo de señalar y que considero uno de los más destacables de su discurso, uno debe reconocer que el discurso del escritor peruano es bastante ortodoxo y se ciñe a modelos vinculados con una tradición bastante ligada al agradecimiento por los honores recibidos y a la consagración de valores ya muchas veces mencionados:

  • se dedica a hablar del valor de la lectura, de cómo escritura y lectura son dos formas complementarias para esgrimir una protesta, de cómo la literatura es capaz de conmover y emocionar a personas de diferentes épocas y culturas aunque no coincidan con el contexto de enunciación del que ha emanado la creación artística. Menciona, por otra parte, múltiples escritores que por diversas razones han tenido influencia en su formación.

Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan.

la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible».

El resto… es discurso político: su defensa de la democracia, su experiencia en España luego de la Guerra Civil Española, su repudio a todo tipo de dictadura de cualquier signo (aunque hay algunos que no están mencionados). Quizás por ello también quede relativizado lo que señala acerca de que ser ciudadano del mundo no le ha impedido conservar sus raíces y que desde Francia, por ejemplo, ha aprendido a descubrir América Latina. Lo que en aquel artículo mencionado (“Literatura y exilio”) resultaba lógico de entender, se oscurece en este discurso suyo en el que lo que parece haber descubierto de América Latina resulta opacado por algunas de sus afirmaciones.

Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida.